Monday, October 18, 2010

La era del vacío

Por Guillermo Mejía

Cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en figuras mitológicas: “Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo”.

Es la conclusión del autor y académico francés Gilles Lipovetsky, para aclarar la condición posmoderna con su individualismo, el perfil del individuo en sus relaciones con él mismo y su cuerpo, con los demás, el mundo y el tiempo, en el momento en que el “capitalismo” autoritario cede el paso a un capitalismo hedonista y permisivo.

“Después de la agitación política y cultural de los años sesenta, que podría verse aún como una inversión masiva en los asuntos públicos sobreviene un abandono generalizado que de una manera ostensible se extiende por lo social, cuyo corolario es el reflujo de los intereses en preocupaciones puramente personales, independientemente de la crisis económica”, aclara el profesor.

“La despolitización y la desindicalización adquieren proporciones jamás alcanzadas, la esperanza revolucionaria y la protesta estudiantil han desaparecido, se agota la contra-cultura, raras son las causas capaces de galvanizar a largo término las energías. La res pública está desvitalizada, las grandes cuestiones ‘filosóficas’, económicas, políticas o militares despiertan poco a poco la misma curiosidad desenfadada que cualquier suceso, todas las ‘alturas’ se van hundiendo, arrastradas por la vasta operación de neutralización y banalización sociales”, agrega.

Así, según su punto de vista, solo la esfera privada parece salir victoriosa de ese maremoto apático. Cuidar la salud, preservar la situación material, desprenderse de los “complejos”, esperar las vacaciones, vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible. Las películas de Woody Allen y su éxito son el propio símbolo de esa hiperinversión en el espacio privado.

Es un neonarcisismo que se origina en la deserción de lo político. Es el fin del homo politicus y nacimiento del homo psicologicus al acecho de su ser y de su bienestar.

“Hoy vivimos para nosotros mismos, sin preocuparnos por nuestras tradiciones y nuestra posteridad: el sentido histórico ha sido olvidado de la misma manera que los valores y las instituciones sociales. La derrota del Vietnam, el asunto Watergate, el terrorismo internacional, pero también la crisis económica, la escasez de las materias primas, la angustia nuclear, los desastres ecológicos han provocado una crisis de confianza hacia los líderes políticos, un clima de pesimismo y de catástrofe inminente (…)”

Frente a las amenazas e incertidumbre –aclara Lipovetsky- queda la retirada sobre el presente al que no cesamos de proteger, arreglar y reciclar en una juventud infinita. A la vez que pone el futuro entre paréntesis, el sistema procede a la “devaluación del pasado”, por su avidez de abandonar las tradiciones y territorialidades arcaicas e instituir una sociedad sin anclajes ni opacidades.

“So pretexto de modernidad, lo esencial se nos escapa entre los dedos. Al interpretar el narcisismo según una sacrosanta tradición marxista como un síntoma de la ‘bancarrota’ del sistema y el signo de la ‘desmoralización’, ¿no se enfatiza demasiado por un lado la ‘toma de conciencia’ y por otro la situación coyuntural?”, se interroga el profesor de filosofía de la Universidad de Grenoble.

“De hecho, el narcisismo contemporáneo se extiende en una sorprendente ausencia de nihilismo trágico; aparece masivamente en una apatía frívola, a pesar de las realidades catastróficas ampliamente exhibidas y comentadas por los mass media. ¿Quién, a excepción de los ecologistas, tiene conciencia de vivir una época apocalíptica?”, sigue.

En ese marco, nos acostumbramos sin desgarramiento a lo “peor” que consumimos en los mass media; nos instalamos en la crisis que, por lo que parece, no modifica los deseos de bienestar y de distracción, de acuerdo al académico. La amenaza económica y ecológica no han conseguido penetrar en profundidad la conciencia indiferente de la actualidad.

“(…) debemos admitirlo, el narcisismo no es en absoluto el último repliegue de un Yo desencantado por la ‘decadencia’ occidental y que se abandona al placer egoísta. Ni versión nueva del ‘divertirse’ ni alienación –la información jamás estuvo tan desarrollada-, el narcisismo ha abolido lo trágico y aparece como una forma inédita de apatía hecha de sensibilización epidérmica al mundo a la vez que de profunda indiferencia hacia él”.

Y añade: “Paradoja que se explica parcialmente por la plétora de informaciones que nos abruman y la rapidez con que los acontecimientos mass-mediatizados se suceden, impidiendo cualquier emoción duradera”.

En fin, el narcisismo, en la condición posmoderna, es la revolución de las necesidades y su ética hedonista lo que, al atomizar suavemente a los individuos, al vaciar poco a poco las finalidades sociales de su significado profundo, ha permitido que el discurso psi se injerte en lo social, convirtiéndose en un nuevo ethos de masa, nos asegura Lipovetsky.

“Lejos de derivarse de una ‘concienciación’ desencantada, el narcisismo resulta del cruce de una lógica social individualista hedonista impulsada por el universo de los objetos y los signos, y de una lógica terapéutica y psicológica elaborada desde el siglo XIX a partir del enfoque psicopatológico”, sostiene el académico francés.

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