Thursday, June 18, 2020

La desinformación y sus efectos perversos en la ciudadanía

Por Guillermo Mejía

La maquinaria desinformativa trabaja incansablemente dejando a su paso una estela de daños en la sociedad que construye una realidad falsa, adaptada a intereses particulares y mezquinos, con la complicidad de muchos espacios informativos y de opinión que sirven de cajas de resonancia.

Los daños en la construcción de un ciudadano crítico, comprometido con su entorno, no se hacen esperar, basta observar la manipulación masiva de parte de instancias del Estado, partidos políticos, empresarios privados, etc., en medio de la grave situación por el coronavirus.

Impunemente, eso sí, en las posturas que se esparcen en espacios mediáticos, así como redes sociales, queda por fuera todo lo referente al injusto modelo económico –social y político- que es donde se incuban las precarias condiciones de pobreza y marginación de la mayoría de salvadoreños.

Aderezado por la lucha política que culminará con las elecciones de alcaldes y diputados, en febrero próximo, el teatro politiquero se expande con la presencia de coberturas de “corre, ve y dile” del sistema mediático –sin reflexión ni consecuencia- a las que se suman los troles que difuminan falsedades.

El maestro Marcelo López Cambronero, especialista en ética y deontología profesional, señala que la falta de veracidad o información falsa, no supone una ausencia total de información (si eso fuese así, sería totalmente absurdo hablar de información falsa, porque no habría información en absoluto).

Y explica: “El sujeto queda informado, pero erróneamente, o dicho de otra manera, su percepción de la realidad está equivocada. Quien recibe información falsa construye su imagen del mundo, lo que él considera realidad, a partir de relatos que no se adecuan correctamente a los acontecimientos, con lo que sus concepciones de lo real, y más todavía, su forma de ser (que está mal construida, mal informada) adolece de una cierta falla”.

“El problema de la mala información, así como el de la desinformación, no es solamente una cuestión del aspecto racional (toma de decisiones, criterios de juicio), sino que atañe a un sustrato más profundo y que, con mayor propiedad todavía, corresponde a la ética: el propio sujeto se construye de forma fallida, conoce mal la realidad y, por lo tanto, organiza sus relaciones con la misma desde un punto de vista estructuralmente falso”, agrega López Cambronero.

De esa forma, dependiendo de lo que las personas sean de las relaciones que mantengan con lo real se puede concluir que sus procesos de realización personales están en peligro.

Desde una perspectiva crítica, el filósofo mexicano Fernando Buen Abad Domínguez en su última reflexión apela al derecho a la información de los ciudadanos, frecuentemente violentado con la desinformación, frente a la irresponsabilidad de políticos, empresarios y espacios mediáticos.

“La información y su relación con la verdad no pueden ser marionetas del circo mercantil mediático, servil a la manipulación ideológica de algunos gobiernos y empresarios oligarcas”, afirma el profesor mexicano. “Es inaceptable, se lo mire desde donde se lo mire, y cada caso de falacias mediáticas constituye una agresión a la realidad, a sus protagonistas y a la historia de los pueblos. Al modo de conocer y al modo de enunciar la realidad”, añade.

Según Domínguez, en las Fake News se establece claramente una fractura que corrompe el carácter objetivo y social de una verdad: “Los comerciantes de falsedades pasan horas pergeñando qué estrategia del desfalco cognitivo es más funcional a sus intereses sin tener que someter sus ‘Fake’ a la prueba de los hechos. Eso convierte al ‘consumidor de falacias’ en un glotón de embutes disfuncional y sofisticado”.

Las sociedades urgen la toma de consciencia frente al problema de la desinformación y, en consecuencia, desde las diferentes instancias políticas y civiles luchar por el derecho a la información y el derecho a la comunicación como parte fundamental de la realización del ser humano.

Obviamente, esa reivindicación no puede dejar de lado la necesidad de un modelo económico alternativo frente al desastre que el neoliberalismo ha causado en el mundo y, en especial, en países sometidos a la pobreza y la injusticia como El Salvador.

Cuando escuche los “cantos de sirena” desde cualquier instancia del Estado –incluido los órganos Ejecutivo, Legislativo y Judicial-, partidos políticos, empresarios privados, integrantes del carrusel de opiniones, etc., acuérdese de la trama desinformativa presente y la necesidad del pensamiento crítico. Su fe no la ponga en productos chatarra.

Thursday, June 11, 2020

Los problemas nacionales demandan el compromiso ciudadano

Por Guillermo Mejía

El panorama político salvadoreño con sus desencuentros entre los que ejercen el poder, en medio de una pandemia y la desgracia de la tormenta, nos llama a esforzarnos por trascender de una ciudadanía espectadora hacia una ciudadanía constructora de su futuro.

Los apologistas de los medios de comunicación social creen que éstos cumplen el papel de mediadores entre los gobernantes y el pueblo como debería ser, y también muestran su optimismo con tan solo la presencia de las redes sociales como mecanismos de expresión colectiva.

Pero, resulta absurdo que la ciudadanía solo consuma el espectáculo ofrecido por la mayoría de medios sobre, por ejemplo, la riña entre el presidente Nayib Bukele y la mayoría de expresiones políticas de oposición de la Asamblea Legislativa, especialmente los partidos mayoritarios Arena y FMLN.

Si al caso catártico para algunos, pero miserable para la mayoría de ciudadanos que representan a los excluidos de siempre, marginados desde el poder, y, por qué no decirlo, configurados como consumidores de los medios más que como ciudadanos que tienen derecho a participar.

Por eso, es necesario que el sistema mediático dé un salto cualitativo al menos para potenciar el traslado de la información –no desinformación, tan común- a la vez que potenciar la pluralidad de voces en el espacio público.

Al menos por una vez por todas se comprometan con el derecho a la información. Y, en una proyección a futuro, a que la sociedad salvadoreña cuente con los mecanismos idóneos para contar con receptores educados en el manejo de los medios, además de ser alfabetizados en el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y cuenten con acceso a la red de redes.

De ahí a pasar de ser simples consumidores de los espacios mediáticos a constructores de sus propios discursos, máxime con las posibilidades que nos ofrecen las TIC, un papel que, en los momentos actuales, solamente lo cumplen ciertos espacios de comunicación alternativa desde las comunidades.

El comunicólogo boliviano Carlos A. Camacho Azurduy cree necesaria la participación ciudadana en el sistema mediático y para eso hay dos formas concretas: Que los medios brinden una oferta informativa noticiosa de calidad “para que los ciudadanos viertan opiniones argumentadas capaces de establecer diálogos y generar debates públicos para llegar a consensos sobre lo que es común a todos (asuntos públicos)”.

“(…) También se debe procurar la educación para la recepción, en el sentido de ayudar a las personas a desarrollar sus propias capacidades y habilidades para apropiarse, usar y re-significar la información y, fundamentalmente, impulsar su capacidad crítica y argumentativa para formarse una opinión propia y sustentada y, de este modo, generar corrientes de opinión dominantes y promover acciones transformadoras”, nos refiere como segundo punto.

Sería muy bueno para los salvadoreños que, además de la política, se ciudadanizara la comunicación a fin de experimentar nuevas formas de comprender el papel que les corresponde jugar sobre los asuntos públicos, secuestrados por una camarilla de políticos sin distinción ideológica.

Traigo a cuenta lo que nos comparte el comunicólogo peruano Julio Cesar Mateus sobre el significado de estos esfuerzos políticos y ciudadanos: En primer lugar, fortalecer el espacio público; en segundo lugar, alentar ciudadanos comprometidos con su entorno; y, en tercer lugar, mejorar la deteriorada relación entre los medios, los periodistas y los públicos-ciudadanos.

Los asuntos públicos demanda de ciudadanos que pasen de ser espectadores a ser constructores de su futuro; en ese proceso, además de su derecho a participar de la información y la comunicación, es de su potestad que exijan el buen hacer de los medios y, por supuesto, del ejercicio de la política.

La sociedad necesita más ciudadanos y menos focas aplaudidoras de los diversos colores políticos.

Tuesday, June 02, 2020

Nayib Bukele y la "era de la ira"

Por Guillermo Mejía

El presidente Nayib Bukele cumplió su primer año de gobierno en medio de la incertidumbre por la falta de entendimientos políticos con sus adversarios, políticos, empresariales y mediáticos, en el marco de dos emergencias nacionales debido a la pandemia por el coronavirus y las inclemencias del invierno.

Si bien en una reciente encuesta de LPG-Datos apareció respaldado con más del 90 por ciento de la población en su aniversario y la conducción de la cuarentena por la covid-19, los discursos de sus opositores presagian mayor calamidad para los salvadoreños debido a la profundización de la crisis económica y los sueños autoritarios del mandatario.

Los motivos para tales señalamientos sobran debido a la forma en que se conduce el presidente desde la toma de la Asamblea Legislativa, el pasado 9 de febrero, hasta las descalificaciones públicas de los diputados a quienes ha llamado delincuentes y sinvergüenzas, a la vez que ha desconocido la aplicación de la ley.

¿Por qué se da este tipo de comportamiento político?, ¿por qué en este tiempo impera más la espectacularización que el racionamiento en el ejercicio del poder?, ¿cómo nos explicamos el hecho de que este fenómeno se repite en muchos países alrededor del mundo?, son preguntas que urgen de respuestas.

Según el profesor-investigador Manuel Alejandro Guerrero, de la Universidad Iberoamericana, de México, el fenómeno se debe a que vivimos en la “era de la ira” –expresión acuñada por el ensayista indio Pankaj Mishra- en la que el orden global dominado por Occidente ha dado paso a un caos provocado por el enojo de “los perdedores de la historia”.

“Esta condición se refleja, según Mishra, en diferentes formas de violencia incubadas en discursos de odio y discriminación a toda expresión de diferencia –religiosa, étnica, cultural, sexual, etc.- y ha comenzado a manifestarse políticamente en movimientos como los que defendieron el ‘Brexit’ en Gran Bretaña, en el repunte de la extrema derecha europea, en el triunfo de Trump o en gobiernos que han tomado la bandera del chauvinismo y la xenofobia…”

“…desde Polonia y Hungría en Europa, pero también India y Filipinas, pasando por Rusia y Turquía. América Latina no ha quedado intocada por estas tendencias: basta ver al infame Jair Bolsonaro en Brasil. Se trata, entonces, de un fenómeno de alcance mundial”, expone Guerrero en su libro ¿El fin de la razón?: La destrucción emocional de la democracia moderna (Siglo XXI, 2019).

Guerrero advierte que no se puede meter todo en el mismo costal, ya que hay diferencias notables por sociedades y tiempos en que se ha dado el fenómeno. Sin embargo, “aquello que, en cambio, sí parece común, al menos para el grueso de las sociedades más modernas y con aspiraciones democráticas, son los elementos detonantes de la ira, que son efectos particulares cada vez más visibles en la vida cotidiana derivados de la coincidencia de tres grandes transformaciones de las últimas décadas”.

Y lo expone así:

Primero, un desencanto ante las democracias establecidas debido a la dificultad que han tenido para responder de forma efectiva e incluyente a las crecientes demandas de amplios sectores de la población, cuya calidad de vida ha disminuido considerablemente o simplemente no ha mejorado.

Segundo, el surgimiento de una “civilización del espectáculo” –retomando el título de la obra de Vargas Llosa- donde predomina lo divertido, lo inmediato, lo polisémico del entertainment, características que se extienden hoy cada vez más a lo informativo y en donde el papel vigilante y verificador de los medios se ha diluido, lo que favorece “la invención de la verdad” y el amarillismo descarado.

Y, tercero, una revolución de las tecnologías digitales que ha abierto a los individuos posibilidades de interacción, interactividad, producción y creación de sus propios contenidos a una escala nunca vista en la historia, pero que por sus propios formatos también favorece el insulto y la descalificación, así como la socialización de contenidos con fuerte carga emocional, frecuentemente negativa. ¿Cuál debería ser la respuesta?, es la pregunta obligada.

El profesor-investigador mexicano nos aclara el punto:

“… periodismo y educación. Se piensa aquí en un periodismo para la solidaridad que acoja los ideales y principios ya mencionados (responsabilidad pública y ética) para una esfera pública más abierta, pluralista, tolerante y dialogante que pueda extenderse –como ya sucede, pero aquí desde otra mirada- hacia temas de la vida privada. Asimismo, se piensa en una educación para la solidaridad que enfatice, no la adquisición mecánica mecánica y funcional de ‘conocimiento’ (skills) sino una formación amplia de personas capaces de entender, comprender y ponerse en el lugar del otro, que abarque de lo privado a lo público”.

Sería el “antídoto a la ira y al miedo que en nuestros días promueven la cerrazón”, advierte Guerrero.

Cuando escuche las expresiones de bravura del presidente Nayib Bukele con énfasis en delincuentes, sinvergüenzas o malditos con que nombra a quienes considera sus adversarios políticos que son “más de lo mismo” y que “en el 2021 van para afuera”, en alusión a las elecciones de diputados y alcaldes, recuerde al maestro Guerrero en la “era de la ira”.

Tuesday, May 26, 2020

El ejercicio de la política en la postpandemia

Por Guillermo Mejía

La sociedad no será igual una vez pasada la pandemia por el coronavirus –de hecho ya no lo es- y cabe preguntarnos sobre la forma que adquirirá el ejercicio de la política, sobre todo en países como el nuestro en el que hemos experimentado el abuso y la exclusión desde el ejercicio del poder.

Abuso y exclusión, una vez en el ejercicio del poder, también de quienes buscan ansiosamente arribar a controlar los órganos del Estado, pues realmente no se ha producido un cambio en la forma de hacer política en una sociedad en la que pasamos de experimentar con sectores conservadores a sectores de izquierda.

En la actual coyuntura, la reciente encuesta de LPG-Datos otorgó más del 90 por ciento de reconocimiento popular a la gestión de Nayib Bukele, tanto en su primer año de gobierno como en el manejo de la cuarentena por la Covid-19, hecho que contrasta con la serie de críticas que ha recibido por su creciente autoritarismo y débil transparencia.

Sin embargo, en una proyección a futuro, difícilmente tanto Bukele como sus adversarios podrán seguir actuando de la misma manera, ya que la pandemia desnudó las históricas carencias de la sociedad salvadoreña como la marginación de amplios sectores y la ausencia de vivencia democrática.

Para muestra un botón, como dicen. Hemos sido testigos del encontronazo entre el gobierno y la Asamblea Legislativa por la vigencia de la cuarentena, motivos de salud, por un lado, motivos de producción, por el otro, en un país donde la mayoría de la población no cuenta con un trabajo formal y vive de la rebusca. Las banderas blancas por el hambre lo muestran.

¿Cuál debería ser la práctica política de ahora en adelante?, ¿qué papel deben jugar los sectores populares en la configuración de una nueva forma de hacer política?, ¿y los demás sectores?, son preguntas que salen a relucir en un momento en que reina la incertidumbre y el pesimismo, incluso en sociedades más avanzadas.

El filósofo español Daniel Innerarity –que lanzó esta semana su libro Pandemocracia (Galaxia Gutenberg)- dijo a la prensa que “no se acaba el mundo, pero sí un mundo de certezas, individuos autosuficientes, varones, por cierto, y de comportamientos estancos. Entramos en un espacio que da vértigo pero nos obliga a una evolución del pensamiento”.

“Primero, a una revolución en los conceptos para comprender la sociedad, que aún son newtonianos.Y segundo, a cambios en nuestra manera de entender nuestras interacciones. Debemos pensarnos más como sujetos que se protegen colectivamente de riesgos muy diferentes a los de la sociedad industrial y que deben entrar en lógicas de poder más cooperativas y menos competitivas”, señaló al periódico catalán La Vanguardia.

Y remató: “En la sucesión de crisis que nos asaltan desde finales del siglo pasado, climática, ecológica, migratoria, financiera, europea y ahora sanitaria, hay un hilo común: entramos en horizontes de ignorancia insuprimible y debemos entendernos como sujetos cuya clave es organizar bien su interacción.”

-¿Qué pasa con el populismo?, le preguntaron al filósofo español.

Daniel Innerarity contestó: “Es una situación muy ambivalente. Podemos salir en una dirección y en la opuesta. Hay gente que cree que hay que salir con un green new deal y otros se reconfortan por la efectividad del cierre de fronteras. La pandemia da un golpe duro al populismo por despreciar tres cuestiones que se revalorizan: el saber experto, la lógica institucional y la idea de comunidad global. Pero a la vez se produce un caldo de cultivo, una turbulencia, que pueden aprovechar.”

La sociedad salvadoreña debe hacer un esfuerzo de pensamiento y reflexión para el mundo que nos tocará vivir a partir de que la pandemia llegue a su fin, pues la vida ya no será igual –no lo es ya- tanto a nivel local como global. De ahí la importancia de apostarle a otra forma de hacer política en la postpandemia.

Monday, May 18, 2020

El Salvador: Una sociedad víctima del doble virus

Por Guillermo Mejía

En medio del miedo y la incertidumbre –incluso pasando hambre en cautiverio- la sociedad salvadoreña vive presa de otro virus tan contaminante como el Covid-19, el de la desinformación y la mentira que invade los espacios mediáticos y las redes sociales sin que se vislumbre vacuna que la inmunice.

Verónica Yazmín García Morales, profesora de la Universidad de Barcelona, dice en la Revista CIDOB d’afers internacionals que “la mentira está presente en el discurso político de nuestros días. El ejemplo paradigmático es el discurso que agita de un modo tóxico las emociones políticas de una sociedad que cada vez responde más desde el miedo, la desinformación, el rechazo al distinto y a la frustración”.

Y agrega: “En este escenario –el de una democracia que se debilita por la desinformación y la falta de confianza-, encuentran cabida la polarización, los extremismos y la radicalización”, que bien ilustra la crisis que golpea al viejo continente europeo no tiene nada que envidiarle a la atmósfera miserable que se respira en nuestro suelo.

Solo basta acercarse a los discursos políticos –sea del presidente Nayib Bukele, sus funcionarios y políticos afines o detractores del mandatario- para constatar la gravedad del caso, a lo que lamentablemente se unen, muy apasionados, por cierto, hasta colegas periodistas que no escatiman esfuerzos en participar de la jodienda.

Desde dentro o fuera de la sociedad salvadoreña se han escuchado las advertencias sobre el giro autoritario adoptado desde hace meses por Bukele, puesto de manifiesto hasta el hartazgo a raíz de la pandemia por el coronavirus, lo que ha abierto espacio también a la falta de información y transparencia en el ejercicio del poder.

Todo ese escenario contaminado también por ser éste un año preelectoral, dado que a principios del próximo se tendrán elecciones para escoger diputados y alcaldes. O se descabezan los partidos políticos contrarios al gobernante con el arribo de una Asamblea Legislativa proclive al gobierno o se le ponen las amarras con una oposición fortalecida.

Para ilustrar la desgracia, la profesora García Morales nos dice que “la velocidad para difundir mentiras y falsedades hoy, en el contexto de las redes sociales, es abrumadora. El contagio del miedo en el estado de alarma por el coronavirus se explica, en buena medida, por la desinformación, la hiperinformación y la mentira sobre la realidad sanitaria de Covid-19.”

“El discurso político se caracteriza en no pocas ocasiones por las mentiras. Mentiras que generan odio, como cuando se habla del ‘virus chino’. De ahí que, quizá, otra tarea que persiste para este siglo sea la de descubrir mentiras, aunque ello no ha de suponer la creación de un Ministerio de la Verdad que se encargue de las mentiras, en términos de la distopía orwelliana”, sentencia.

Según la profesora, el discurso que miente deliberadamente para manipular la realidad está en las palabras de políticos de diferentes ideologías, en las campañas electorales, en el discurso político y mediático en general, aunque no en el mismo grado ni responsabilidad. El problema es que la mentira en el discurso en un escenario de polarización, posiblemente, hoy no tiene el rechazo ético, social y político que debería o que podría contrarrestarla.

Los mentirosos no se inmutan, solo mienten porque saben que tienen la polarización a su favor, tal es el caso de cualquier funcionario de gobierno o representante político –seguidor o detractor del discurso oficial- que sabe que cuenta con el espacio mediático a su servicio o el de las redes sociales donde amplifican los troles.

En fin, la sociedad salvadoreña, como tantas otras, agobiada por el ascenso del Covid-19 que camina dejando muerte a su paso, el inminente colapso del sistema de salud, el hambre y la destrucción económica, mientras en los medios de comunicación y los espacios cibernéticos se difumina mucha mentira y desinformación.

Tuesday, January 28, 2020

El efecto búmeran ante las malas prácticas políticas

Por Guillermo Mejía

Los malos procedimientos gubernamentales, así como las malas prácticas políticas de camarillas partidarias y otras instancias estatales, son confrontados desde el hartazgo ciudadano que utiliza las redes sociales para mostrar su descontento en una especie de búmeran político.

En medio de la crisis del agua potable por situaciones aún no muy claras, pero que se le achacó a la contaminación por algas, el presidente Nayib Bukele tuiteó: “Pareciera más fácil solo dar la información. Pero a veces hay que sopesar otras cosas. No es fácil gobernar”.

Cuando reunió a su gabinete frente a los periodistas que buscaban una respuesta, Bukele se mostró muy inseguro, su hablar era atropellado y, como nunca antes, su rostro reflejó la preocupación de un mandatario al que se le escapó el sentido irónico y desafiante que luce cuando se refiere a “los mismos de siempre”.

Venía de guardar silencio frente a la falta de agua potable en amplios sectores de la población o la distribución de agua turbia con mal olor que, quizás también como nunca antes, causó que perdiera la iniciativa frente a la avalancha de quejas, condenas y memes que ciudadanos coléricos destilaron a través de las redes sociales.

El líder populista de las redes sociales había caído víctima de su propia medicina. Mínimo tuvo que haber reflexionado al verse confrontado y, por supuesto, agradecido el salvavidas que le lanzaron desde los medios de comunicación complacientes.

Y claro, no es sólo el mandatario y su gobierno los que ha soportado el embate ciudadano. Ni la derecha, ni la izquierda partidarias levantan cabeza frente a las acusaciones de corrupción y nepotismo que inundan las redes sociales y que, en más de alguna ocasión, son retomados por algunos medios de comunicación, en especial los digitales.

La tormenta ha azotado, por ejemplo, al diputado oficialista Guillermo Gallegos, del partido Gana; al diputado Norman Quijano, del partido Arena; o a Sigfrido Reyes, ex funcionario y miembro del partido Fmln, actualmente procesado bajo cargos de lavado de activos y que es prófugo de la justicia.

En el cuaderno Opinión pública en democracia: De la información a la participación en la era digital (La Laguna, Tenerife, 2019), Milena Trenta y otros nos recuerdan que “la tecnología podría estar cambiando la naturaleza misma de la participación” frente a los tradicionales boicots y protestas de calle.

“En ese sentido, las organizaciones físicas como partidos políticos, sindicatos o asociaciones, que tradicionalmente determinaban el éxito de acciones directas a partir de la movilización de sus militantes, afiliados y simpatizantes, podrían estar perdiendo peso en favor de modelos de participación ad hoc, estructurados en torno a las redes sociales (Facebook, Twitter) y otras plataformas online”, advierten los autores.

Y agregan: “La participación ciudadana en estos modelos alternativos, denominados de acción conectiva (en lugar de colectiva) no estaría tan ligada a una militancia comprometida, sino que tendría un carácter más fluido, orientado a una actividad concreta, y a menudo sin continuidad temporal más allá de esa actividad”.

Estamos viendo en el mundo actual la participación de la ciudadanía que va más allá de la identidad partidaria y la consigna de una directriz verticalista. Aflora la cooperación entre los participantes que incluso superan el ámbito digital y se movilizan en las calles, los casos sobran.

De hecho, los gobernantes populistas y que se asumen como reyes de las redes sociales también son víctimas del búmeran político.

Thursday, January 16, 2020

Los Acuerdos de Paz y la desmemoria

Por Guillermo Mejía

La conmemoración de los 28 años de la firma de los históricos Acuerdos de Paz, entre el gobierno de turno y la otrora guerrilla el 16 de enero de 1992, en Chapultepec, México, en un ambiente social frío y sin mayor interés oficial comprueba una vez más el culto a la desmemoria en la sociedad salvadoreña.

Nos reclaman los más de 70 mil muertos, unos 8 mil desaparecidos y miles de desplazados y exiliados que provocaron los 12 años de conflicto armado en el marco de décadas de dictadura militar –iniciada con el general Maximiliano Hernández Martínez, sus trece años en el poder y el genocidio de unos 30 mil indígenas, en 1932.

Apenas un acto solemne del partido de izquierda Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), una que otra entrevista en radio o televisión donde habló parte de los firmantes de la paz hace casi tres décadas y sin ningún acto oficial, ni tan siquiera un tuit del presidente Nayib Bukele, el “presidente millennial” de la perenne estrategia mediática.

Pareciera traslucir de parte del mandatario su desdén hacia la conmemoración del acto en que fueron protagonistas el FMLN y Alianza Republicana Nacionalista (Arena), que era el partido de gobierno, sus dos centros de ataque constante que le permitió arribar al poder y que espera también derrotar en las elecciones de alcaldes y diputados, de 2021.

Pero hay que ver la trascendencia de los Acuerdos de Paz. El historiador salvadoreño Roberto Turcios, en su libro Siglo XX: Tendencias y coyunturas de cambio (2019) afirma “El contenido de los Acuerdos tuvo un alcance tan extenso y profundo que dio lugar a una reestructuración del Estado, pues cambió la forma histórica del poder y su distribución real”.

“En la forma y el fondo los poderes del siglo XX tuvieron una mutación. Los aspectos relevantes de los Acuerdos fueron las indicaciones del cambio de la ruta política nacional, que estaba virando hacia la democracia y el Estado de derecho”, añade Turcios.

Los Acuerdos, auspiciados por la ONU, reestructuraron la Fuerza Armada, el sistema judicial, el sistema electoral, crearon la Policía Nacional Civil, entre otras medidas, así como propiciaron la participación política del FMLN y lograron el ansiado cese del enfrentamiento armado.

Se abrieron nuevas posibilidades para la vivencia democrática, con todo y frustraciones y retrocesos que hemos experimentado en casi treinta años de la firma de la paz, que tienen que hacernos reflexionar y coadyuvar en el reencuentro de la sociedad salvadoreña en un contexto de la violencia social y el éxodo cotidiano que representa.

Si los empresarios y los políticos, en especial de Arena, hubieran sido futuristas otro gallo nos cantara. Se suma la inconsecuencia del FMLN que no se esforzó para se cumplieran los Acuerdos. Hay que revisar los treinta años en que ambos estuvieron en la presidencia.

No olvidemos, por ejemplo, el oscurantismo político y la rapacidad empresarial que frustraron, en 1993, la única salida civilizada que quedaba a la crisis: el Foro para la Concertación Económica y Social, donde estaban representados los patronos, trabajadores y el gobierno. Aseguraba ese foro una serie de acuerdos tendientes al desarrollo económico y social.

A estas alturas, tal como era el diseño, se contaría con un marco legal en materia laboral para promover y mantener un clima de armonía en las relaciones de trabajo, así mismo propuestas concretas para superar la marginación urbana y rural, a la vez que una reforma previsional que se enfocara en los derechos de los pensionados y no en las ganancias de las afps.

Hay que apostarle a la profundización de esos Acuerdos de Paz, con la corrección de los errores cometidos, y el compromiso por el rescate de la memoria histórica, máxime que –como estima La Prensa Gráfica- “más de la mitad de salvadoreños no había nacido o estaba en pañales cuando se firmó la paz”.