Wednesday, September 30, 2020

Los medios públicos, una idea del cajón de los recuerdos

Por Guillermo Mejía

A las puertas de un nuevo noticiero en el Canal 10 de la televisión –autonombrado como medio de comunicación público (?)- se estila en las conversaciones de periodistas y las redes sociales una serie de interpretaciones, sobre todo negativas, en el marco de la confrontación del presidente Nayib Bukele con parte de la prensa nacional.

De manera escueta, se ha publicitado el inicio del Noticiero El Salvador, a partir del cinco de octubre, a través de Canal 10 que fue –es importante recordarlo- junto a la también estatal Radio El Salvador y una agencia de noticias parte del frustrado intento de construir un sistema de medios públicos que diera cabida a las expresiones ciudadanas.

Durante el gobierno de Mauricio Funes, bajo la bandera del partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), se creó el proyecto de ley que, como dicen en el pueblo, duerme el sueño de los justos ante la displicencia de las fracciones políticas en la Asamblea Legislativa que también enviaron al cajón de los recuerdos un proyecto de ley para la protección de los periodistas.

Pero lo trágico del caso es que la idea de los medios públicos incluso era rechazada al interior del propio gobierno de Funes, dado que –como estimó uno de los cercanos al presidente- era una idea muy revolucionaria para una sociedad como la salvadoreña, pues era abrirle los ojos y empoderar a los ciudadanos. Mejor una sociedad mansa e incluso mensa.

En la actual coyuntura, el nuevo noticiero del 10 seguramente servirá como punta de lanza a Nayib Bukele para luchar por la hegemonía comunicacional frente a una oferta hostil a su gobierno por algunos medios digitales, radios e incluso los principales periódicos nacionales que han implantado en el imaginario colectivo una imagen negativa ante algunas decisiones o acciones del presidente.

Hasta la Asamblea Legislativa –enfrentada al mandatario- incluso tiene una comisión especial para investigar los ataques del gobierno a los medios y a los periodistas, donde han desfilado varios colegas para contar sus experiencias frente a las medidas del gobierno. Resulta paradójico, empero, que esos diputados tienen engavetados esos proyectos de ley, sobre los medios públicos y la protección a los periodistas, que no estaría nada mal que se convirtieran en ley. Pero lo que pesa es la confrontación con Bukele no las leyes, máxime en un período pre electoral.

En definitiva, no hay que pedir peras al olmo. Ni los gobiernos anteriores ni el actual estuvieron o está interesado en construir medios públicos, mucho menos los políticos corporativos de la Asamblea Legislativa que, al igual que el gobierno de turno, tampoco les gusta la existencia de una prensa preguntona mucho menos una ciudadanía dispuesta a exigir cuentas cabales.

Expongo para la reflexión algunos criterios básicos sobre la necesidad de convertir los medios estatales a medios públicos a fin de potenciar la ciudadanización de la comunicación que, al igual que la ciudadanización de la política, abriría nuevas posibilidades para la acción colectiva en busca de hacer de la comunicación y la política otra cosa menos el mercado dominante.

En primer lugar, el especialista Marc Raboy recuerda tres acontecimientos que han configurado una nueva realidad de los medios de comunicación: “a. La explosión en capacidad de canales y la desaparición de las fronteras audiovisuales hechas realidad por las nuevas tecnologías; b. La desintegración del modelo estatal de radiotelevisión de servicio público, ocurrido tras el colapso del bloque socialista y la tendencia hacia la democratización en varios puntos del planeta; c. El rápido crecimiento en el mercado de los medios de comunicación y la aparición de sistemas mixtos en aquellos países donde existían monopolios estatales”.

En segundo lugar, la UNESCO ha definido con claridad el significado de la Radiotelevisión de Servicio Público (RSP), que conocemos como medios públicos, a partir de su rol en la sociedad: “Es la organización de difusión pública; se dirige a todos como a un ciudadano. Los difusores públicos estimulan el acceso y la participación en la vida pública”. A la vez, “la difusión pública se define como un punto de encuentro donde todos los ciudadanos son bienvenidos y considerados en un plano de igualdad. Constituye un herramienta de información y educación, accesible y dirigida a todos sin excepción, sin importar su condición social o económica”.

En tercer lugar, la ciudadanía tiene el derecho de verificar si los medios públicos están cumpliendo con su función social a partir de los siguientes factores: 1. Universalidad: La difusión pública debe estar al alcance de todos los ciudadanos a través de todo el país. 2. Diversidad: Los servicios ofrecidos por la difusión pública deberían diversificarse en al menos tres direcciones: los géneros de programas ofrecidos; las audiencias determinadas; y los temas discutidos. 3. Independencia: La difusión pública es un foro donde las ideas deben expresarse libremente, donde puedan circular la información, opiniones y críticas. 4. Diferenciación: El servicio ofrecido por la difusión pública debe distinguirse del que entregan otros servicios de difusión.

Pasar a medios públicos es un proceso intensivo, lleno de creatividad y compromiso social, es un proceso de largo plazo donde se pone en situación qué estamos entendiendo sobre información y comunicación en la sociedad contemporánea, y la necesaria asunción de responsabilidades de cara a la construcción de ciudadanía. Es de interés público, aunque genere temor en los políticos.

Monday, August 31, 2020

La sociedad necesita información más allá de “bukelianos” y “antibukelianos”

 Por Guillermo Mejía

Ante las circunstancias por las que atraviesa la sociedad salvadoreña, en medio de los embates de la pandemia por coronavirus y el choque político cotidiano entre “bukelianos” y “antibukelianos”, aderezado por las elecciones legislativas y municipales de febrero próximo, es necesario recordar la importancia de la información para los ciudadanos.

Según el profesor español José Francisco Serrano Oceja, de la Universidad San Pablo-CEU, “la información es siempre un recurso valioso; describe la realidad de un sistema; reduce la incertidumbre abriendo vías de nueva posibilidad cognitiva; y permite al hombre enfrentarse más eficazmente a la realidad”.

Nos recuerda que la raíz etimológica del término información se encuentra en el verbo latino “informare”, que significa dar forma, conformar según una finalidad. Del desarrollo histórico nos dice que para Cicerón era la idea que se genera en nuestra mente; Tertuliano se refería al “informator” como aquel que forma, enseña. Sus raíces llegan a la retórica de Aristóteles.

Según Serrano Oceja, la información debe ser inteligible, comprensible… la información debe ser entendida, es un proceso de transmisión clarificativa en la que los actores establecen una relación de intercambio sumativo y creador de nuevas informaciones… la información debe ser necesariamente verdadera, debe ser verdad; al contrario, es desinformación.

“La información sobre un hecho complejo –y cuál no lo es- supone un proceso narrativo-cognitivo, lingüístico, textual, en el que se toma partido siempre, se interpreta sobre la realidad y sus significados”, precisa. “Si entendemos el término objetividad desde el paradigma cientificista, físico-matemático de una total y perfecta adecuación, la objetividad no está totalmente entendida. Pero si entendemos por objetividad la adaptación narrativa de lo que se describe con el hecho en función de unos parámetros de interpretación que respondan a la naturaleza y finalidad del hecho, y a la naturaleza y finalidad del texto narrativo, estaremos acercándonos a un concepto de objetividad razonable”.

Empero, la clave es la interpretación: no entendemos por interpretación la acción caprichosa y arbitraria que responde a nuestros intereses o a formas de manipulación propias o ajenas –según el profesor español-, entendemos por interpretación el proceso de comprensión de las estructuras inteligibles de la realidad, que es objeto de descripción narrativa.

En esa dirección, trae a cuenta que junto al emotivismo hay otro virus que se ha colado en la práctica de la información, el relativismo, en la medida en que algunos autores han planteado la cuestión de las relaciones entre la información y la generalización del relativismo moral.

Los periodistas deben tomar en cuenta los niveles de la ética de la información en su labor:

-Ética prescriptiva de la información: los medios cumplen una función moralizadora en la sociedad en la que proponen determinados modelos de pensar y actuar moralmente. Bien es cierto que incluso la afirmación de que los medios ya no nos dicen tanto lo que debemos de pensar, sino sobre lo que tenemos que pensar es una forma de orientar moralmente nuestras acciones. Además, los medios son indudables prescriptores de modelos de existencia y de ideales.

-Si la ética prescriptiva nos recuerda que la información moraliza la sociedad proponiendo pautas y modelos de comportamiento, la ética descriptiva de la información nos habla del compromiso de los medios por dar a conocer, por describir lo que acontece y se manifiesta. Nos encontramos en el nivel de la narración. Los medios narran la realidad interpretándola, para que la gente pueda entenderla, adaptarse a ella y modificar el curso de los acontecimientos.

-Ética lingüística de la información: los profesionales del periodismo cuando informan –descriptiva- y conforman –prescriptiva- utilizan el lenguaje. La carga moral del lenguaje es básica a la hora de analizar la dimensión ética de la información. Tenemos que hablar de la sintaxis, de la semántica y de la pragmática para poder desentrañar esta dimensión de la ética lingüística. De esa manera, la responsabilidad sintáctica conlleva corrección; la responsabilidad semántica, la utilización de términos y conceptos que se ajusten a la realidad; y la responsabilidad pragmática, los usos y efectos de los mensajes en los consumidores.

Hay mucha tela que cortar en la actual coyuntura sobre la utilización de la información desde los que ejercen el poder en cualquier instancia, por ejemplo, el presidente Nayib Bukele; además, del trabajo informativo de periodistas y editores, algunos seducidos por la lisonja “bukeliana” o atrapados en el discurso “antibukeliano” a ultranza.

Como en todo conflicto, una de las víctimas es la información y, por supuesto, el ciudadano y su derecho a estar informado. Hay que corregir el camino.

Friday, July 24, 2020

La prensa no debe ser cortesana del poder

Por Guillermo Mejía

Los encontronazos entre algunos medios –y periodistas- y el gobierno del empresario Nayib Bukele, que se suman a la batalla de ciudadanos y troles en las redes sociales, nos debe llamar a la reflexión sobre el papel trascendental del derecho a la información y la comunicación en la sociedad salvadoreña.

Como sabemos, el motor de la sociedad es la contradicción y debemos ver con buenos ojos la existencia de espacios mediáticos que hurgan sobre la cosa pública, el ejercicio del poder y las verdaderas intenciones de los gobernantes.

Dentro de la democracia burguesa, como la nuestra, podemos hablar de una democracia mediática que abre el espacio a una especial e inédita legitimidad para los periodistas, basado en la distinción entre la atribución nominal del poder (el pueblo) y el ejercicio de ese poder (las élites elegidas por el pueblo).

Así nos lo señala el profesor español Javier del Rey Morató, que agrega: “El contribuyente y titular del poder y de la información se asoma a los medios de comunicación, desde los cuales los periodistas le ofrecen un relato sobre comportamientos y decisiones relacionadas con ese poder cuya titularidad ostenta”.

Para la consolidación de la democracia, ante la impronta autoritaria y despótica del ejercicio del poder que incluso nos llevó a la guerra, urge el papel crítico de la prensa más allá de sus líneas editoriales –en gran parte conservadoras- que, por supuesto, hay que demandarle responsabilidad ante los ciudadanos.

En una sociedad que se dice democrática, formalmente de corte liberal, una de las formas de constatar su fortaleza es la existencia de medios y periodistas comprometidos con la profundización de esa democracia que demanda diálogo social y plural. La herramienta idónea es el periodismo.

El profesor estadounidense William A. Hachten recuerda que el concepto de la prensa liberal –que fundamenta en gran medida la salvadoreña- es un producto derivado de la Ilustración y de la tradición liberal reflejada en pensadores como John Milton, John Locke y Thomas Jefferson, entre otros.

Y agrega: “Fundamentalmente, debe existir una diversidad de puntos de vista y fuentes noticiosas disponibles –“un mercado de ideas”-, en el cual el público pueda escoger lo que desea leer y creer. Ya que ninguna persona o autoridad, sea de naturaleza espiritual o temporal, tiene el monopolio de la verdad”.

En esa dirección, más allá de conquistar adeptos mediante las redes sociales, la robustez de Nayib Bukele debe basarse en respetar el derecho a la información, comprometerse con la transparencia y el acceso a la información pública, máxime cuando le achacan casos de corrupción. Así tendría sentido el eslogan “el dinero alcanza cuando nadie roba” que inspiró a sus seguidores y adeptos cansados de “más de los mismo” por la rapiña de Arena y FMLN.

En el último sondeo de opinión de la Universidad Centroamericana (UCA), si bien los consultados avalan la autorización de 3 mil millones de dólares al gobierno para atender la crisis por la pandemia, un 72.3 por ciento requiere que el presidente presente un informe detallado de los gastos.

En ese sentido, para estar en sintonía con ese anhelo ciudadano es necesario el papel crítico de medios y periodistas. Porque ellos “quedan en solitario como los únicos mediadores entre los que hacen la política y aquellos sobre los que se ejecuta esa política”, recuerda Javier del Rey Morató.

Si no existen medios y periodistas críticos, el ciudadano queda a merced de los placeres de quienes ejercen el poder. Los ciudadanos deben ser educados mediáticamente, para que descifren cuál es el verdadero papel del periodismo frente a la ofensiva de la propaganda y la publicidad que promueve el poder.

Ubicar al ciudadano para que salga de la atmósfera narcotizante de las redes sociales, tal como la promueven los gobiernos y grupos dominantes, y sí le encuentren el uso potencial que tienen para reivindicarse social, económica, política y culturalmente. Es decir, el uso alternativo para solidificar el cambio.

Para ilustrar el caso, vale la pena traer a colación un fragmento del ensayo del historiador salvadoreño Sajid Alfredo Herrera, titulado “Prensa y formación de un espacio público moderno: la Provincia/Estado del Salvador, 1810-1890” donde constatamos ese papel de la prensa, sin duda desde una postura política determinada:

“Un ejemplo del periódico como instrumento de fiscalización del desempeño gubernamental y denuncia de las políticas poco o nada trasparentes, lo encontramos en El Pabellón salvadoreño, publicado durante la administración del presidente Francisco Menéndez. El propietario del periódico, Carlos Bonilla, era uno de los miembros más prominentes del ‘partido republicano’, el cual había entrado en contienda política con el partido oficial de Menéndez para las elecciones de 1886. De hecho, El Pabellón era el vocero oficial de los republicanos. En un editorial de agosto de 1886, Bonilla criticaba las contratas hechas por el gobierno menendestista, fundamentalmente la del ferrocarril Sonsonate-Santa Ana, la cual calificaba como un misterio para la opinión ciudadana. Además, denunciaba el despilfarro de la hacienda pública, con sus graves costos sociales, pues se había pagado 5 millones de pesos por un proyecto que costaba 600 mil. Abogaba por la construcción del ferrocarril que conectaba con el Puerto de La Libertad por ser menos oneroso y con mayor utilidad para los departamentos centrales. Asimismo, le exigió al gobierno que forzara a la compañía de minas que funcionaba en Metapán el 10% de ganancias para el Estado y no el 5%”.

Son necesarias la reflexión y la apertura en quienes ejercen el poder. Es añejo aquello de vigilar, fiscalizar y ventilar la administración pública, más allá de que ahora existan mecanismos tecnológicos más avanzados, bajo el enfoque liberal de la prensa que aún es referente en la prensa nacional.

Papel vigente para unos, pero desfasado para otros frente a la alternativa participativa que busca la ciudadanización de la comunicación, para corresponder con el derecho a la información y la comunicación que no promueve la mayor parte de medios y periodistas salvadoreños.

Thursday, June 18, 2020

La desinformación y sus efectos perversos en la ciudadanía

Por Guillermo Mejía

La maquinaria desinformativa trabaja incansablemente dejando a su paso una estela de daños en la sociedad que construye una realidad falsa, adaptada a intereses particulares y mezquinos, con la complicidad de muchos espacios informativos y de opinión que sirven de cajas de resonancia.

Los daños en la construcción de un ciudadano crítico, comprometido con su entorno, no se hacen esperar, basta observar la manipulación masiva de parte de instancias del Estado, partidos políticos, empresarios privados, etc., en medio de la grave situación por el coronavirus.

Impunemente, eso sí, en las posturas que se esparcen en espacios mediáticos, así como redes sociales, queda por fuera todo lo referente al injusto modelo económico –social y político- que es donde se incuban las precarias condiciones de pobreza y marginación de la mayoría de salvadoreños.

Aderezado por la lucha política que culminará con las elecciones de alcaldes y diputados, en febrero próximo, el teatro politiquero se expande con la presencia de coberturas de “corre, ve y dile” del sistema mediático –sin reflexión ni consecuencia- a las que se suman los troles que difuminan falsedades.

El maestro Marcelo López Cambronero, especialista en ética y deontología profesional, señala que la falta de veracidad o información falsa, no supone una ausencia total de información (si eso fuese así, sería totalmente absurdo hablar de información falsa, porque no habría información en absoluto).

Y explica: “El sujeto queda informado, pero erróneamente, o dicho de otra manera, su percepción de la realidad está equivocada. Quien recibe información falsa construye su imagen del mundo, lo que él considera realidad, a partir de relatos que no se adecuan correctamente a los acontecimientos, con lo que sus concepciones de lo real, y más todavía, su forma de ser (que está mal construida, mal informada) adolece de una cierta falla”.

“El problema de la mala información, así como el de la desinformación, no es solamente una cuestión del aspecto racional (toma de decisiones, criterios de juicio), sino que atañe a un sustrato más profundo y que, con mayor propiedad todavía, corresponde a la ética: el propio sujeto se construye de forma fallida, conoce mal la realidad y, por lo tanto, organiza sus relaciones con la misma desde un punto de vista estructuralmente falso”, agrega López Cambronero.

De esa forma, dependiendo de lo que las personas sean de las relaciones que mantengan con lo real se puede concluir que sus procesos de realización personales están en peligro.

Desde una perspectiva crítica, el filósofo mexicano Fernando Buen Abad Domínguez en su última reflexión apela al derecho a la información de los ciudadanos, frecuentemente violentado con la desinformación, frente a la irresponsabilidad de políticos, empresarios y espacios mediáticos.

“La información y su relación con la verdad no pueden ser marionetas del circo mercantil mediático, servil a la manipulación ideológica de algunos gobiernos y empresarios oligarcas”, afirma el profesor mexicano. “Es inaceptable, se lo mire desde donde se lo mire, y cada caso de falacias mediáticas constituye una agresión a la realidad, a sus protagonistas y a la historia de los pueblos. Al modo de conocer y al modo de enunciar la realidad”, añade.

Según Domínguez, en las Fake News se establece claramente una fractura que corrompe el carácter objetivo y social de una verdad: “Los comerciantes de falsedades pasan horas pergeñando qué estrategia del desfalco cognitivo es más funcional a sus intereses sin tener que someter sus ‘Fake’ a la prueba de los hechos. Eso convierte al ‘consumidor de falacias’ en un glotón de embutes disfuncional y sofisticado”.

Las sociedades urgen la toma de consciencia frente al problema de la desinformación y, en consecuencia, desde las diferentes instancias políticas y civiles luchar por el derecho a la información y el derecho a la comunicación como parte fundamental de la realización del ser humano.

Obviamente, esa reivindicación no puede dejar de lado la necesidad de un modelo económico alternativo frente al desastre que el neoliberalismo ha causado en el mundo y, en especial, en países sometidos a la pobreza y la injusticia como El Salvador.

Cuando escuche los “cantos de sirena” desde cualquier instancia del Estado –incluido los órganos Ejecutivo, Legislativo y Judicial-, partidos políticos, empresarios privados, integrantes del carrusel de opiniones, etc., acuérdese de la trama desinformativa presente y la necesidad del pensamiento crítico. Su fe no la ponga en productos chatarra.