Saturday, October 21, 2006

Renglones torcidos de la Independencia centroamericana

Por Guillermo Mejía

Muy al contrario de lo que aún se enseña en las aulas, se difunde por los medios de comunicación o se repite en las calles sobre la Independencia centroamericana –que cumplió 185 años el 15 de septiembre- considero oportuno puntualizar algunas situaciones.

El objetivo primordial de estos señalamientos pasa por la necesidad que tengo como centroamericano de que corrijamos los renglones torcidos de la historia de nuestra Patria bañada por dos inmensos mares y cruzada por una cadena volcánica.

I

El 15 de septiembre no conmemoramos la Independencia de El Salvador, ni de Honduras, ni de Guatemala, ni de Nicaragua, ni de Costa Rica, como repúblicas separadas, sino que de una región que estaba integrada por un territorio distribuido en lo que tiempo después fue parcelado. La historia nos cuenta que la audiencia de Guatemala, en ese entonces, se extendía desde la línea que divide los Estados mexicanos de Chiapas y Oaxaca hasta lo que ahora es una zona cercana a la frontera entre Costa Rica y Panamá. La capital de la audiencia era la ciudad de Santiago de Guatemala.

Desde 1823 se conoce la integración de un nuevo Estado nombrado Provincias Unidas de Centroamérica, aunque ya mutilado por la separación del territorio de Chiapas, por un lado, y el territorio de Belice ocupado por ingleses. Estos últimos tenían gran presencia en la despoblada región atlántica del istmo donde tenían tiempo de incursión. La República Federal de Centroamérica tuvo su capital en la ciudad de Guatemala, hasta 1834, y posteriormente fue San Salvador.

Las añejas disputas interesadas de los sectores de poder de las provincias unidas dieron al traste con la república federal. En 1838 el congreso federal emitió el decreto que permitió a los Estados integrantes organizarse como les pareciera mejor, aunque deberían mantenerse dentro de la federación. Empero, Honduras, Nicaragua y Costa Rica se convirtieron en Estados separados en 1838, y El Salvador y Guatemala en 1839. Como repúblicas aparecen Guatemala en 1847; El Salvador, 1856; Honduras, 1864; Nicaragua, 1854; y Costa Rica, 1848.

II

Resulta controvertido cómo los sistemas de los Estados Centroamericanos que una vez estuvieron integrados en la federación insistan hasta en el parcelación nacionalista de las personas que conocemos en nuestra historia como los próceres de la emancipación del yugo español y la aventura del destino común de los centroamericanos.

De esa forma, por ejemplo, nos han vendido la idea de que José Matías Delgado tenía la nacionalidad salvadoreña, al igual que Manuel José Arce, y que Francisco Morazán –el caudillo integracionista- ostentaba la nacionalidad hondureña como también el intelectual José Cecilio del Valle. A la lista agreguemos toda la pléyade que era conocida y se asumía como centroamericanos si bien habían nacido en algún territorio de la región que hoy conocemos parcelada en repúblicas. Al grado que resulta común llamar extranjeros, en cualquier país del área, al originario de otro Estado que un día fue parte de la federación y que, por ende, es centroamericano y compatriota.

Las añejas disputas de los sectores de poder aún siguen presentes, aunque en la parte formal se hable de un proceso de integración regional que ahora abarca a Belice y Panamá en busca de presentar la unidad centroamericana ante el mundo.

III

La errada concepción patriotera con que se asume la conmemoración del 15 de septiembre como Independencia en cada república. Más que desfiles y demostraciones militaristas, el pueblo centroamericano necesita mayor conocimiento e interpretación del movimiento emancipador y la aventura de república común. Del sueño truncado de los pueblos y el carácter instrumental de las clases dirigentes que, aunque digan lo contrario, siguen empecinadas en sus localismos como lo hicieron en el pasado.

Resulta inaudito que los sistemas educativos, además de los errores históricos que reproducen, obliguen a las nuevas generaciones de centroamericanos a malgastar el tiempo en esos desfiles con bandas de guerra, eufemísticamente llamadas ahora bandas de paz, que solo sirven para reproducir el militarismo, especialmente en países donde los militares tienen un oscuro pasado como es el caso de El Salvador.

La construcción del ser centroamericano pasa por el compromiso de todos los originarios de esta región del mundo en el reconocimiento de nuestro pasado y la pertinencia de un modelo más humano y justo en el presente a fin de asegurar un mañana digno, donde al fin estemos juntos sin esas fronteras que nos empequeñecen. [Publicado en Revista Rumbo, edición 2, septiembre, 2006. San Salvador, El Salvador, C.A.]