Sunday, May 24, 2015

El beato mártir universal Oscar Arnulfo Romero

Por Guillermo Mejía

Con impresionantes muestras masivas y de júbilo fue beatificado el obispo mártir salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado por un disparo al corazón el 24 de marzo de 1980 cuando oficiaba misa en el hospital capitalino de la Divina Providencia. El mundo tuvo que esperar 35 años para que la conservadora Iglesia Católica cediera al clamor popular.

Envidiable poder de convocatoria del salvadoreño más universal, como le califican sus seguidores. A los miles de compatriotas se unieron otros tantos más procedentes de diversos países del planeta, no digamos de las repúblicas vecinas donde se asume con devoción al primer beato mártir centroamericano.

Ya vuelas libre beato mártir, San Romero de América, que fuiste presa de visiones contradictorias: por un lado, las fuerzas tradicionales católicas que nunca reconocieron ni reconocerán tu opción preferencial por los pobres y tu misión de denuncia, y por el otro, el del oportunismo político de sectores que asumían que eras parte de su proyecto.

Ahora representas a todos, como siempre lo fuiste, y qué bueno sería que en tu memoria la práctica de la política diera un giro, que saliera de la inmoral y detestable forma en que se desarrolla a base de componendas, sin importar ideologías. Ilumina a quienes detentan el poder para que abandonen el aprovechamiento del Estado y también sus prácticas corruptas.

El Salvador merece que se le apueste a salidas racionales a la grave ola delincuencial que nos mantienen en primera fila de los países más violentos del mundo junto a Guatemala y Honduras, repúblicas hermanas centroamericanas, mientras subsiste la injusticia estructural que tanto denunciaste en tus históricas homilías cuyo legado es universal.

Bien se refirió el papa Francisco en su mensaje de saludo a tu beatificación: “Es momento favorable para una verdadera y propia reconciliación nacional ante los desafíos que hoy se afrontan. El papa participa de sus esperanzas, se une a sus oraciones para que florezca la semilla del martirio y se afiancen por los verdaderos senderos a los hijos e hijas de esa nación, que se precia de llevar el nombre del divino Salvador del mundo”.

Noticias aparte, también el promotor de la causa de beatificación de Monseñor Romero, el sacerdote italiano Vincenzo Plagia, informó que van en curso los procesos de beatificación del anterior Arzobispo de San Salvador, Monseñor Arturo Rivera Damas, y del sacerdote Rutilio Grande, asesinado en 1977. Mientras, la canonización de Romero será un hecho.

Es de hacer notar que la jerarquía de la Iglesia Católica insistió durante la ceremonia que la opción preferencial por los pobres y la misión de denuncia del prelado salvadoreño “no era ideológica, sino evangélica” por aquello de las dudas que sectores conservadores remarcaron con el correr de los años y que frustraron una inmediata beatificación.

Como aderezo a la controversia generada en torno al obispo mártir y su papel trascendental en la historia contemporánea salvadoreña, el periodista y escritor argentino Horacio Verbitsky publicó un material periodístico en el rotativo Página 12 de aquella nación donde asegura que Romero fue beatificado luego de un “proceso de pasteurización” de la Santa Sede.

Recuerda el autor argentino que el actual papa Francisco fue apoyado por el ya fallecido Cardenal Antonio Quarracino, Arzobispo de Buenos Aires entre 1990 y 1998, y el que fuera papa Juan Pablo II, ambos representantes de la línea conservadora de la Iglesia Católica mundial que se opusieron a la misión de denuncia de Romero.

Fue Juan Pablo II quien envió a Quarracino a San Salvador para que investigara las denuncias contra Romero por involucrarse en política por medio de sus denuncias públicas, según relata Verbitsky: “…luego de una visita de una semana a San Salvador, informó al Vaticano, pero también a la dictadura argentina, que las denuncias contra el arzobispo eran fundadas…”

“…Romero estaba enfrentado con el gobierno y con los demás obispos salvadoreños, que sus homilías incitaban a la rebelión y que sus sacerdotes colaboraban con grupos subversivos”, agrega. Los medios de comunicación locales nunca informaron sobre la visita de Quarracino, pero Romero lo consignó en su diario personal como el hombre que predispuso a Juan Pablo II en su contra.

El ahora beato mártir Romero fue abandonado por la Santa Sede y por sus hermanos de fe. Posteriormente, es asesinado por el francotirador bajo órdenes del ya desaparecido mayor Roberto Daubuisson, según la Comisión de la Verdad surgida luego de la firma de la paz en 1992. El crimen ha quedado en la impunidad.

Verbitsky asegura que con la “pasteurización” del caso de Romero y los golpes demoledores que recibieron la teología de la liberación y los jesuitas, el papa Francisco pudo elevar sin riesgos al obispo mártir a los altares.

El periodista y escritor argentino Horacio Verbitsky nos recuerda una histórica anécdota del asesinado prelado salvadoreño:

El 7 de mayo de 1979 Juan Pablo II recibió en Roma al arzobispo Romero, quien le entregó pruebas de la complicidad oficial con los escuadrones de la muerte y la persecución a la Iglesia y una foto tremenda del sacerdote Octavio Ortiz, con el rostro destrozado por un tanque que el Ejército hizo pasar sobre su cabeza. De regreso a San Salvador, durante una escala en Madrid, narró a una profesora de la Universidad Centroamericana el diálogo con el Papa:

–Le recomiendo mantenerse en los principios, con equilibrio y prudencia, porque es riesgoso caer en errores o equivocaciones al hacer las denuncias concretas –le dijo el Papa.

–En casos como éste hay que ser muy concreto porque la injusticia, el atropello ha sido muy concreto –insistió Romero mientras señalaba la foto del sacerdote.

–Tan cruelmente que nos lo mataron y diciendo que era un guerrillero...

–¿Y acaso no lo era? –contestó, frío, el Pontífice.

Luego lo instó a lograr una mejor relación con el gobierno de su país porque esa armonía, “es lo más cristiano en estos momentos de crisis”.

–Pero, Santo Padre, Cristo en el Evangelio nos dijo que él no había venido a traer la paz sino la espada.

–¡No exagere!