Por Guillermo Mejía
La instauración de un modelo político autoritario en la sociedad, que implica censura y persecución de periodistas, el desplazamiento del interés de los consumidores para acceder a la información por medio de “influencers” y la presencia cada vez más fuerte de mecanismo de Inteligencia Artificial (IA) en el terreno profesional son retos para el periodismo en la actualidad.
Con el empoderamiento de figuras autoritarias que han seducido a amplios sectores de la sociedad se han cerrado las puertas al diálogo, el consenso y el acuerdo por medio de posturas racionales, a la vez que está proscrito el disenso, así como la transparencia y la rendición de cuentas por parte del poder.
La clave ha sido la explotación de las posturas irracionales, que se nutren del sentimentalismo y del carácter histriónico de líderes políticos populistas, que cuentan a su favor con las posibilidades que otorgan las redes sociales y el servicio de troles, a los que se suman cantidad de “influencers” políticos pre-pago que persuaden a los consumidores.
El escritor, periodista y decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, Jelani Cobb, advirtió hace poco que frente al escenario tan deprimente en la sociedad por tales circunstancias -que significa amenazas a la democracia- cobra fuerza la pregunta simple y a la vez profunda que subyace a los conflictos de la era del covid: ¿en quién confías?
“Maquiavelo postuló que quienes quisieran ejercer el poder debían utilizar cierta proporción de fuerza y fraude. La democracia, sin embargo, exige de nosotros una tercera F: la fe, la confianza fundamental en la racionalidad de nuestros conciudadanos, la creencia de que las instituciones de las que depende la sociedad son capaces de y están dispuestas a ejecutar las tareas que se les encomiendan”, dijo Cobb al presentar la Reuters Memorial Lecture 2025.
“Esta no es una fe ingenua y crédula. Por eso las democracias necesitan mecanismos para contrarrestar y controlar el poder de sus estructuras oficiales. Aun así, el sistema de autogobierno requiere una porción de confianza en que este esquema clamoroso e idealista es capaz de funcionar”, agregó.
Según Cobb, el manual es la demonización demagógica de los grupos étnicos y religiosos, y los ataques característicos a instituciones de rendición de cuentas como el periodismo. Trajo a la memoria, por ejemplo, la conversación de la periodista estadounidense Lesley Stahl con el presidente Donald Trump, en 2016, donde éste le dijo que sus ataques a la prensa estaban diseñados para lograr un objetivo específico: “Lo hago, contó más tarde Stahl, “para que cuando escribas historias negativas sobre mí la gente no te crea”.
“Cabe señalar que el periodismo tiene una desventaja inherente al desafiar la demagogia. El sello distintivo del periodismo de calidad es su capacidad para representar las complejidades del mundo en sus matices y detalles adecuados. Los demagogos no necesitan tales sutilezas. Pintan con pinceladas amplias y colores primarios. Antes que nada, los periodistas somos leales a la verdad. Los demagogos no”, afirmó Cobb.
Y continuó: “Cualquier periodista presente sabe que los políticos mienten. Sin embargo, lo que distingue la evasión política de siempre de las invenciones de un demagogo es la facilidad y el volumen con el que se difunden estas falsedades. En cualquier caso, la interpretación del mundo que hacen los demagogos es legible y comprensible. Todos los problemas tienen soluciones claras y todas las dificultades de la vida son fácilmente atribuibles a culpables específicos”.
El problema de los periodistas no es solo que el público no confíe en ellos, sino que sí confía en otros intermediarios que mienten. Por lo tanto, hay una crisis de credibilidad, además de una crisis de credulidad, según Cobb. Por ejemplo, los periodistas fueron reacios al principio a calificar como mentiras las falsedades de Trump, así como evidenciar un comportamiento racista a su disposición a los estereotipos raciales.
También hay que destacar el problema de la capitulación de algunos medios de comunicación frente a Donald Trump, tanto en las elecciones pasadas como en el segundo ejercicio presidencial, comportamiento que plantea serias dudas sobre la voluntad de algunos medios de informar sin temor sobre la administración y agravan la crisis de confianza. Establecer pactos de conveniencia entre medios y el poder es totalmente bochornoso, aunque común en la sociedad.
Nuevas realidades: la IA y los "influencers"
Cobb reconoció la robustez de la agencia Associated Press (AP) de no acatar la exigencia de Trump de referirse al Golfo de México como el Golfo de América, en coherencia con el manual de estilo de la agencia, lo cual ha significado la prohibición a sus periodistas en ruedas de prensa de la Casa Blanca y su exclusión de los viajes presidenciales. Como respuesta, la AP ha presentado una demanda basada en la Primera Enmienda.
A fin de lograr la confianza del público en los periodistas, Cobb dijo que “El periodismo debería emular a las ciencias sociales, donde cada fuente está documentada, y a las ciencias duras, donde cada hallazgo debe ser replicable. En esos ámbitos, mostrar cómo se llegó a las conclusiones ha sido durante mucho tiempo un requisito profesional”.
“Cada pieza periodística importante debe ir acompañada de un hipervínculo con un título que diga cómo se reportó esta historia, donde un lector o espectador pueda encontrar los documentos, entrevistas e investigaciones que se relacionan con la historia que acaban de leer. Si así lo desea, el lector debería seguir estos pasos y sacar las mismas conclusiones. Esto no sólo minimiza el argumento de que las noticias, como dicen los cínicos, son simplemente inventadas, sino que arroja un desafío ante otro tipo de medios con los que ahora debemos competir por la influencia pública”, añadió.
En esa misma dirección se ubica como una preocupación válida la proliferación de “influencers” y comunicadores digitales que operan sin contemplar los estándares profesionales del periodismo y que, por un lado, cuestionan el quehacer del periodismo de calidad y, por el otro lado, están impactando sobre los consumidores de la información.
Como se estableció en el foro sobre La transformación del periodismo digital con El País, desarrollado recientemente por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), de España, en el presente se observa un creciente escepticismo hacia los medios periodísticos tradicionales, con lo que se manifiesta una crisis de relevancia y credibilidad.
“La revolución digital ha dado un altavoz a muchos, también facilita la aparición y extensión de fake news, también ha complicado la distinción entre información veraz y falsa, pero también ha permitido a los periodistas acceder a una cantidad de información sin precedentes”, afirmó el periodista y catedrático Javier Moreno, en el foro de la UNIR.
En similar posición se destacó el papel de los mecanismos de la Inteligencia Artificial (IA) en relación con la práctica periodística, por cuanto representan una valiosa herramienta de apoyo para el trabajo de los profesionales del campo, si se utilizan de manera correcta, pero que no pueden suplantar al ser humano, ya que son susceptibles al error y a la desinformación.
Para remarcar lo anterior, el catedrático Víctor Gutiérrez Sanz afirmó en el encuentro que “la Inteligencia Artificial puede ayudarnos a personalizar la experiencia del usuario, pero siempre debe estar al servicio del periodismo, no al revés”, ya que la tecnología debe complementar el trabajo de los periodistas, pero nunca reemplazarlos.
Resulta lamentable que esas preocupaciones y discusiones no bajen a los ciudadanos que son los titulares del poder y cuentan de manera inherente con el derecho a la comunicación y a la información, y que –al contrario- sean víctimas, junto a los periodistas de calidad como servidores públicos, de los embates del autoritarismo reinante y proclives a la desinformación.
2 comentarios:
Estamos mal nuestras sociedades con esos políticos que maquiavélicamente usan las redes sociales para difundir sus falsedades y/o descalificar al escaso periodismo honesto que sobrevive. Aunque no hay mal que dure 100 años, dice el dicho. ¿Será?
Ojala que esa dinámica perversa cambie. Y, obviamente, se necesitan más periodistas conscientes. Saludos, hermano.
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