Monday, November 14, 2011

Los periodistas en la ofensiva guerrillera del 89

Por Guillermo Mejía

-A los periodistas con aprecio y esperanza-

Sin duda lo primero que viene a la mente son las víctimas que dejó la vorágine, entre ellos unos treinta colegas periodistas que ofrendaron su vida en la cobertura del conflicto armado de doce años que concluyó con los Acuerdos de Paz firmados en Chapultepec, México, en 1992.

El 11 de noviembre de 1989, noche de sábado, iniciaron los choques armados con la incorporación de combatientes del entonces rebelde Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln) desde las zonas rurales sobre todo en el Norte, Sur y Este de la Zona Metropolitana de San Salvador.

Otros puntos del país, en especial San Miguel, Usulután y Zacatecoluca, también fueron escenarios de combates.

Desde antes, los periodistas habíamos recibido informaciones sobre lo que vendría ese día 11. La seguridad, en medio del temor, y el abastecimiento para la casa eran prioritarios, mientras nos preparábamos para la cobertura de la ofensiva denominada “Hasta el tope… Febe Elizabeth Velásquez vive…”.

La campaña militar recibió el nombre de la dirigente sindical que junto a otros nueve de sus compañeros murieron durante un atentado dinamitero a la sede de la federación de trabajadores Fenastras, ocurrido el 31 de octubre de ese año, donde resultaron heridos otros 30 sindicalistas.

Ese antecedente marcaba la tensión en medio de rumores y otros hechos de violencia que también habían impactado a los periodistas, pues el 18 de marzo, un día antes de las elecciones presidenciales, murió el fotoperiodista Roberto Navas y resultó herido Luis Galdámez, otro fotoperiodista, ambos de la Agencia Reuters.

Efectivos militares abrieron fuego contra los compañeros que se dirigían en moto por el Boulevard del Ejército Nacional. Y, a la mañana siguiente, en plena jornada electoral, también militares acribillaron a Mauricio Pineda, de Canal 12, y al holandés Cornel Lagroux, de IKON-TV. Ambos en el Oriente del país.

Desde el inicio de la guerra, en 1980, los periodistas actuamos bajo condiciones extremas. La cobertura informativa del conflicto armado era muy restringida por el conservadurismo de sectores de poder y de los medios locales. El trabajo era menos agobiante en la prensa internacional, aunque la tildaban de “vendepatria”.

Los que compartíamos ambos espacios de prensa, con agencias de noticias, periódicos extranjeros, radios extranjeras, entre otros, y, a la vez, laborábamos en medios locales notábamos las diferencias. Es más, estar “protegido” para un periodista era tener una credencial de la prensa extranjera.

En ese sentido, la cobertura de la ofensiva final del 11 de noviembre no podía gozar de mayores garantías, dado el acoso militar y la desconfianza del gobierno de Alfredo Cristiani hacia los periodistas incómodos. Hubo despidos de medios locales y renuncias obligadas cuando llegó al poder en junio de 1989.

En esa oportunidad me encontraba en el Diario Latino –que luego se llamó Co-Latino- empresa que quedó bajo la conducción de los trabajadores en junio de 1989 y la dirección del colega Francisco Elías Valencia. Llegué expulsado de otros medios locales por la intolerancia reinante, aunque trabajaba también con la prensa extranjera.

Los temores en el cuerpo de prensa eran evidentes por las circunstancias especiales que pasaba la nación con el estallido armado en los alrededores de San Salvador, y para nosotros en el diario fue muy serio, ya que éramos un medio informativo que los militares y el gobierno ligaban con el Fmln.

El asesinato de los padres jesuitas y de sus dos colaboradoras el 16 de noviembre –en plena ofensiva- a manos de los militares es un recuerdo macabro de algo que no queremos volver a vivir. La noticia la recibimos con mucho pesar. Nadie estaba seguro, cualquier cosa podía suceder.

De esa forma, en esas situaciones límites profundamente difíciles, también recibimos la noticia del asesinato del colega Eloy Guevara, de la Agencia AFP, y del periodista inglés David Blundy, del Sunday Correspondent, en Soyapango y Mejicanos, respectivamente, víctimas de las balas en la cobertura noticiosa.

El secretario general de la OEA, Joao Clemente Baena Soares, quedó atrapado junto a otras personas, incluidos un grupo de marines estadounidenses, cuando los guerrilleros se tomaron las instalaciones de la torre VIP del Hotel Sheraton, en la Colonia Escalón. Al final, se negoció la salida.

Una de las anécdotas que guardo es la decisión que tuvimos en el Latino con una foto de portada donde aparecía una tanqueta militar que había sido destrozada por el fuego rebelde en los altos de la Colonia Escalón. Los militares censuraron la foto, dijeron que no podía salir. Entonces, publicamos la portada con el lema “Censurada” en el espacio fotográfico en letras rojas. El impacto en los lectores fue inmediato, la prensa extranjera envió la noticia con la imagen de la portada. Un censor de los militares que veía lo que se iba a publicar jamás volvió a llegar.

La sociedad estaba bajo el Estado de Sitio y el Toque de Queda desde el 12 de noviembre en medio del combate y el Centro de Información Nacional (CIN) del gobierno nos advirtió a los periodistas que quedaba, por ende, suspendida la libertad de expresión y entregó una serie de “disposiciones”.

Entre los puntos estaba: “Consultar con la fuente oficial respectiva todo tipo de informaciones que se refiera a noticias sobre acciones de los grupos terroristas del FMLN y sus organizaciones de apoyo o cualquiera de índole político y militar”.

También: “No publicar comunicados del FMLN o cualquier otra organización de apoyo que pretenda divulgar sus actividades, ya que con ello se busca desorientar a la opinión pública, difundiendo informes alejados de la verdad”.

Y, a la vez: “Los medios de comunicación nacionales deberán abstenerse de publicar noticias o informaciones provenientes de agencias extranjeras o de países que mantienen una clara oposición al Gobierno y al pueblo salvadoreño”. Las disposiciones incluían la amenaza de usar la ley si se desobedecía.

El marco de libertad de prensa y de expresión condicionada por intereses políticos y corporativos es un mal crónico. Los esfuerzos de muchos periodistas desde finales de la década de los 70 y durante los 12 años de guerra civil fueron loables. La firma de la paz no significó del todo la superación de la intolerancia, falta mucho trabajo por hacer.

Desde esa perspectiva vemos el espejismo que se vivió durante el gobierno del Presidente Napoleón Duarte, entre 1984 y 1989, período en que se posibilitaron nuevos espacios de información y entrevistas que sirvieron a las empresas mediáticas para criticar al gobierno, pero nunca a los militares.

Los periodistas que aprovechamos espacios en radio, prensa escrita y televisión asumimos el compromiso de trabajar por mayor acceso a la información y difusión de las diversas formas de entender lo que sucedía en el país, pero a la llegada del Presidente Alfredo Cristiani muchos de esos espacios quedaron truncados.

Las amenazas en la sociedad salvadoreña del siglo XXI, al igual que en otros países de la región, incluyen ahora al crimen organizado y al narcotráfico. La guerra social que se vive, en especial en los sectores populares, en vez de solucionarse se profundiza.

Por eso, los nuevos periodistas y muchos de los que somos de la generación de la guerra debemos estar concientes del papel de los informadores y comunicadores en esa realidad compleja que requiere también de mucha reflexión y pensamiento. No podemos quedar deslumbrados solamente con la tecnología.

Hay que hacer un esfuerzo en seguir caracterizando ese período. Por ejemplo, la forma en que los periodistas respondimos ante la represión y las mentalidades obtusas, así como el impacto de los cambios tecnológicos y la relación de los periodistas con la política. Necesitamos cultivar la memoria histórica.










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