viernes, septiembre 23, 2022

El populismo y el menosprecio de los derechos ciudadanos

Por Guillermo Mejía

Cada vez estamos más lejos de la libre y responsable discusión de ideas, dado el predominio del populismo en la sociedad contemporánea, que es potenciado con la presencia de las redes sociales que ocupan la atención de los públicos y que han profundizado la crisis del sistema tradicional de medios de comunicación colectiva.

“El populismo estrecha y erosiona la esfera pública, rechaza la deliberación que es consustancial a la democracia, y desfigura la diversidad propia de los medios de comunicación en una sociedad plural. El populismo se apuntala en los medios, pero se revierte contra ellos cuando no le favorecen”, afirma el experto Javier Trejo Delarbre, en el libro Pensar lo público desde la comunicación (México, 2022).

“El populismo usufructúa e incluso ensancha el espacio público, pero elude la esfera pública, la abomina y en cuanto puede, la debilita”, añade. Y, el colmo, los medios de comunicación colectiva tradicionales han cedido, en gran medida y por varias razones, su función mediadora a las descargas emocionales que transitan por las redes sociales, con lo que alimentan la depravación del espacio público.

La esfera pública es el ámbito de la vida social en el que se puede formar algo que se acerque a la opinión pública y que en el intercambio variado de razones e ideas en ella se asienta la democracia, mientras en el espacio público encontramos los diversos contenidos (informaciones, entretenimiento, publicidad, propaganda, etc. y también memes, tuits, ultrajes, etc. en la red).

“El populismo aprovecha e incluso ensancha el espacio público, en detrimento de la esfera pública. Maleable y escurridizo desde el análisis conceptual, al populismo difícilmente se le puede caracterizar”, según el autor, pero tiene estos rasgos: el caudillismo de un líder carismático, dice ser representante de “el pueblo”, encarna el interés popular, se coloca por encima de las leyes e instituciones, confronta con quienes no lo respaldan, dice ser víctima de gobiernos anteriores y compañía, y polariza a la sociedad.

El intelectual mexicano ilustra:

“El dirigente populista aprovecha las instituciones de la democracia, pero desconfía de ellas. Llega al poder cuando gana una elección, pero una vez que se encuentra allí prefiere la llamada ‘democracia directa’ en frecuentes ejercicios de consulta a sus seguidores. Los destinatarios de sus arengas son los grupos que lo respaldan.”

“El populismo no es una ideología, ni una posición política. Se trata de un estilo autoritario, personalista y pragmático de ejercicio del poder. No implica un programa de gobierno específico, ni política pública alguna.”

“El populismo no es una forma de gobierno, pero sí supone una concepción patrimonialista del ejercicio del gobierno: que el poder político esté al servicio de los intereses, la causa y los requerimientos que el líder populista estime pertinentes. Además, el populismo se traduce en una relación autoritaria entre el gobernante y la sociedad.”

“El populismo erosiona a la democracia y, si no encuentra resistencia suficiente, puede reemplazarla. Las modificaciones legales para que los líderes populistas se reelijan, la desaparición de los congresos para que no le hagan sombra al poder del líder, o la postergación de elecciones, son prácticas de experiencias políticas en diversos países.”

En cuanto a lo mediático, a los problemas de la ausencia del periodismo profesional y la concentración de medios en pocas manos, gubernamentales o privadas, que espectacularizan los asuntos públicos, se suma la presencia de las redes sociales donde el populismo encuentra un terreno propicio a la polarización que produce.

“Con la expansión de Internet y sus afluentes, y por diversas causas, la prensa sufre una crisis que terminará por transformarla de manera radical. La prensa, lo mismo en papel que en medios electrónicos o en línea, ha perdido la centralidad que tenía y las redes sociodigitales no cumplen con aquellas viejas funciones ordenadoras del intercambio racional en nuestras sociedades”, advierte Trejo Delarbre.

La gravedad del caso es que la idoneidad de las redes sociales para el mensaje populista va más allá del formato, ya que los contenidos que ofrecen son organizados por algoritmos que seleccionan textos, imágenes o videos de acuerdo con preferencias de los usuarios, que quedan aislados y expuestos solo a informaciones que coinciden con sus inclinaciones alejándolos de la conversación con los demás.

“(...)Si dependemos de redes sociodigitales en donde únicamente miramos los contenidos que colocan nuestros amigos o seguidores (que suelen tener puntos de vista similares a los nuestros) y sobre todo si la jerarquización de los contenidos que esas redes nos muestran replica lo que ya hemos preferido, tendremos apreciaciones sesgadas y fregmentarias de esos temas”, sentencia el autor.

Trejo Delarbre hace una lista de las implicaciones que derivan de la relación medios-populismo y de manera resumida las coloco a continuación:

-Los líderes populistas son noticia. Los medios difunden noticias y los líderes populistas lo son. Al propalar lo que dicen y hacen, los medios contribuyen a magnificar la presencia pública de esos líderes. No se les puede reprochar a los medios profesionales que reseñen los acontecimientos públicos, pero se les puede exigir que lo hagan con rigor crítico y con marcos de referencia analíticos.

-Encubrimiento de la retórica maniquea. La cultura mediática, afianzada en el espectáculo, no acostumbra a privilegiar las razones ni la deliberación. El estilo populista intensifica la simplificación del lenguaje y las narraciones, propicia las descripciones emocionales y expande una concepción polarizada, y, así, empobrecida de la realidad.

-Los medios quedan encasillados como parte del establishment. Las empresas mediáticas, que mientras más ascendiente y recursos técnicos tienen, requieren mayor inversión financiera y alcanzan más influencia, son parte del poder económico y hacen política de muchas maneras. Pero entre ellas hay matices, trayectorias y prácticas que las distinguen a unas de otras. Cuando el líder populista ubicado en el poder político descalifica en bloque a todos los medios que no se ciñen a su agenda o a su estilo comunicacional, reduce los márgenes de la libertad de expresión.

-El populismo exalta a las redes sociodigitales hasta que dejan de favorecerle. Al líder populista le entusiasma la comunicación directa que entabla con sus seguidores a través de mecanismos como Twitter o Facebook porque no hay intermediarios y sus mensajes no pasan filtro ni enmarcamiento algunos. Sin embargo, las posibilidades de interacción que ofrecen tales redes no le interesan. Por lo general el líder populista no contesta las réplicas a sus tuits.

-El populismo entorpece el acceso a la información. Al líder populista no le interesa la investigación periodística porque devela inconsistencias de su propia política, salvo cuando muestra los abusos de gobernantes anteriores.

-Personificación excesiva. El populismo concentra todos los recursos políticos, incluso los mediáticos, en torno al individuo. “El pueblo soy yo”, proclama el líder de ese corte.

-Medios públicos instrumentalizados. El populismo identifica lo público con su propia causa y, por lo tanto, con el interés del líder. La idea de lo público como las actividades o los servicios cuya provisión es garantizada por el Estado pero que no funcionan con criterios políticos porque se encuentran entre los requerimientos básicos de la sociedad, es reemplazada por la apropiación y el control directo por parte del gobierno.

-Teorías de conspiración. Las fabulaciones no son noticia, salvo cuando tienen consecuencias relevantes o las dicen personajes destacados. Las noticias son los hechos, no las suposiciones. Los medios profesionales no tendrían por qué difundir mentiras, pero si quien las dice es el líder populista entonces son asuntos de interés público y han de ser publicadas, por muy descabelladas que sean.

-Antiintelectualismo. El populismo desdeña el pensamiento, pero sobre todo el pensamiento complejo. El líder populista aborrece a los intelectuales, excepto cuando lo enaltecen y justifican.

-Constricción del debate público. Improperios y simplismo, polarización, personificación excesiva, versiones falsas… Estos recursos del populismo desembocan en el rechazo a la deliberación.

El problema del populismo en las sociedades contemporáneas es profundo y multicolor. Amerita que haya esfuerzos alternativos por la concientización política ciudadana, potenciados por la alfabetización mediática y la alfabetización digital, a fin de no seguir creyendo que los pajaritos vuelan porque tienen motorcito en el trasero.

sábado, julio 30, 2022

31 de julio: Un preocupante día del periodista

Por Guillermo Mejía

 

La sustitución del ataque contra periodistas en detrimento de la discusión racional y plural, además del sabotaje al acceso a la información pública en la sociedad, ameritan una reflexión constante acerca de la atmósfera en que se desenvuelven los comunicadores sociales y, por ende, la calidad de la información que es un derecho ciudadano.

 

Son preocupantes las cifras que arrojó el diagnóstico del Observatorio de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (OUDH) sobre Libertad de Prensa y Acceso a la Información Pública en 2021 que revelan el incremento de acciones contra periodistas y la cerrazón de las instituciones a revelar información como nunca antes desde los Acuerdos de Paz, firmados en 1992.

 

En ese sentido, sobre la libertad de prensa ha habido restricciones al ejercicio periodístico, ataques, limitantes al acceso a la información pública y el espionaje de periodistas. Se contabilizan en el período 219 agresiones y en ese universo se identifican 102 restricciones al ejercicio periodístico, las limitantes de los periodistas frente a las fuentes que se niegan a dar información.

 

“Esto está relacionado directamente, precisamente, a cómo la información se ha venido centralizando; es decir, que se tiene que contar con el aval, se tiene que contar con el permiso sobre todo de la Secretaría de Prensa o de Comunicaciones, para emitir una declaración, para emitir un pronunciamiento, en caso contrario, la información se está negando”, advirtió el investigador Diego Manzano.

 

“Y también observamos cada vez con mayor fuerza y, según lo expresado por algunos y algunas periodistas, precisamente este temor de las fuentes a hablar; es decir, que hay muchas fuentes en esta posibilidad de trasladar alguna información prefieren no hacerlo por el temor a experimentar alguna represalia, ya sea de carácter físico o el despido que podría darse”, agregó.

 

Se unen los discursos de odio, especialmente a través de las redes sociales como “linchamiento digital”, la intimidación e incluso ataques físicos a periodistas por parte de agentes del Estado.

 

A la par, ha habido un retroceso en el acceso a la información pública a través de los portales de transparencia de las instituciones estatales. Con datos, según el OUDH, son 19 instituciones públicas las que reprobaron el cumplimiento de la información oficiosa para la ciudadanía, tal como lo demanda la Ley de Acceso a la Información Pública. La Asamblea Legislativa cuenta con la menor nota.

 

“Hay un mayor índice de reserva; es decir, que existen bastantes dificultades para obtener datos institucionales, hay una falta de actualización de portales y esto está afectando la posibilidad de construir notas, informar a la sociedad, precisamente, y al mismo tiempo existe una discrecionalidad en los criterios”, especialmente criterios políticos, señaló Manzano.

 

En otra oportunidad, he advertido que los encontronazos de algunos medios y periodistas con el gobierno de turno y la institucionalidad cooptada, que se suman a la batalla de ciudadanos y troles en las redes sociales, nos debe llamar a la reflexión sobre el papel trascendental del derecho a la información y a la comunicación en la sociedad.

 

Hay que tolerar la existencia de espacios mediáticos que hurgan sobre la cosa pública, el ejercicio del poder y las verdaderas intenciones de los que ejercen el poder.

 

Dentro de la democracia burguesa, como la salvadoreña, es necesario hablar de una democracia mediática que abre el espacio a una especial e inédita legitimidad de los periodistas, basado en la distinción entre la atribución nominal del poder (el pueblo) y el ejercicio de ese poder (las élites elegidas por la gente).

 

De esa forma lo señala el profesor español Javier del Rey Morató, que agrega: “El contribuyente y titular del poder y de la información se asoma a los medios de comunicación, desde los cuales los periodistas le ofrecen un relato sobre comportamientos y decisiones relacionadas con ese poder cuya titularidad ostenta”.

 

Para la consolidación de la democracia ante la huella autoritaria y despótica del poder, que incluso nos llevó a una guerra civil, urge el papel crítico de la prensa más allá de sus líneas editoriales –en general, conservadoras- que, por supuesto, hay que demandarles también responsabilidad y comportamiento ético de cara a los ciudadanos.

 

En una sociedad que se dice democrática, formalmente de corte liberal, una de las formas de constatar su fortaleza es la existencia de medios y periodistas comprometidos con la profundización de esa democracia que demanda diálogo social y plural. Sin duda, la herramienta idónea es periodismo responsable y ético, a la vez que perfectible.

 

Además de escudriñar el ejercicio del poder, favorecer el debate sobre los temas de interés público y aclarar el rumbo de las sociedades, en el marco del ejercicio democrático, el periodismo honesto debe preocuparse por ser exacto, justo e incluyente. Y no puede caer en el error de sacrificar los postulados éticos en la carrera por la primicia ni por intereses espurios.

 

Las sociedades actuales necesitan más que nunca el papel escrutador de los periodistas, para acercar a los ciudadanos a los temas de interés público y el ejercicio del poder que constitucionalmente les pertenece, ya que los funcionarios son servidores públicos que tienen que dar cuenta de sus actos. Por supuesto, es imprescindible el desarrollo democrático.

 

Por otro lado, traigo a colación otra reflexión que he hecho con anterioridad sobre no caer en la ilusión de creer que las redes sociales por sí pueden suplantar el espacio de los periodistas y de los medios, para una discusión racional sobre los problemas que aquejan a la sociedad, aunque coadyuven a la discusión pública.

 

Al respecto, tomé en cuenta lo dicho por el comunicólogo argentino José Luis Orihuela: “la red política por excelencia debería ser el parlamento, no una plataforma tecnológica privada de San Francisco”. Lamentablemente, “los políticos y los periodistas han convertido a Twitter en un monstruo fuera de control que amenaza la calidad de la vida democrática y privatiza espacios de conversación que deberían seguir siendo públicos”.

 

Orihuela advirtió en esa ocasión que la crisis de confianza que rodea a la clase política y a los estamentos del gobierno “no está generada por las redes sociales sino por la corrupción, el cortoplacismo, el partidismo y la manifiesta ineficacia de los partidos y del gobierno para resolver los problemas reales de los ciudadanos”. Eso sí, “las redes funcionan como un altavoz del descontento popular y como una correa de transmisión de los eslóganes de los partidos y del gobierno para resolver los problemas reales de los ciudadanos”.

 

El problema es que, como en el caso salvadoreño, “cuando el poder no permite preguntas en las ruedas de prensa o solo usa las redes para hacer propaganda o para resolver rencillas tácticas con sus oponentes, entonces se le están sustrayendo debates esenciales a la ciudadanía. No resulta extraña, por tanto, la crisis reputacional de la política, pero se trata de un problema que no tiene soluciones tecnológicas”.

 

“Ahora de lo que se trata no es de demonizar a la tecnología ni de pretender un retroceso imposible a etapas anteriores, sino de establecer mecanismos de compensación para que la velocidad no altere la calidad de los procesos de toma de decisiones en todos los niveles de nuestra vida, también en el ámbito político y periodístico”, según él.

 

“No podemos seguir funcionando a golpe de mensajes instantáneos o de tuits, por más virales que sean o se fabriquen”, agrega. En ese contexto es que se celebra el Día del Periodista salvadoreño.

miércoles, junio 29, 2022

Historia de El Salvador: La imposición de modelos económicos depredadores del ser humano

Por Guillermo Mejía

 

Desde tiempos de la colonia española hasta el presente, los salvadoreños han sido condenados a la marginación social y la pobreza sobre la base de los sucesivos modelos económicos que han privilegiado a sectores de poder, pese a que los países que más progresan en desarrollo humano son los que invierten en sus habitantes.

 

Es parte de lo que se expone en el libro La economía salvadoreña después de la Independencia/ Por qué estamos como estamos (San Salvador, 2022), escrito por el economista William Pleites, ex representante del PNUD y de Fomilenio, una obra del Instituto Nacional de Formación Docente (INFOD) que viene a demostrar nuevamente las raíces de la desigualdad y la violencia.

 

La investigación arroja que desde su constitución como república independiente, en el país se han puesto en marcha tres modelos de desarrollo: el agroexportador (MAE), el de la industrialización por sustitución de importaciones (MISI) y el de promoción de exportaciones y atracción de inversiones (MPE), que terminó convirtiéndose en un modelo de exportación de mano de obra.

 

Además, ha habido períodos sin un modelo de desarrollo propiamente dicho, como el de los años ochenta cuando hubo una economía de guerra, en que las prioridades estuvieron definidas por el conflicto armado, según señala Pleites, y de 2004 a la fecha, aunque continúa el MPE, crecientemente se han puesto en marcha estrategias y políticas tendientes a ganarse la simpatía de la población, pero no con el propósito de generar condiciones para mejorar de manera sostenida su bienestar; por lo anterior, se ha calificado este período como de digresiones populistas.

 

El autor revisó dos indicadores: Los resultados socioeconómicos y los principales fallos ante la aspiración de construir un país de desarrollo humano alto.

 

“Al examinar en detalle el desempeño de estos indicadores en los dos siglos de vida independiente, la principal conclusión que se deriva es que ninguno de los modelos aplicados ha sido capaz de crear bases sólidas para establecer un círculo virtuoso de desarrollo humano y crecimiento económico, que se traduzcan en un mejoramiento robusto y sostenido del bienestar de la población”, advierte.

 

Sin embargo, “esto no significa que, durante los doscientos años examinados, el país no haya registrado progresos importantes ni mucho menos que los avances hayan sido similares en cada modelo”, añade.

 

En cuanto a los fallos, el autor expone: 1. La escasa inversión en la expansión de las capacidades de las personas, especialmente en las primeras etapas de su ciclo de vida; 2. La poca importancia asignada al pleno empleo y la eficacia laboral dentro de las políticas económicas y sociales; 3. La insuficiente inversión en infraestructura económica y social; 4. La escasa atención asignada a la disminución de las brechas y desigualdades; 5. La tendencia a mantener desequilibrios macroeconómicos fuera de control; 6. La lentitud para reinventarse continuamente con nuevas apuestas productivas; 7. La ausencia de un contrato social que permita convertir a las mujeres en auténticas socias y protagonistas del desarrollo; y 8. La incapacidad para edificar y consolidar un Estado desarrollista.

 

Nos recuerda el autor que un aspecto común de los países que más progresan en desarrollo humano es la inversión fuerte y oportuna en el despliegue de los talentos y capacidades de sus habitantes, asignándoles una alta prioridad a ámbitos tales como la salud y la nutrición, la vivienda y el hábitat, la educación, la capacitación, la ciencia y la tecnología.

 

“Aunque parecen obvios, estos planteamientos han sido muy difíciles de ponerse en práctica en El Salvador. Prueba de ello es que nunca se les ha asignado la prioridad requerida a algunas de las aspiraciones que toda la gente vincula más con su bienestar: alimentarse adecuadamente, gozar de un hábitat saludable con una vivienda digna y adecuadamente equipada, y tener acceso a servicios de salud y educación de calidad”, advierte Pleites.

 

El colmo de los colmos: “(…) durante los dos siglos de vida independiente del país, los recursos destinados a defensa y seguridad superan en más del doble a los destinados a educación y en más de 3.5 a los destinados a salud. Por otra parte, si sumamos el servicio de la deuda a defensa y seguridad, resulta que estos dos rubros han absorbido recursos 4 veces superiores a los destinados a educación y 2.5 veces a los utilizados conjuntamente por educación y salud”.

 

Según el autor, históricamente el pleno empleo y la eficacia salarial nunca han sido asumidos como objetivos centrales de las estrategias y políticas de desarrollo. “Pareciera que hay una suerte de resignación en relación con esta área, como si fuera mejor no comprometerse con nada o hacerlo de una manera general para no ser luego cuestionado por incumplimiento”, sentencia.

 

Ese elemento común en todos los modelos económicos impuestos en el país “es muy usual en países donde los temas que interesan a la gente son intensivamente usados en campañas electorales de parte de quienes aspiran a gobernar, pero que, una vez logrado su objetivo, son excluidos de las prioridades gubernamentales”, afirma Pleites.

 

Por otro lado, señala que en el país “ha habido una excesiva tolerancia hacia las brechas y desigualdades de todo tipo. El Estado, lejos de impulsar estrategias y políticas para su reducción, ha tendido a reforzarlas. Un ejemplo de ello es su sistema tributario que en otros países constituye una de las principales herramientas para disminuir la concentración del ingreso y de la riqueza; en el país, debido a su carácter regresivo (pagan proporcionalmente más los que menos tienen) y a que lo que se recauda del ingreso nacional (carga tributaria) ha sido relativamente bajo, históricamente ha tenido un efecto inverso”.

 

Sobre la recurrente inestabilidad macroeconómica, Pleites estima –por ejemplo, en el ejercicio del poder más reciente- que “Entre 1990 y 2004, durante la vigencia del modelo neoliberal, el peso relativo de la deuda pública se redujo a un promedio de 234.3 % de los ingresos corrientes del Estado, llegando a un mínimo de 188.6 en 2000; pero desde ese año retomó una tendencia alcista.”

 

“Esta continuó durante el período de las digresiones populistas, alcanzando un promedio de 274.2 % entre 2004 y 2019. Para 2020 la relación deuda pública/ingresos corrientes subió a 381.4 %, el valor más alto registrado durante los 200 años de vida independiente”, afirma. La investigación ya no incluye los datos de los últimos dos años de gobierno populista, pero la tendencia es obvia y preocupante.

 

A la vez, el autor es contundente en señalar que, dada las características depredadoras de los recursos públicos en el ejercicio del poder, hay ausencia de un Estado desarrollista y proactivo; es decir, la claridad sobre el papel del Estado en el proceso de desarrollo, por ejemplo, hacer de la meritocracia el criterio básico para el reclutamiento y promoción del personal dentro de la administración pública.

 

“Como consecuencia, el proceso de fortalecimiento de las libertades civiles y políticas impulsado con los Acuerdos de Paz se ha venido degenerando gradualmente, convirtiendo las elecciones en un mecanismo que, según Badía Serra, solo sirve para desemplear empleados y emplear a desempleados, provenientes de los partidos políticos que ganan elecciones (…)”

 

“(…) con el agravante de que, sabiéndolo, muchos de los que habrán de pasar a desempleados, aprovechan la contingencia y temporalidad de su situación, para depredar el erario público y asegurar definitivamente su futuro. Como resultado de esta manera de ejercer el poder, el Estado desarrollista, en la práctica, no existe”, concluye Pleites.

 

Considero importante citar la pregunta que Diario El Mundo le hizo a Pleites en una entrevista sobre su libro: -Después de examinar la historia económica. ¿A qué deberían apostarle los gobiernos para corregir todo lo que hemos venido arrastrando?

 

Pleites respondió: “Yo diría que el fallo principal y que incluso los economistas tenemos mucha responsabilidad, nosotros hemos conducido la economía por una política no orientada por objetivos y metas humanas. Cuando habla con la mayoría de colegas economistas, le van a hablar casi siempre de los problemas principales son el déficit fiscal, la deuda… pero, para la gente común y corriente lo más importante es el empleo, en segundo lugar, la salud, vivienda y el hábitat y hasta después aparece la educación.

 

“Mientras nosotros no reconozcamos que la verdadera riqueza de una nación está en su gente, entonces vamos a seguir tropezándonos con el subdesarrollo.

 

“A veces se le echa la culpa al modelo, pero Costa Rica ha seguido los mismos modelos de El Salvador e inició siendo el país más pobre de Centroamérica al momento de la Independencia, pero desde 1950 era un país mucho más rico que el resto.”

 

Como contexto, en Costa Rica, desde mediados del siglo pasado, se le apostó por construir un Estado social y para muestra eliminaron los costos de tener un ejército, aunque aún deben corregir muchas cosas para llegar a ser lo que sueñan. Eso sí, al final del conflicto armado, El Salvador necesitaba trabajar -con un plan de desarrollo humano serio- unos 30 años para lograr los niveles de Costa Rica de aquel entonces. ¿Cuál es la brecha en la actualidad?, es la pregunta que amerita respuesta.

 

Nota: Para bajar el archivo PDF del libro La economía salvadoreña después de la Independencia/ Por qué estamos como estamos de William Pleites ir a la siguiente dirección web: https://infod.edu.sv/wp-content/uploads/2022/06/La-economia-salvadoren%CC%83a-despues-de-la-Independencia_integrado-para-web.pdf

lunes, mayo 30, 2022

Bukele y los frutos de la polarización afectiva

Por Guillermo Mejía

 

El presidente Nayib Bukele salió bien librado en las recientes encuestas de opinión pública, especialmente en la evaluación sobre el tercer escalón de su gestión realizada por el Centro de Estudios Ciudadanos (CEC) de la Universidad Francisco Gavidia (UFG), a partir de la cual el investigador Óscar Picardo consideró como inédito que el mandatario no baja de 8.0 de nota promedio a lo largo del tiempo.

 

Como señalan los especialistas, al principio de una presidencia se da una “luna de miel”, en la que la aprobación es muy fuerte; luego una etapa que inicia a partir de un declive en la aprobación presidencial, para finalizar en la tercera etapa donde vuelve a aumentar la popularidad del presidente a partir del uso político del presupuesto nacional. En el caso de Bukele, hasta ahora, no opera esa lógica.

 

Hay una variedad de explicaciones en torno al hecho de la popularidad del presidente, entre otras que es producto de la inversión publicitaria-propagandística que nos habla de una realidad inexistente o es el resultado de las malas gestiones presidenciales en los últimos 30 años, así como de las medidas del gobierno en el marco de la pandemia y del impacto de la sonada “guerra contra las pandillas”.

 

En el presente artículo considero pertinente explorar este fenómeno de opinión desde la perspectiva de la polarización afectiva, que no es lo mismo que la polarización ideológica y que es explotada por los políticos en especial a través de las redes sociales donde las descargas emocionales sustituyen al pensamiento crítico, en general.

 

Al respecto, el intelectual Franco Delle Donne, especialista en comunicación política, señala: “Por un lado, tenemos la polarización ideológica: esa que se genera en torno al posicionamiento que los partidos políticos y la ciudadanía adoptan sobre los grandes temas de debate en la sociedad. Se trata de algo que, hasta un cierto punto, puede considerarse parte del debate democrático”.

 

“Sin embargo, existe otro tipo de polarización. Se le denomina polarización afectiva. Esta no se basa en posiciones políticas, sino en identidades. Se rige por la lógica de la pertenencia y la exaltación del conflicto”, agrega. Se trata “de una polarización basada en visiones maniqueas y simplistas de los adversarios políticos (nosotros frente a ellos), a quienes se presenta y se percibe como enemigos a eliminar y a los que se les niega la legitimidad de su propia existencia”.

 

Precisamente, desde sectores críticos a Bukele -además de calificarlo como antidemocrático y autoritario- le reclaman apertura a la discusión pública de los temas de interés público, transparencia y acceso a la información pública, categorías que –obviamente- no son su fortaleza, porque desde la polarización afectiva lo que menos interesa es mostrarse como concertador.

 

Según Delle Donne, en un ambiente tóxico “muchos políticos tienen la tentación de tomar decisiones simples y simbólicas para los que consideran suyos. Buscando también generar rechazo del contrario. La polarización afectiva alimenta las posiciones políticas extremas, y estas alimentan la polarización afectiva. No es sencillo detener esta peligrosa dinámica”.

 

En ese sentido, desde el poder saben a quién se dirigen, dando el efecto reproductor de los mensajes y eslóganes en los adeptos que, como señalan otros especialistas, con la presencia de las redes sociales han pasado de ser seguidores del político a hinchas o fanáticos como los que inundan los escenarios deportivos o las iglesias fundamentalistas.

 

Para ejemplificar están los datos de la encuesta del CEC de la UFG. Los investigadores Óscar Picardo, Isabel Quintanilla y Óscar Luna interpretan que “Empresarios, clase media acomodada y académicos que posiblemente conformen el 3% de la sociedad, y que se podrían catalogar como opositora, disidente o en desacuerdo con el gobierno del presidente Bukele están EQUIVOCADOS en su análisis”. (Las mayúsculas son de ellos).

 

En ese estudio, “la gente encuestada califica al presidente con 8.34 (es el séptimo ocho y fracción en las últimas ocho encuestas desde enero 2020); 71.2% cree que el país va por buen rumbo; 72.4% está satisfecho con el presidente; el candidato de 2024 debe ser Bukele; 72.23% aprueba su reelección; y 81.12% señalan que con el presidente Bukele estamos mejor; entre otros datos”.

 

Afirman que “La pirámide socioeconómica de El Salvador es la clave de todo… A ver si se entiende la alegoría: tenemos una amplia base de pobreza y desigualdad; digamos no menor al 50% y en aumento según el Banco Mundial; gente que no tiene mucho que perder, que vive en subempleo, que no entiende de Derecho Constitucional ni de macroeconomía y que históricamente ha estado abandonada”.

 

“Una clase media dividida que está en modo de supervivencia; se trata más o menos de un 30% de la población con más escolaridad, muchos de ellos trabajando en plazas gubernamentales, profesionales, empresarios medianos; y finalmente un 20% de la clase acomodada, conformada por dos segmentos: empresarios medianos, nuevos ricos, la nueva clase política y las élites económicas; la mayoría muy entretenidos haciendo dinero…”, añaden.

 

En ese marco, “El gobierno de Bukele y sus acciones están impactando en la base de la pirámide socio-económica (50% a 60% de la población): Los US$ 300 y las canastas alimentarias que se entregaron en pandemia; los US$ 30 de la Chivo Wallet; las entregas de laptop y tablets; Chivo Pets; al Estado de Excepción y sus capturas; la mejora en los servicios de salud, son acciones que valora la gente de más escasos recursos y no la clase media o la élite económica”.

 

Señalan, entre otras cosas, que “Se ha creado una atmósfera enrarecida, pautada por el miedo y por la nueva estética del presidente. Sus escenografías son impecables y cuenta con un equipo de producción al mejor estilo de Hollywood. Mientras las élites económicas del país se han alejado de la política y están ensimismadas haciendo dinero y con miedo de una auditoría del Ministerio de Hacienda”.

 

Y agregan: “Hay otro problema: demasiada gente en el país tiene ‘la cola pateada’ o ‘techo de vidrio’; los gobiernos de ARENA y del FMLN crearon una considerable cantidad de vasos comunicantes de favores y corrupción. Así que calladitos se ven más bonitos”.

 

“Por si fuera poco, la maquinaria mediática, sobre todo en redes sociales, está controlada por la narrativa gubernamental. Parte de la estrategia comunicacional de este gobierno ha sido atacar y destruir a los medios tradicionales y a la oposición, hasta llegar a un nivel de nula incidencia y de baja confianza. Esto también se ha medido, You Tube y Tik Tok son la clave, Twitter es un espejismo”, afirman.

 

Ante la presencia de la figura de Bukele, según los investigadores, “Ya no somos un país, más bien parecemos una secta que tiene un líder, al que se le cree y no se le cuestiona, es un asunto de fe. Él es el principio y fundamento de todo; es una especie de oráculo y posee diversos círculos de extrema lealtad. Él señala el camino, define el futuro, nadie más puede competir o disentir con sus ideas”.

 

Sin embargo, “no todo es color de rosa, no está claro si las capacidades e ideas del presidente en torno a la economía podrán resolver los problemas futuros de aislamiento, riesgos, endeudamiento y promesas por cumplir; el Bitcoin sigue siendo rechazado por la gente, -sólo 2 de cada 10 personas lo apoya (…) las remesas tienden a disminuir y la balanza comercial está desequilibrada”, advierten.

 

El especialista Franco Delle Donne señala que los sectores políticos moderados son los que deben apostarle a desterrar la polarización afectiva de la sociedad: “En principio, un incentivo es la propia protección de la democracia. Y en ese marco es necesario aprender a valorar el pluralismo. Que haya gente que piensa distinto no solo es algo bueno sino necesario”.

 

“En esa batalla sería necesario contar con el concurso de los medios de comunicación, que en muchas ocasiones favorecen la polarización porque se nutren de ella”, dice. Lastimosamente, existe el problema de que “Las redes sociales también contribuyen al crecimiento de la polarización afectiva, sobre todo porque permiten el anonimato y las posiciones más radicales, pero también viralizan Fake News y desinformación”. Y el presidente Nayib Bukele, pues, cosecha los frutos de la polarización afectiva.

sábado, abril 30, 2022

Libertad de prensa y manipulación emocional

 Por Guillermo Mejía

Los ataques y presiones a los periodistas opacan la celebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa, el 3 de mayo, conmemoración instaurada hace casi 30 años por la Asamblea General de las Naciones Unidas a iniciativa de los países que conforman la UNESCO. La situación, preocupante y lamentable, es global y El Salvador no es la excepción. 

En el caso salvadoreño, somos testigos de la cada vez mayor confrontación con periodistas por parte del presidente Nayib Bukele, miembros del gabinete de gobierno, así como posturas muy disparatadas que se destilan desde la presidencia y diputados oficialistas de la Asamblea Legislativa.

Sin embargo, hay que señalar que ninguna de estas acciones es fortuita, sino más bien puede englobarse en una bien pensada acción política que cae como “anillo al dedo” por las características de la sociedad contemporánea, tan proclive a lo emocional y enemiga del razonamiento. Recordemos aquello de que hay que darle cebo al pez.

El camino lo tienen asegurado con las redes sociales donde se da pauta al discurso oficial, con la consiguiente descarga irracional que ha llegado incluso a contaminar al sistema mediático tradicional, ya que éste palpa cada mensaje 24/7. A la vez, es preocupante de cara al ejercicio profesional, la proliferación del seudoperiodismo en la red. Y, por si fuera poco, desde el gobierno se utilizan los medios oficiales, radio, televisión y un periódico, como caja de resonancia.

Se agrega, como refuerzo, el decreto que sustenta el actual Estado de excepción, donde se advierte a los periodistas y población en general a no exponer ninguna marca o discurso de los integrantes de las bandas criminales dentro de lo que llaman “guerra contra las pandillas”. Es tan elástico que las interpretaciones al respecto están a la orden del día.

La sociedad emocional y mediática

Para sustentar el hecho de que vivimos en una sociedad emocional y mediática, el agrónomo y economista español Jorge Jordana nos ilustra: “A las generaciones anteriores a los ´millennials’, los que reteníamos datos en la memoria, nos satisfacía leer periódicos serios en lo que las verdades se razonaran y argumentaran adecuadamente. Evidentemente comprábamos más los que tenían una línea editorial más acorde con nuestros posicionamientos, pero ‘disfrutábamos’ con su lectura”.

“Aunque hoy sean digitales, nos siguen gustando este tipo de periódicos, pero las generaciones mayores estamos en trance de una paulatina desaparición. Los periódicos que mantienen el ‘formato’ antiguo están condenados a la desaparición: Todos los días van muriendo sus consumidores y no nace ninguno”, agrega Jordana en un reciente artículo en la web española Disidentia. “Por el contrario, las nuevas generaciones se abastecen de la levedad: frases hechas transportando verdades, semiverdades o falsedades, envueltas en brevedad, constancia repetitiva, movimiento, imágenes, colores y emociones; muchas emociones”, afirma.

Según el autor español, ahora y cada vez de forma más clara por la ausencia de datos en la memoria, la mayoría de las decisiones sociales se toman por razones emotivas o sentimentales. Por ejemplo, las causas que motivaron la elección del presidente Donald Trump en Estados Unidos, el incremento de los extremismos políticos, el florecimiento del nacionalismo, etcétera.

“Las sociedades están perdiendo la inteligencia y, con ella, la capacidad de comprender y exigir comportamientos y valores que refuercen el “capital social” y el espíritu crítico, único criterio que puede aproximar a la verdad”, advierte Jordana, “Cuando empiezan a estar influidas mayoritariamente por mensajes restringidos a 280 caracteres, los cimientos de la propia sociedad se tambalean. En eso estamos”.

En ese sentido, de acuerdo con el autor español, con la llegada de las redes sociales tal vez algunos pensaron que iba a ser un nuevo canal para transmitir verdades, pero las personas ya no “compran” los razonamientos o la información argumentada que hay que analizar y contrastar mediante nuestro espíritu crítico.

“Demasiado esfuerzo y, además, como ya no hay datos, no se puede contrastar: nos limitamos a aceptar y reenviar la mayor parte de lo que nos mandan ‘nuestros nodos’ informativos, seleccionados por nosotros mismos o por algún algoritmo tecnológico, que va reforzando nuestro vínculo emocional con ese nodo creativo. Esa es la información que nos gusta, la que más ‘clicks’ recibe el emisor, por lo que adquiere más publicidad y rendimiento económico”, añade.

Concluye Jordana: “El secreto de los nuevos medios de comunicación descansa en halagar las emociones de los individuos y, como la mentira permite más libertad creativa, es la que impera en la sociedad”.

Nayib Bukele, en El Salvador; Donald Trump, en Estados Unidos; Jair Bolsonaro, en Brasil; Manuel López Obrador, en México, entre otros, lo han tenido y lo tienen bien claro. Han conectado a través de lo emocional sacando lucro al desencanto ciudadano con los políticos, la imposición del populismo que agrada a las masas y la fabricación de la imagen del mesías salvador del pueblo.

La libertad de prensa es social

Pese a este sombrío panorama, que insisto no solamente es acá, sino alrededor del planeta, lo peor sería caer en la resignación frente al fenómeno expuesto y vale la pena recordar que nos asiste a los ciudadanos en general y periodistas en particular, demandar la libertad de prensa si asumimos que vivimos en una sociedad democrática, aunque defectuosa y hasta fallida, y que es necesario cambiar con el aporte de la función social de los periodistas.

Pero cuando nos referimos a la difícil situación de la libertad de prensa, en el marco del derecho a la información y del derecho de información, también hay que tomar en cuenta la forma precaria en que se desenvuelven los periodistas por intereses mercantilistas o ideológicos. Es sumamente importante para la sociedad que los periodistas no sean marionetas de intereses espurios de políticos o empresarios mediáticos que responden a componendas con sectores de poder.
 

Lamentablemente, en gran parte de los periodistas aún no se toma en serio la necesidad de que haya reflexión constante sobre esas condiciones precarias en que se trabaja en el sistema mediático nacional, peor cuando se estima que es urgente que los periodistas tengan una legislación que garantice la libertad de prensa a la luz de los derechos humanos.

Por eso es loable que, con anterioridad, la Mesa de Protección a Periodistas y Trabajadores de Medios Relacionados con la Información, donde está la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), propuso una ley a fin de proteger a los periodistas y comunicadores, aunque los anteriores diputados se hicieron lo desatendidos (incluidos los que ahora se dan golpes de pecho y dicen apoyar a los periodistas) y que en el actual período los del oficialismo la enviaron al archivo.

Hay que considerar que muchas naciones en el mundo cuentan con el estatuto de protección del periodista y vale recordar al diputado francés Emile Brachard que, en 1935, apoyó la sanción del estatuto para defender al periodista frente a las empresas periodistas, gobiernos de turno y sectores de poder que caen en la tentación de vulnerar los derechos de los periodistas.

“El periodista desempeña en la sociedad un papel principal, representa una parte de las fuerzas sociales que emanan de la opinión, influye en la política, en las ideas, en las costumbres, y sin embargo no tiene fuerza para defenderse a sí mismo”, advirtió en aquella oportunidad Brachard ante una situación que persiste en el caso salvadoreño.

Para una verdadera libertad de prensa, aunque moleste a las autoridades de turno, a los políticos en general y a muchos empresarios mediáticos, son necesarios: la apertura a la pluralidad para la construcción de una agenda que posibilite la participación de todos; la lucha por la integridad profesional de los periodistas; la creación de observatorios de medios; el compromiso de políticos y empresarios en no entorpecer el trabajo periodístico. Además, la promulgación del estatuto profesional del periodista y una legislación moderna sobre comunicación; el fomento de la auto-crítica de los medios y la crítica de la ciudadanía sobre dicha práctica; la construcción de ciudadanía como eje primordial de la práctica periodística; colocar a la ética como eje central del trabajo periodístico; y la lucha por la dignificación del periodista.

Y el hecho de que hay que tener bien claro que el problema de la libertad de prensa y la comunicación social en cualquier país, no solamente concierne a los medios de comunicación, editores, periodistas, académicos, etc., sino a toda la sociedad en un enfoque integral que parte del reconocimiento al ciudadano como titular del derecho a la comunicación y la información.