El espacio público está cargado de expresiones destructivas dentro de un ambiente de polarización política, que hace posible una cosecha de odio que florece en las diversas formas de información y comunicación por canales tradicionales, pero en especial a través de las redes sociales en la esfera digital.
Lo anterior se desprende de las valoraciones del escritor, académico y analista político mexicano Isidro H. Cisneros en su ensayo “Anatomía del discurso de odio: cuando el lenguaje construye al enemigo”, publicado recientemente en la revista digital Este País –Tendencias y Opiniones, editada en México.
“La polarización política contemporánea es uno de los fenómenos más preocupantes y visibles en el escenario global actual. No se trata simplemente de un desacuerdo entre visiones políticas, sino de una fragmentación profunda del tejido social, donde los adversarios se transforman en enemigos, la negociación se vuelve traición y el espacio público se llena de afectos extremos como el odio, el desprecio, el miedo y el resentimiento”, afirma el autor.
En ese sentido, las sociedades se dividen en bloques opuestos, ideológicamente irreconciliables, donde cada grupo está convencido de que el otro representa una amenaza para su existencia, de acuerdo con Cisneros. “La polarización se distingue porque crea identidades tribales: ‘nosotros, los buenos’ contra ‘ellos, los corruptos y traidores’”, precisa.
“La desigualdad social es también causa de polarización porque las brechas económicas y culturales intensifican el resentimiento. Además, la polarización se inserta en la actual crisis de representación política caracterizada por una desconfianza generalizada hacia partidos, medios de comunicación e instituciones”, agrega el especialista.
Así, la política se convierte en un campo de batalla simbólico entre “los de abajo” y “los de arriba”, entre “los muchos” y “los pocos”.
Según Cisneros, la polarización y el odio se siembran desde el poder como una estrategia para dividir al universo político entre amigos y enemigos, entre quienes monopolizan el poder y los que anhelan conquistarlo. Los discursos de odio y la estigmatización representan una construcción lingüística que ofrece identidad política a los seguidores del poder.
“De esa forma, el discurso político se convierte en una nueva religión en la que el pueblo se adora a sí mismo, mientras el líder guía, formaliza y manipula ese culto. El odio y el resentimiento político representan el cemento de esa relación y, al mismo tiempo, dan vida a la imagen de las personas y grupos a los que se desea marginar”, señala.
“El odio proyecta un deseo de hostilidad y desprecio que cuestiona la imagen para después cancelar la existencia material del sujeto. Es un sentimiento negativo de rencor que conduce a la demolición de la imagen social del adversario”, añade.
Señala que el trabajo del odio va desde el deseo de destrucción hasta la destrucción física concreta. Pretende desaparecer la existencia material y la imagen del sujeto, lo que, por usar una terminología antigua, sería su destrucción espiritual y la demolición de su imagen social.
“El odio es bidireccional: va del deseo a la acción, y viceversa. Se dirige a los otros, los distintos, los extraños, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación cultural, ideológica o política. En consecuencia, se produce una relación de desconfianza, miedo y rechazo contra los que no pertenecen al grupo”, afirma Cisneros.
Sin embargo, “no se odia a quien se considera inferior, porque, si estorba, se le margina. Se odia a quien es capaz de oponerse críticamente al orden establecido, y por ello el odio refleja más bien debilidad. El odio refuerza jerarquías y estigmas, manteniendo el status quo de quienes ya tienen privilegios. Consecuentemente, el trabajo del odio es producir división, deshumanizar y habilitar formas de violencia social y política”, advierte.
Con relación al odio y la libertad de expresión recuerda el especialista que quienes defienden ese derecho muestran su disposición de protegerla incluso cuando causa daño y ofende nuestros valores más profundos, mientras quienes defienden la regulación y reglamentación de la misma argumentan que el lenguaje de odio causa graves daños a individuos y grupos, atentando contra la dignidad como seres humanos y como ciudadanos.
“Además, las plataformas digitales pueden convertirse en vehículos para la difusión de discursos de odio mediante algoritmos generativos. Cuando la inteligencia artificial se alimenta de datos sesgados o polarizados, puede replicar y amplificar al infinito los estereotipos, prejuicios y discursos discriminatorios. Al automatizar la generación de contenido, la inteligencia artificial generativa puede producir discursos de odio incluso sin intervención humana directa”, apunta.
Empero, el ejercicio de la libertad implica deberes y responsabilidades, lo cual conlleva restricciones para proteger a las personas. Por ejemplo, en la legislación internacional sobre derechos humanos se prohíbe la apología al odio de cualquier tipo, o sea por razones políticas, sexo, género o religión, entre otras.
Señala Cisneros que “El discurso de odio no siempre es explícito y puede estar disfrazado de humor, ironía o doble sentido. La pregunta es: ¿cómo proteger a las personas vulnerables sin censurar el debate público legítimo? La respuesta está en las buenas prácticas de la transparencia, en la participación de comunidades lingüísticas locales y en la educación digital para que los usuarios entiendan los límites del discurso aceptable”.
En esa dirección, recuerda que en una sociedad democrática todos deberían sentirse seguros de que su estatus como miembros iguales está asegurado y que el discurso de odio corrompe el ambiente público de respeto, haciendo que algunas personas se sientan inseguras o rechazadas por la sociedad.
“No olvidemos que las palabras son portadoras de la historia del racismo, de la violencia y de la discriminación. El discurso de odio proyecta la crueldad de cierto lenguaje, y ante una persona que denuncia existen muchas otras que no pueden hacerlo. Son personas que permanecen invisibles y sometidas a violencia verbal de la cual son víctimas”, afirma el autor.
En el ensayo mencionado se establece que el discurso de odio es una estrategia de poder que divide, polariza y moviliza a unos grupos contra otros. Se refiere a las expresiones que intimidan, oprimen o incitan a la violencia contra personas o grupos con base en sexo, género, raza, religión, nacionalidad o cualquier característica grupal.
“No conoce fronteras de tiempo ni espacio. Desde el nazismo hasta el Ku Klux Klan, desde la guerra en Ucrania hasta el genocidio en Palestina, las expresiones de odio se utilizan para acosar, perseguir o justificar privaciones de los derechos humanos y, en el extremo, para racionalizar el asesinato”, dice Cisneros.
Al hacer recepción de infinidad de discursos a través de canales tradicionales o digitales, en especial las redes sociales, nos encontramos a cada instante con el odio engendrado que tiene productores organizados y que cuentan con financiamientos de todo tipo, así como sus reproductores por algún interés en particular, incluso como tontos útiles.
Sería valioso que a partir de la formación y
toma de consciencia se asuma el reto de no caer en la trampa del odio
engendrado en medio de la polarización política y que, por el contrario, se haga
recepción crítica de esos discursos de ocasión y se evite su reproducción en cualquier
canal de información o comunicación, en especial las redes sociales.