Sunday, December 04, 2022

Bukele, encuestas de opinión y atol con el dedo

 Por Guillermo Mejía

La suplantación de los fundamentos de la democracia por los resultados de las encuestas de opinión muestra un círculo vicioso que atrapa a la sociedad salvadoreña de mano de sus políticos, más allá de posturas ideológicas, a los que se suma una cobertura periodística acrítica y condicionada que les sirve de altavoz.

Las estrategias de marketing político afloran exitosas por parte de los expertos en la venta de ilusiones, tal cual régimen que impera, mientras la generalidad del sistema mediático nacional persiste, además de extender sus vías info-comunicacionales serviles, en la construcción de una agenda que excluye los temas que son de suma importancia para la sociedad.

Son artefactos que se han tecnificado a lo largo del siglo pasado y que se muestran mucho más sofisticados con la presencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la sociedad contemporánea. Lastimosamente, han usurpado el verdadero sentido que debe tener la democracia a través del debate de ideas y el ejercicio de la libertad.

De esa manera, se torna de sentido común, malicioso por supuesto, hacer creer a la colectividad que lo más importante son los niveles de aceptación/rechazo que revelan los resultados de sondeos y encuestas de opinión cuando en general son producto de estrategias de marketing político que implican manipulación deliberada por grupos de poder.

En ese sentido, nos ilustran los académicos argentinos Federico Rey Lennon y Alejandro Piscitelli Murphy sobre lo que llaman repercusiones sociopolíticas profundas de las encuestas de opinión, dada la tergiversación presente que impone la narrativa de equiparar los resultados de esos estudios con la participación democrática.

“Frecuentemente, los gobiernos justifican sus decisiones con el paraguas de los resultados de un sondeo. En lugar de hacerlo –conforme a la clásica concepción de la responsabilidad delegada al representante-, con base en una argumentación racional, un debate plural y unos dictámenes de especialistas que legitimarían provisionalmente una actuación más adelante ratificada o no en las urnas”, advierten.

Que más ejemplo de eso que la forma instituida en El Salvador, donde el presidente Nayib Bukele toma como base de sus actuaciones el hecho de sacar resultados positivos en cuanto a su imagen frente a sectores de oposición, además de lucir como éxito de su gestión la implementación del régimen de excepción y saborear su reelección.

En la actual coyuntura nacional, los resultados de las encuestas indican una imagen favorable del presidente Nayib Bukele -sostenida en el tiempo- con un promedio de no menos de 8.0 puntos, según las evaluaciones de la Universidad Francisco Gavidia. Y en las de la Universidad Centroamericana (UCA) más o menos ha ido igual.

Bukele se da el lujo de publicitar en las redes sociales que incluso en las encuestas “de la oposición”, según sus palabras, ha ganado el mandado. Hay otros temas, como la implementación fallida de la criptomoneda ante los cuales no da su brazo a torcer, incluso responde con decisiones a vista de muchos hasta temerarias.

A la vez, el presidente y su gobierno se caracterizan por ser de lo más cerrados en las últimas décadas con déficits manifiestos en niveles de transparencia y acceso a la información pública, que se suman a una relación amigo/enemigo con otros sectores, en especial de la oposición o de instancias de la sociedad civil ante quienes no hay posibilidades de encuentro.

Como nos dicen Rey Lennon y Piscitelli Murphy, con una apertura “ganarían la racionalidad y la transparencia sin que se resintiera la legitimación popular, con la ventaja añadida de que dicha ratificación popular se produciría tras la nada desdeñable ventaja de conocer los resultados de la decisión y poder identificar sin género de dudas a los auténticos responsables de la misma, castigándolos o premiándolos con el voto, en consecuencia”.

“En lugar de tan idílico proceso es corriente que los gobiernos establezcan en pequeños cenáculos o think tanks la decisión privada de hacer algo, congelando la publicidad de sus intenciones hasta poder contar con los resultados de una encuesta que sirvan para traspasar a un pueblo desinformado la responsabilidad de la medida”, agregan.

Obviamente, ese tipo de actitudes desde el poder es parte del diseño del marketing político, implementado por esos expertos de la oscuridad que incluso se llenan los bolsillos con fondos públicos, sin que den cuenta de ello, y que en la política contemporánea han optado por la vía del populismo como forma de gestión gubernamental, más allá del pensamiento ideológico.

Pero el cuadro quedaría incompleto sin que hagamos referencia a la forma en que son tratados estos temas a través de la generalidad del sistema mediático nacional, a la vez condimentado por las explosiones emocionales en las redes sociales, factor insoslayable en la sociedad contemporánea y que también se incluye en las estrategias del marketing político.

“Los medios de difusión suelen servir, tal vez de manera inconsciente, de acrítico altavoz de esas maquinaciones de laboratorio. Muchas veces los medios de difusión se contentan con la escueta noticia de los datos de una encuesta, induciendo a pensar que dicho dato es mucho más significativo que las argumentaciones no difundidas de las partes en conflicto”, señalan los catedráticos argentinos.

Y agregan: “Los periodistas no suelen corroborar la metodología aplicada en una encuesta, la más de las veces porque desconocen las reglas básicas del método científico”. A la cola hay otras condicionantes que se dan en las coberturas de los resultados de estudios demoscópicos que han suplantado el ejercicio de la democracia.

Nos recuerdan Rey Lennon y Piscitelli Murphy algunas de las mencionadas repercusiones sociopolíticas profundas de las encuestas de opinión pública:

v  Estímulo del pesimismo democrático. La política democrática se basa en la creencia de que las preferencias del público no están prefijadas de antemano: el pueblo es capaz y libre de cambiar sus opiniones, puede ser persuadido y también está abierto a la educación política. Por eso, uno de los peores enemigos de estas creencias básicas es el determinismo, el pensar que no vale la pena discutir nada, ya que la gente, reacia a cambiar o ir en contra de sus intereses, votará siempre en función de ellos y no variará su postura. Efectivamente, ese determinismo que lleva implícito un pesimismo o escepticismo acerca del diálogo público y la conveniencia de la discusión racional de distintas posturas es consustancialmente contrario a la vida democrática.

v  Fomento del populismo y del “cortoplacismo”. El incremento de las políticas populistas en los países democráticos guarda estrecha relación con la obsesión por las encuestas. Subir o bajas cinco puntos en el “barómetro de popularidad” es considerado como un auténtico éxito o desgracia política. Los medios de difusión se extienden en el comentario de estas cifras y los políticos parecen modificar declaraciones y actuaciones en función de cómo les vaya en esos “barómetros”. En tales circunstancias la política populista es la tentación más cercana. No perder puntos de “imagen” a corto plazo se convierte en una cuestión más importante que cumplir un programa de gobierno legitimado en las urnas, ya que los logros de esto sólo se verían a largo plazo. Por lo mismo, cualquier posibilidad de medidas racionales para resolver con profundidad problemas públicos está descartada si desde el primer momento no resulta popular.

v  El diálogo sustituido por el control de los sondeos. Dadas las similitudes formales con el ejercicio del voto, la encuesta puede convertirse en un medio de asociar los ciudadanos a las decisiones colectivas. Tal situación, según los defensores de las encuestas, puede instaurar un diálogo colectivo enteramente nuevo. Otros, en cambio, ven en ello un peligroso modo de pseudoparticipación, supresor a la larga de los mecanismos elementales del sistema democrático.

Romper ese círculo vicioso es un desafío y conlleva la toma de consciencia y participación de todos los sectores de la sociedad salvadoreña, inmersa –como tantas- en lo que llaman algunos “degeneración populista” y manoseada por los titiriteros del marketing político.

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