Thursday, February 25, 2021

Elecciones y la injusta condición de "no ciudadanía"

 Por Guillermo Mejía

Resulta frustrante ver que van y vienen elecciones, y la presencia real de la ciudadanía como gestora de su soberanía queda relegada al remedo de consulta, como sucedió otra vez en los últimos comicios de alcaldes y diputados. Al final, los votantes se conformaron con “elegir” a los representantes de las figuras bendecidas por las cúpulas partidarias.

 

Esa precisamente es la condición de “no-ciudadanía”, como nos ilustra la periodista y catedrática argentina María Cristina Mata, es decir, “el emblema de quien prácticamente ha perdido el derecho a tener derechos” y que, desde lo comunicativo, aparece en los espacios mediáticos como sujeto de necesidad con sus quejas y llanto.

  

En esa condición, los ciudadanos (no-ciudadanos) solamente sirven de pretexto más que de sujetos activos de un proceso que les corresponde por derecho en cuanto supuestamente viven en una sociedad que se perfila como democrática y en constante cambio, así de la guerra a la paz y luego a la crisis del sistema de partidos con la decadencia de las principales fuerzas políticas.

  

La opción sería que la población ciudadanizara los procesos electorales, tal como se estima en las democracias modernas a fin de hacer partícipe de dichos procesos a las bases militantes y ciudadanía en general. Se correspondería con aquello de que el soberano es el pueblo y el que elige, pide cuentas y reconoce al que le sirve desde el poder.

  

En ese sentido, ciudadanizar las elecciones no significa que vengan partidos políticos cascarones –como vimos en esta ocasión- a enlistar a personas que por intereses particulares se inscribieron en las filas partidarias y que después fueran bendecidas por las cúpulas o dueños de esos partidos. En otras palabras, es un proceso que debe comenzar en las bases y con la ciudadanía.

  

Tampoco se trata de la vergonzante manipulación de los recursos del Estado, para una campaña propagandística en particular, tal como vimos en el caso del gobierno del presidente Nayib Bukele con su partido Nuevas Ideas. Mucho menos invertir fondos públicos en medios estatales para burdamente hacer campaña electoral como ocurrió con Canal 10 y Diario El Salvador.  

  

Para ciudadanizar los procesos electorales también es necesario ciudadanizar la comunicación. Es decir, empoderar al ciudadano para que participe activamente en los procesos comunicativos a fin de que sea interpelado y de esa forma recupere el control de la agenda temática superando la idea tradicional de que lo público es sinónimo del Estado como si no fuese la persona el eje de la acción política.

  

Entonces, una perspectiva ciudadana de la política y la comunicación implicaría que los partidos políticos ya no impongan candidaturas, sino esas candidaturas se construyan desde la ciudadanía con las personas idóneas y también se elaboren programas de gobierno que reflejen los intereses de la colectividad.

  

Los periodistas deben involucrar al ciudadano en los procesos electorales completos, no solamente encantarlo para que emita el voto. Es necesario que el ciudadano se encuentre con los candidatos para que discutan sobre temas de gobierno más allá de los temas de campaña; es decir, trascender de las arengas o las camisetas al debate ciudadano.

  

La periodista colombiana Ana María Miralles, experta en comunicación y ciudadanía, afirma que en la actualidad “la máxima aspiración que tiene la población es que los candidatos no sean ladrones, sin darnos la oportunidad de analizar a fondo cada una de sus intenciones o propuestas; es decir, partir del candidato y averiguar quiénes son sus aliados”.

  

En ese sentido, Miralles insiste en que “se necesita ciudadanizar la política y politizar la ciudadanía”… en otras palabras “somos los ciudadanos los que debemos rescatar la palabra política”.

  

Vale la pena traer a colación, las reflexiones del comunicador y catedrático boliviano Carlos A. Camacho Azurduy sobre la necesaria participación ciudadana en y desde los medios de comunicación social a través del establecimiento de grandes foros democráticos. Por un lado, que ofrezcan información noticiosa de calidad y promuevan en los ciudadanos la educación para la recepción.

  

De esa forma, para el autor gestar ciudadanía es “asumir un compromiso social y político por la transformación gradual” de la forma en que se vive en la sociedad, bajo la ausencia de participación y pobreza generalizada, a la vez ejercer, mantener y estimular la conciencia cívica de que todos somos libres e iguales ante la ley.

  

“Además, construir ciudadanía es favorecer la participación activa de la gente en la edificación y transformación de la sociedad en la que viven conforme a sus necesidades e intereses. Lo anterior implica la conducción a un entorno democrático favorable en el cual las personas, tanto individual como colectivamente, puedan ampliar y desarrollar sus capacidades”, señala Camacho Azurduy.

 

Dado el abandono de las entidades estatales y los partidos políticos de la formación de una cultura política ciudadana, es necesario asumir el reto desde los medios masivos –independientemente de su naturaleza- en línea de fomentar y viabilizar los procesos de democratización de la comunicación y, por ende, de la sociedad.

  

Tomando en cuenta la propuesta de la UNESCO, Camacho Azurduy nos recuerda que la democratización de la comunicación comprende una serie de estrategias encaminadas a que el individuo pase a ser un elemento activo (interlocutor) y no un simple objeto de la comunicación aumentando su participación, lo que conducirá al incremento de la variedad de mensajes intercambiados y de representación social en los mismos.

  

“Al tener voz y representatividad públicas en los medios, las personas adquieren poder (empoderamiento), protagonismo y legitimidad social que facilitan la incorporación de sus temáticas-problemáticas en la agenda pública (lo que es común a todos en la construcción y transformación social), facilitando la toma de decisiones y acciones colectivas sobre las mismas”, afirma el autor boliviano.

  

Hay que salir del canto de sirenas de “tu arma es el voto”, sin que exista verdadera participación ciudadana en la gestación y conducción de los procesos electorales, basta observar el papel precario del Tribunal Supremo Electoral integrado por los mismos representantes de los políticos en contienda cuando ahí lo que se necesita son representantes de los ciudadanos.

  

Difícilmente, los intereses creados de los mismos partidos políticos permitan un mejor desempeño de ese tribunal, por cuanto sus representantes andan en busca de sacar ventaja en nombre de sus patrocinadores, como ocurre también con los otros representantes que están integrados en partidos o son parte de grupos de intereses particulares.

  

Hemos observado un proceso electoral en la condición de no-ciudadanía, relegados a la simple emisión del voto, carentes de información de calidad y, en esta ocasión, atrapados en el pleito (bajero, por cierto) entre “bukelianos versus anti-bukelianos” sin comprender el fenómeno político, menos conocer “la mano que mece la cuna”.

  

A las triquiñuelas políticas se sumó la forma tradicional de abordar el proceso electoral que resultó poco interesante para los ciudadanos (no-ciudadanos, en este caso), porque mucha de la cobertura y la agenda estuvo marcada por la dicotomía Bukele-antiBukele, lo que permitió incluso casos de mala praxis periodística por desinformación o sesgo informativo.  

  

En serio, es tiempo de ciudadanizar la política y la comunicación.

Thursday, January 28, 2021

Nayib Bukele y el encantamiento autoritario

Por Guillermo Mejía

El autoritarismo ha ido cobrando fuerza en el espíritu de los salvadoreños bajo la administración del presidente Nayib Bukele, que ha dado muestras de su apuesta por esa forma de ejercer el poder, a lo que se suma la vuelta a la intimidad del conglomerado ante el azote de la pandemia por el coronavirus.

El arranque de esa impronta hay que registrarla en el desfile militar del 15 de septiembre de 2019, que relegó a los estudiantes a un segundo plano, y que se manifestó con fuerza el 9 de febrero del año pasado cuando el mandatario irrumpió en la Asamblea Legislativa con su séquito de militares y policías.

No está de más traer a colación, la forma en que militares y policías hicieron cumplir órdenes del Ejecutivo durante la cuarentena de hace casi un año que mostró la cara represiva del gobierno de Bukele, con detenciones arbitrarias y cercos que de sanitarios no tuvieron mayor cosa. La imposibilidad de volver a casa de miles de compatriotas también lesionó a las familias.

El último episodio fue la fotografía de soldados armados que tuiteó Bukele como respuesta a la negativa de la Sala de lo Constitucional a la candidatura del controversial político de derecha Walter Araujo por el partido Nuevas Ideas, favorito de las elecciones de alcaldes y diputados del próximo 28 de febrero.

La ofensiva del presidente y sus allegados contra “los mismos de siempre” -con referencia a los partidos Arena y FMLN, principalmente- ha logrado calar en los salvadoreños con mucha fuerza, pero resulta extraño que no incomoda saber que Bukele proviene del partido de izquierda y fue electo dos veces alcalde bajo esa bandera roja.

Aunque la apuesta de los salvadoreños por el autoritarismo realmente no es nueva, vale la pena observar algunos de los últimos resultados de las dos encuestas de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) sobre la evaluación de la situación del país a finales de 2020 y la elección de la alcaldía de San Salvador.

En el primer estudio, donde fue consultada la población del país, un 48.9 por ciento dice que en algunas circunstancias está de acuerdo o muy de acuerdo con la presencia de un gobierno autoritario que con un gobierno democrático frente a un 43.9 por ciento que dice estar en desacuerdo o muy en desacuerdo. El resto se muestra indeciso.

En cuanto a que los grupos y las personas que representan serias amenazas para la sociedad debería ser eliminados, la población se decantó en un 67.8 por ciento por estar de acuerdo o muy de acuerdo, mientras casi el 30 por ciento mostró estar en desacuerdo o muy en desacuerdo con esa postura. El resto se muestra indeciso.

Sobre la necesidad de que las autoridades gobiernen con mano dura, la población se decantó en un 73.2 por ciento por estar de acuerdo o muy de acuerdo, mientras casi un 24.7 por ciento mostró estar en desacuerdo o muy en desacuerdo con esa postura. El resto se muestra indeciso.

En cuanto a que en situaciones de emergencia es aceptable que las autoridades hagan uso severo de la fuerza contra cualquier persona que no acate las medidas ordenadas por el Gobierno, la población se decantó en un 73.8 por ciento por estar de acuerdo o muy de acuerdo, mientras casi el 25.4 por ciento mostró estar en desacuerdo o muy en desacuerdo con esa postura. El resto se muestra indeciso.

En el segundo estudio, donde fue consultada la población de la capital, un 30.6 por ciento dice que en algunas circunstancias está de acuerdo o muy de acuerdo con la presencia de un gobierno autoritario que con un gobierno democrático frente a un 65.9 por ciento que dice estar en desacuerdo o muy en desacuerdo. El resto se muestra indeciso.

En cuanto a que los grupos y las personas que representan serias amenazas para la sociedad debería ser eliminados, la población se decantó en un 61.3 por ciento por estar de acuerdo o muy de acuerdo, mientras 36.7 por ciento mostró estar en desacuerdo o muy en desacuerdo con esa postura. El resto se muestra indeciso.

Sobre la necesidad de que las autoridades gobiernen con mano dura, la población se decantó en un 61.5 por ciento por estar de acuerdo o muy de acuerdo, mientras un 35.6 por ciento mostró estar en desacuerdo o muy en desacuerdo con esa postura. El resto se muestra indeciso.

En cuanto a que en situaciones de emergencia es aceptable que las autoridades hagan uso severo de la fuerza contra cualquier persona que no acate las medidas ordenadas por el Gobierno, la población se decantó en un 63.9 por ciento por estar de acuerdo o muy de acuerdo, mientras casi el 34.7 por ciento mostró estar en desacuerdo o muy en desacuerdo con esa postura. El resto se muestra indeciso.

Hay que aclarar que para este artículo solamente se han tomado cuatro preguntas del conjunto de interrogantes acerca de democracia y autoritarismo en cada encuesta de la UCA, pero que los resultados arrojados ilustran la presencia de esa mentalidad que han sabido aprovechar las autoridades de turno o que se vienen esforzando por cimentar.

Para contextualizar el fenómeno creo necesario poner en situación las posturas de tres intelectuales salvadoreños que han escrito en los últimos días sobre política, elecciones, ejercicio del poder, autoritarismo, Acuerdos de Paz, entre otros temas importantes: El padre José María Tojeira, el analista Marco Pérez Navarrete y el historiador Roberto Turcios.

El jesuita José María Tojeira, director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA), se preguntó recientemente ¿vamos en una dirección abiertamente autoritaria? Y luego respondió: “El Gobierno de Bukele tiene claros rasgos autoritarios así como una cierta dependencia del ejército. Pero los gobiernos anteriores, más Arena que el FMLN, no fueron muy diferentes en este aspecto”.

Y agregó: “En estos casi 30 años desde los Acuerdos de Paz, nadie se ha atrevido a nombrar a un civil como ministro de Defensa, como se sugería tímidamente en dichos acuerdos. Pero más allá de la permanencia, con mayor o menor énfasis, de la tendencia autoritaria en el Gobierno actual, lo cierto es que las propuestas irresponsables de reforma constitucional, el apoyo creciente a la Fuerza Armada, la juventud e inexperiencia de muchos de los candidatos a diputados, y el retraso –con trampas incluidas- del cumplimiento de la sentencia de inconstitucionalidad de la infame ley de amnistía están poniendo las condiciones objetivas para un avance muy peligroso de la cultura autoritaria y el deterioro de la democracia”.

Y viene su segunda pregunta ¿llegaremos a una dictadura? Que luego respondió: “Es muy pronto para decirlo, pero estamos dando los pasos para avanzar hacia un tipo de gobierno cada vez más autoritario. Y eso es peligroso para todos”.

Por su parte, el analista Marco Pérez Navarrete escribió recientemente que “Este nuevo grupo político, regurgitado, de las entrañas del sistema político partidario del país, es la expresión máxima de los pecados capitales de los partidos políticos. La real desconexión de los partidos tradicionales con la población en los últimos 30 años es factor fundamental para comprender su desgaste histórico, haciendo que la representatividad democrática fuese el último ciclo de la democracia, cortándole toda posibilidad de convertirla en un instrumento participativo de la ciudadanía”.

“La manipulación mediática contemporánea suple esa conexión entre gobierno y población, una conexión que termina siendo falsa, es decir, falsamente esperanzadora. Como corolario, las verdades a medias que también son mentiras a medias, se sobreponen a la información desde los ministerios del gobierno ejecutivo”, señaló.

Y advirtió: “La capitalización de la manipulación política tampoco es nueva, siempre ha sido un ejercicio magalómano desde las cúpulas partidarias en especial durante periodos electorales, donde se ponen en compra venta las acciones generadas en el poder formal e incluso con alianza de poderes ilegales”.

Al final, “las contradicciones subyacentes a este ‘modelo de comunicación’ terminan por fortalecer la ignorancia en la población, que queda esperando únicamente que la información tendenciosa se convierta finalmente en una acción objetiva hacia la satisfacción de necesidades básicas de vida, por mínima que esta acción sea: una calle nueva, una bolsa de víveres, una vacuna”, sentenció Pérez Navarrete.

Sin duda, el autoritarismo camina a sus anchas, pero sería injusto solo echarle la culpa a la falta de educación política de la gente o los malos procedimientos de las autoridades de turno, sin tomar en cuenta la responsabilidad histórica de los grupos de poder dominantes y el fracaso de los sucesivos gobiernos que han relegado los intereses de las amplias mayorías.

Para el historiador Roberto Turcios hay algo que debemos tomar en cuenta: “Todo comenzó a cambiar con el último gobierno, durante la gestión de la pandemia. El presidente asumió facultades de interpretación constitucional, llegó hasta el desacato y dispuso que sus funcionarios no respetaran las órdenes legislativas”.

“Para completar ese cuadro inédito”, escribió Turcios, “impulsó un proceso de reformas constitucionales. Desde el poder, el nuevo grupo plantea el propósito de la fundación de algo así como otro régimen y, de acuerdo con sus declaraciones, tendría más rasgos del autoritarismo que de la democracia”.

De hecho, según el historiador salvadoreño, como tiende a ocurrir con todo grupo de poder, el de Bukele da muestras de imponer su interpretación de la historia más reciente, así ha negado los Acuerdos de Paz, firmados en 1992, calificándolos de farsa, quizás porque no caben en su narrativa de ser el gobierno “más grande en la historia”.

“La pregunta del día es ¿por qué este grupo de poder necesita presentar su explicación a un acontecimiento histórico? Tal vez sea producto de urgencias electorales, pues al presidente y su grupo de poder les interesa convertir al FMLN y a Arena en referencias de corrupción”, señaló Turcios.

“¿Eso será todo? Quién sabe; los grupos dominantes siempre han tendido a encontrar motivos para presentarse como los titulares legítimos que están encima del bien y el mal. El grupo actual adopta la misma postura, pero con una estrategia de comunicación novedosa. Tenemos, entonces, un viejo estilo de poder con una nueva estrategia de comunicación. Y la última ha sido muy exitosa; ha operado como el dicho florido del hecho autoritario”, agregó.

De los resultados electorales de febrero próximo depende, en buena medida, que el gobierno de Nayib Bukele cuente con menos piedras en el camino, en su afán de consolidar su proyecto autoritario que comenzó a sacar el colmillo con el empoderamiento de militares y policías, situación bien aprovechada en el marco de la pandemia por el coronavirus.

Tuesday, December 29, 2020

El show político-electoral debe continuar

Por Guillermo Mejía

Camino a las elecciones de alcaldes y diputados de finales de febrero próximo en El Salvador, las agrupaciones políticas contendientes le apuestan sobre todo a la conquista de los ciudadanos mediante sus estrategias que apelan al sentimentalismo más que a la discusión pública de los problemas nacionales.

En el partido oficial Nuevas Ideas, y por supuesto Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) que arropa al presidente Nayib Bukele, se saborean con los resultados de al menos tres encuestas que les otorgan el favor de los votantes ante los que hasta no hace mucho fueron fuerzas políticas de peso, el Frente y Arena, ahora decrépitos.

Para enriquecer el entramado en que se da este proceso, al igual que ocurre en cantidad de países alrededor del mundo, vale la pena traer a cuenta las reflexiones del escritor y militar español Pedro Baños en su libro El dominio mental: La geopolítica de la mente (Editorial Ariel, 2020) que nos recuerda el papel que juegan los políticos en busca del poder.

“La política debería generar ilusión en los ciudadanos, quienes ponen su vida y hacienda en manos de unas personas de teórica confianza –dice Baños-, pero se ha transformado cada vez más en un ejercicio practicado por ilusionistas, por magos creadores de falsas realidades y quiméricas esperanzas”.

El discurso oficial es prueba fehaciente de esa realidad montada en la fantasía, que se pretende vender como comida chatarra y que causa incertidumbre, pues viven en una atmósfera triunfalista en un país golpeado por la crisis. Y, en el lado contrario, al reflexionar sobre la situación nacional resulta trago amargo el discurso revestido de mucha demagogia de quienes han gobernado y han desplumado al Estado con sus actos de corrupción, que tampoco deben borrarse de la memoria histórica.

El problema es que esa forma de hacer política “es una forma blanda de ejercer el poder” y esto hace que “sea aceptada no solo con pasividad, sino con agrado por los así sometidos. Y si a algún elemento díscolo le da por pensar y cuestionarse la bondad del sistema, simplemente se ejercer sobre él una mayor dosis de narcotización”, advierte el autor español.

Pero eso no significa que no haya personas que lleguen a la política por verdadera vocación, según Baños, aunque lamentablemente “su buena labor queda eclipsada por las malas artes de sus colegas, los magos de la política, que tanto daño hacen (…) y que parecen imposibles de extirpar incluso de los sistemas democráticos más perfectos”.

La política se ha convertido en un teatro gigante, en un show permanente, señala Baños: “Una representación que solo persigue convencer al ciudadano para que dé su apoyo a un grupo político o una persona en concreto. En este escenario se representa una tragicomedia que pretende mover los resortes emocionales de los espectadores, hacerles creer que la actuación está orientada a su beneficio”.

Y agrega: “De modo que, al acabar, el espectador quede convencido del mensaje que se le ha lanzado, lo asuma como propio y se ponga a implementarlo con toda su energía. A ello colabora el contexto de sugestión colectiva, la atmósfera psicológica, que se crea durante la obra. En el show político se emplean actores que desempeñan un papel dirigido, como títeres, aunque no se den cuenta de ello, que entretienen al público con banalidades. El fondo de las cuestiones importantes se olvida, o al menos se posterga”.

Al referirse a los regímenes del show, el autor nos dice que basta con ver los discursos de los políticos, tan llenos de demagogia como vacíos de contenido, “y en especial las mutuas acusaciones de mentir que se lanzan sistemáticamente los de distinta ideología, para darnos cuenta de que la democracia se ha pervertido. Da la impresión de que tan solo triunfa en ella quien sabe mentir de forma más disimulada, de manera artera”.

Así, “El que engaña mejor a la mayor cantidad posible de personas, tanto a las que le votaron como a las que le siguen siendo fieles. Incluso cuando algunas de ellas son conscientes de que los ‘suyos’ las están engañando, optan no darse por enteradas como consecuencia de la inflexibilidad del posicionamiento ideológico en el que se han enroscado”.

El autor también se refiere a la magia electoral. “Nos crean la ilusión de que los ciudadanos somos quienes decidimos el rumbo de la política al introducir en la urna el voto que creemos haber elegido de forma voluntaria y consciente. Pero lo cierto es que, con anterioridad, hemos sufrido un proceso de inculcación de ideas para condicionar el sentido de ese voto”.

Según Baños, “Los políticos contratan a empresas para que vigilen nuestro mundo digital, conociendo así todo de nosotros. Compran trolls –personas anónimas que publican online, en muchas ocasiones con afán provocador- y bots para lanzar mensajes que nos confundan. Provocan controversias artificiales que generan confrontación. Nos envían propaganda electoral por todos los medios posibles. En definitiva, hacen lo posible, apoyándose en la tecnología, para que votemos en el sentido que más les interese”.

En cuanto a la separación entre promesas electorales y realidad, Baños nos recuerda el afán de los políticos en prometer a sabiendas que no cumplirán: “Los políticos aprovechan así para mentir con descaro, pues, una vez en el poder, nadie les pide cuentas por incumplir sus promesas electorales. Los partidos de la oposición podrían reclamárselo, pero no lo hacen porque están en el mismo juego; saben que, en fechas posteriores y con poco de suerte, les sucederá a ellos”.

“A su vez, el pueblo está tan ocupado con sus quehaceres diarios, tan distraído con los entretenimientos que se les proporcionan, que ni siquiera se plantea el mínimo atisbo de protesta verdaderamente enérgica contra los desmanes de aquellos a lo que ha votado”, agrega el autor español.

Y los ciudadanos deben recordar, según Baños, que en el juego político “hasta los insultos, las descalificaciones, las amenazas o los infundios que se lanzan entre el Gobierno y la oposición están perfectamente planeados, diseñados y ejecutados. Hasta los que nos puedan parecer más extremos, como alertar de un intento de golpe de Estado o de manipular las instituciones básicas estatales (Justicia, fuerzas policiales o servicios de inteligencia)”.

“El propósito es que sean fáciles de entender por cualquier persona, y que causen un gran impacto emocional entre la audiencia, sea por recordarle episodios tristes de la historia pasada o que estén frescos en el imaginario popular. O cuando remueven sus instintos primarios, como ocurre cuando se ve directamente afectada la seguridad de su entorno inmediato”, añade.

Para ponerle la tapa al pomo, Baños advierte sobre la fatal resignación de los ciudadanos: “Un pueblo se resigna a su destino cuando cree que está indefenso ante el poder, que no existe una salida. A veces lo hace por miedo, por el temor que le infunden las autoridades mediante sus fuerzas policiales o servicios de inteligencia. Los dirigentes emplean la resignación con astucia para someter a los pueblos y evitar las discrepancias, las desobediencias”.

“Esta situación queda reflejada en una frase que cada vez se oye más: ‘Es lo que hay’. Como si fuera imposible mejorar la situación, como si ya nos diéramos por vencidos, cayendo en una derrota preventiva, inermes ante los abusos flagrantes”, señala el autor, “Se convence a las poblaciones de que ya están en democracia, por imperfecta que sea y de que cualquier otro camino sería aún más perjudicial para ellas”.

Entre las reflexiones finales, Baños afirma que “Hemos quedado en manos de mediocres que se imponen por el miedo, respaldados por los que de verdad manejan los hilos desde las sombras. Nadie puede opinar en contra de ‘su libertad’, que han considerado un coto exclusivo. Si alguien, suicida él, osa hacerlo, enseguida lanzan sus huestes adoctrinadas y subvencionadas, irreflexivas pero satisfechas con su suerte de mantenidas, ignorantes de la manipulación que sufren. Con ellas, destrozan socialmente al ingenuo que ha creído que de verdad vivía en un sistema democrático y que, por tanto, podían ejercer su libertad de expresión sin miedo a ser despellejado en la plaza pública tan solo por querer alzar una voz que no coincidía con la oficial”.

“Son tiempos peligrosos para pensar. Si entre la maraña de entretenimiento que nos atrapa alguien puede reflexionar todavía por sí mismo, enseguida se dará cuenta de que se ha convertido en una práctica de riesgo. Se expone directamente al ‘ataque directo’, de una u otra forma, a su persona. Ya no queda más que bajar la cabeza para evitar que, al levantarla, nos la corten”, agrega.

Y concluye: “Nunca debemos olvidar que la verdadera libertad consiste en no aceptar imposiciones ni proselitismo de ningún tipo” y “Que cada uno en verdad hagamos o dejemos de hacer lo que, tras una profunda introspección personal, consideremos que es lo que realmente deseamos, lo que corresponde a nuestra inclinaciones y preferencias”.

“Habremos alcanzado la verdadera libertad cuando nos respetemos, nos respeten y respetemos a los demás por nuestro propio convencimiento. Sin falsos paternalismos que solo camuflan formas espurias de poder absoluto. Cuando podamos pensar por nosotros mismos y expresar nuestros pensamientos sin temor a consecuencia alguna. ¿A qué esperamos para liberarnos de las cadenas del dominio político mental?”.

Como dicen, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.