miércoles, abril 29, 2026

Reformular la opinión pública en un ecosistema mediático dinámico

Por Guillermo Mejía

Hasta hace poco los medios de comunicación centralizaron la conversación pública en la sociedad, es decir fueron vehículos idóneos para la generación de lo que llamamos opinión pública, sin embargo, perdieron ese monopolio con la llegada de las redes sociales que han ampliado el espacio y las opciones para producir este fenómeno sociopolítico y cultural.

 

Las implicaciones para la sociedad son enormes y como lo señala el comunicólogo argentino Carlos Scolari, de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, si con los medios tradicionales la información “primero se filtraba, después se publicaba”, con la llegada del nuevo siglo esa lógica se invirtió “primero se publica, después se filtra”. La crisis es evidente.

 

Por eso se ha dado, en algunas plataformas como YouTube, canales que son censurados o suspendidos temporalmente a raíz de opiniones e informaciones que ya han sido divulgadas, incluso se ha visto a alguno que lo han cortado de las transmisiones “en vivo”.

 

Para Scolari, en declaraciones al diario argentino La Nación, con el aparecimiento de los nuevos recursos como blogs y contenidos generados por los usuarios, hace dos décadas, se produjeron las primeras grietas en el casco de la vieja profesión periodística, al grado que algunos entusiastas llegaron a sostener que “todos somos periodistas”.

 

“¿Subir a las redes la foto de un perrito abandonado te convierte en periodista? Pensar que todos pueden ser periodistas fue un exabrupto, pero lo cierto es que la profesión periodística comenzó a perder centralidad. Hasta ese momento los medios controlaban lo que se decía y cuándo se decía”, dijo.

 

Desde esa óptica, el tiempo ha confirmado ese desplazamiento. Tanto la inversión publicitaria como las horas de uso y consumo tienden a privilegiar a las plataformas. Pero que un old media haya sido desplazado de su lugar de privilegio no implica que desaparezca. Hoy el ecosistema mediático es mucho más rico, variado y caótico que hace cuatro décadas. “Prefiero eso y no un ecosistema pobre, con un puñado de diarios, radios y canales de televisión que controlaban la información”, afirmó.

 

No hay duda que el periodismo sigue siendo importante, según el catedrático, solo que ha perdido el monopolio de la gestión de la conversación pública, situación que ha hecho entrar en crisis a otras instituciones, en primer lugar, la política. El sistema político, que él llama la “interfaz política”, fue diseñada en momentos en que los medios principales eran los diarios, ahí se construía eso que se llamaba la “opinión pública”.

 

“La interfaz política pudo procesar la llegada de los medios electrónicos, primero la radio y después la televisión. La videopolítica nació con el debate televisivo entre Kennedy y Nixon en las elecciones de 1960. Pero la emergencia de las plataformas, la multiplicación exponencial de contenidos y los flujos acelerados de información a escala global están poniendo a prueba las interfaces políticas”, señaló.

 

“La opinión pública ya no se construye en los medios tradicionales: es un fenómeno incontrolable y mutante que emerge de millones de interacciones en las redes. Incluso tengo serias dudas sobre la eficacia de ese concepto. A lo mejor ‘opinión pública’ es otro concepto zombi que sigue deambulando en los discursos académicos y periodísticos. Quizás debería ser descabezado”, agregó.

 

De acuerdo con Scolari, el crecimiento exponencial en la producción de contenidos volvió a la esfera pública mucho más polifónica y rica. Por otro lado, el mismo exceso de contenidos y su manipulación a través de los sistemas algorítmicos genera problemas a la constitución de una conversación pública democrática y abierta. Las amenazas son innegables.

 

“Lo repito: las interfaces políticas –por ejemplo, el sistema representativo- no estaban pensadas para la furia efímera de TikTok ni los tejemanejes de Cambridge Analytica. Pero me gustaría agregar algo: a menudo idealizamos el pasado. ¿La política eran tan democrática, republicana y conversacional en el siglo XIX como pensamos? No lo creo. Reinaban las fake news, proliferaban las operaciones de prensa, nadie estaba al margen de la censura y había más periodistas exiliados que en las redacciones. Seamos realmente críticos. Evitemos el catastrofismo de los filósofos de moda y tratemos de lidiar de la mejor manera posible con los problemas del siglo XXI”, sentenció.

 

Una pregunta obligada a Scolari: ¿Cómo debería formarse hoy un comunicador o periodista para entender un sistema donde conviven algoritmos, creadores independientes, marcas y reacciones profesionales?

 

Su respuesta: El desafío es enorme. Estamos formando profesionales para un campo profesional que desconocemos. ¿Cómo será el ecosistema mediático en 2040, cuando mis estudiantes tengan 40 años? Nadie lo sabe. Los planes de estudio de la segunda mitad del siglo XX fueron diseñados para formar profesionales que se pasarían toda la vida detrás de una máquina de escribir o un micrófono. Hoy debemos formar perfiles mucho más amplios y flexibles, capaces de cambiar de medio, género o formato de la manera más rápida posible. Pero como en todo proceso de cambio, junto a las discontinuidades hay también continuidades. Por ejemplo, la enseñanza de los lenguajes de la comunicación, desde la escritura al audiovisual, pasando por el sonido y las experiencias interactivas, deben ser parte de los planes de estudio. Saber cómo funcionan los sistemas algorítmicos y las lógicas de producción, circulación y consumo mediático son conocimientos fundamentales. Y agregaría otro: capacidad de interpretar las transformaciones de los ecosistemas mediáticos. Esto es como el fútbol: los mejores jugadores son los que tienen visión lateral y saben leer el partido. Si solo corren detrás de la última pelotita digital sin mirar al costado, los futuros profesionales pueden llegar a perder por goleada.

sábado, marzo 28, 2026

La realidad no espera: El Diario de Hoy cierra su impreso y apuesta a lo digital

Por Guillermo Mejía

Tras 90 años de publicación continua, el periódico El Diario de Hoy cerró su versión impresa y pasó a ser totalmente digital, para responder a los retos de la sociedad del presente, inmersa en la revolución tecnológica, donde las nuevas generaciones privilegian las pantallas y más que información periodística buscan entretenimiento.

 

De esa forma, en el ecosistema de los medios impresos solamente quedan los periódicos La Prensa Gráfica, que también afronta momentos difíciles, y Diario El Salvador, que recibe subvención del gobierno, pero no transparenta su gestión pese a recibir fondos públicos. Con anterioridad pasaron a ser del todo digitales los diarios Co Latino y El Mundo.

 

En la edición impresa de despedida, donde se hace un recorrido histórico desde su nacimiento el 2 de mayo de 1936 hasta el presente, el matutino recordó que fue papel, tinta y también fue memoria: “Hoy, esa historia da un paso adelante. Cambió el formato porque cambiaron las reglas. La realidad no espera.”

 

La decisión de cerrar su versión impresa y apostarle a lo digital “No responde a un hecho aislado, sino a la convergencia sostenida de fuerzas que, con el tiempo, han hecho inviable la continuidad de los periódicos impresos. Las bases que durante décadas sostuvieron al periodismo impreso se han erosionado en todo el planeta de manera irreversible, y El Salvador no es la excepción”, aclaran.

 

Y afirman que el significado de ser independiente “no lo determinan únicamente quienes lo producen, sino también quienes lo reciben: es una responsabilidad compartida. En ese sentido, el periodismo, como la verdad misma, encuentra su plena expresión en la conciencia de los ciudadanos que leen, preguntan y se preguntan. Pues, al final, el periodismo no desparecerá nunca: se transformará, persistirá y encontrará siempre nuevos espacios donde seguir cumpliendo su deber esencial: servir a la sociedad.”

 

A la vez, advierten que “Nos alienta la firme convicción de que la ausencia de voces independientes rara vez se percibe en un solo momento; se manifiesta de manera gradual: en el estrechamiento de lo que se discute, en la erosión silenciosa del escrutinio, en la creciente distancia entre lo que se dice, lo que se calla y la verdad. El costo no siempre es visible, pero siempre es real, y de ninguna manera positivo para una sociedad que aspira a un mejor porvenir”.

 

Hay que hacer notar que, si bien se habla mucho de la crisis del periodismo y los medios de comunicación social tradicionales, en general, es un hecho que estos espacios necesarios para la información y el debate público en la sociedad no pueden subsistir del todo de su circulación, sino necesitan el aporte de la publicidad pública y privada.

 

Y es acá donde se complican las cosas. En primer lugar, siendo el principal anunciante en la sociedad, el gobierno de turno ha utilizado la publicidad de las instituciones como premio o castigo según el papel que asumen los medios y periodistas, “o estás conmigo o estás contra mí”. En segundo lugar, se viene dando el traslado desde las plataformas tradicionales a las digitales y la difusión de mensajes, publicitarios o propagandísticos, se realiza a través de las redes sociales. Sale más barato y a tono con la sociedad de la información y el conocimiento.

 

Sin embargo, hay que recordar que en una sociedad que se dice democrática es necesario que desde el Estado se fortalezca el derecho a la información y la comunicación de los ciudadanos y, en ese sentido, guste o no guste a los que ejercen el poder de turno, tienen la obligación de propiciar las libertades de información y de expresión, donde juegan su papel los medios de comunicación, ahora acompañados por las redes sociales.

 

En ese marco, la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES) lamentó el cierre de la edición impresa de El Diario de Hoy, ya que “Una democracia requiere de una prensa plural, de múltiples voces y distintas perspectivas. Cada medio que desparece –o que abandona su formato tradicional- empobrece el ecosistema informativo, principalmente en un país en el que se ha normalizado la represión, el castigo y la persecución de los disensos”.

 

Hacen un llamado a las autoridades, a la sociedad civil y a los organismos internacionales de derechos humanos “a redoblar los esfuerzos en defensa del derecho a la información y en la creación de condiciones que garanticen la existencia de medios de comunicación independientes, plurales y libres en El Salvador”.

 

El consumo de noticias y las actitudes de los jóvenes

 

El cambio en El Diario de Hoy coincidió con la publicación de un informe del Reuters Institute for the Study for Journalism titulado Understanding Young News Audiences at a Time of Rapid Change (2026) que contiene los resultados de una investigación sobre el consumo de noticias y las actitudes de jóvenes de diversos países del mundo. Las edades son entre 18 y 24 años.

 

Los principales hallazgos del estudio son:

 

Sobre el acceso. En 2015, sólo el 21% del grupo de 18 a 24 años recurría las redes sociales como principal fuente de noticias. Hoy esta opción representa el 39%, y ha superado a los sitios web y las aplicaciones de los medios, que cayeron del 36% al 24%. También experimentó un descenso la TV: del 28% al 21%.

 

Sobre la intención. El público joven actual se informa de manera más casual que las generaciones anteriores. Apenas el 14% acude directamente a los medios, una cifra que se duplica entre los mayores de 54 años.

 

Sobre la frecuencia. El 64% de los jóvenes consume noticias diariamente: ha bajado 15 puntos desde 2017. En cambio, entre los mayores de 54 el porcentaje sube a 87% y sólo ha caído 5 puntos.

 

Sobre las plataformas. Domina lo visual: según datos de nueve países que hemos analizado en la última década, los jóvenes ahora prefieren Instagram (30%), YouTube (23%), TikTok (22%) y X (20%). En este período, Facebook ha pasado del 53% al 16%.

 

Sobre la sorpresa. El auge de TikTok es asombroso: un uso semanal general del 47% entre jóvenes de 18 a 24 años. Entre los países con mayores índices se halla Perú, con 63%.

 

Sobre los formatos. Los menores de 25 años son más propensos a escuchar o ver noticias online, si bien en la mayoría de los mercados se mantiene una preferencia por la lectura. En 2024 ya el 73% de los jóvenes decía haber visto al menos un video informativo breve por semana. Además, 59% consumía algún podcast por mes.

 

Sobre la confianza. Desde 2015 se evidencia una brecha generacional vinculada a la confianza en las noticias: hoy en el segmento joven es nueve puntos inferior. El análisis en profundidad marca una caída más pronunciada allí donde ha crecido más rápidamente el consumo informativo en las redes.

 

Sobre el interés. Los jóvenes de hoy se muestran mucho menos interesados en las noticias que las generaciones previas: sólo el 35%, en comparación con el 52% de los mayores de 54 años. Durante la última década, el interés del público joven se ha desplomado: del 60% al 35%.

 

Sobre la tecnología. El grupo de 18 a 24 años emplea con más frecuencia la inteligencia artificial a la hora de informarse: es alrededor del 15%, mientras que la cifra baja al 3% entre los mayores de 54. Casi la mitad de los jóvenes que usan chatbots tienen como objetivo simplificar las noticias para comprenderlas.

 

Sobre la aceptación. El 30% del segmento 18-24 se siente cómodo si las noticias son elaboradas principalmente por IA y el 43% aprueba el uso de la IA como ayuda en el proceso. Los porcentajes son mucho más bajos entre los mayores de 54 años.

 

Sobre las preferencias. El 51% de los jóvenes que usan redes sociales para informarse presta más atención a creadores e influencers que a periodistas y medios tradicionales (39%). Estos números se invierten en el caso de los usuarios de más edad.

 

Hay una mudanza en la forma de recepción e interacción de las nuevas generaciones dentro del ecosistema mediático, ya que lo digital va ocupando espacios privilegiados frente a las ofertas tradicionales y es en esa dirección que se presentan algunos de los retos del sistema de comunicación colectiva. La necesidad de generar pensamiento crítico es importante. 

jueves, febrero 19, 2026

La vigencia del periodista en medio de las adversidades

Por Guillermo Mejía

Sin el periodismo honesto, responsable, social y políticamente comprometido con los ciudadanos, aunque nos parezca utópico, la sociedad en general quedaría presa de los intereses particulares de mercaderes y políticos sin escrúpulos, aunque -hay que asumirlo- esa perspectiva lucha contra una cantidad de adversidades.

 

En la actualidad, y por diversas razones, sobrevivencia, seguridad o ante el apantallamiento de las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial, cursar estudios universitarios estrictamente sobre periodismo ha ido a la baja alrededor del mundo, lo que ha obligado al cierre de las carreras o a mutar hacia estudios de comunicación social con énfasis en lo digital.

 

El director del Consejo Latinoamericano de Acreditación de la Educación en Periodismo (CLAEP), Juan David Bernal, advirtió en el podcast “Periodismo en riesgo” de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que cerca del 70 por ciento de los programas exclusivamente de periodismo en América Latina, que existían hace 20 o 25 años, ya no existen más, porque se han decantado por carreras generalistas con abordaje comunicativo.

 

Hay que considerar que la “inserción laboral (del estudiante) va a ser más compleja y si vamos un poco sobre las causas subyacentes, pues tenemos que ver también cómo se han precarizado los medios, cómo se han cerrado muchos medios o cómo se han reducido esas grandes redacciones que antes conocíamos y que hoy son cada vez más limitadas”, dijo.

 

El CLAEP, creado por la SIP y que tiene alrededor de 40 universidades que enseñan periodismo y comunicación social acreditadas en América Latina y sigue con su esfuerzo académico, tampoco deja de lado la imagen negativa que se desprende de la profesión periodística en muchos casos y la negativa de muchos jóvenes a seguir esos estudios.

 

Según Bernal, por experiencias negativas, de unos 15 o 10 años para atrás, muchos de los periodistas “se han posicionado en el imaginario colectivo como gente que está al servicio del poder” o “que son corruptos o, en otros casos dramáticos, pues la violencia toma la vida de periodistas”, a la vez “con muchos periodistas exiliados, incluso en países que tradicionalmente no exiliaban periodistas”.

 

“Y eso, sin duda, también hace pensar al chico (estudiante) y a su familia… una decisión (sobre) una carrera universitaria normalmente suele ser un ejercicio de decisión colectivo, consensuado al interior de las familias, y (se) preguntan primero en qué vas a trabajar, segundo, pero cuidado porque están matando muchos periodistas y tercero, pero si los periodistas no hacen bien su labor (…)”, agregó Bernal.

 

De acuerdo con él, “a veces se bromea y se dice ‘no es que el periodismo ya tiene un nivel de vocación casi como el de los sacerdotes’, o sea es como gente que definitivamente ya siente un llamado muy profundo para hacerlo”, pero también está la lógica peligrosa de gente para la que lo importante es la plataforma digital sin una perspectiva de defensa de las libertades.

 

En esa perspectiva, muchos jóvenes lo que anhelan es ser creadores de contenido. “(…) Desde describir qué hago desde que me levanto hasta que me acuesto, sin que haya un rigor periodístico, sin que se esté difundiendo algo, se esté dando a conocer una noticia”. Al grado que en otros países ya hay programas de estudio para este tipo de demandas del mercado.

 

Ante las nuevas tecnologías y la presencia de la Inteligencia Artificial, Bernal señaló que vienen trabajando en tratar de anclar esos avances “a lo que no cambia y lo que no cambia es justamente los valores esenciales del periodismo. Su valor es la democracia, la necesidad de hacer contrapeso al poder, la necesidad de hacer un trabajo riguroso. Eso en ningún marco de transformación tecnológica cambia”.

 

Ahora bien, según Bernal, hay que partir que tanto las plataformas digitales, los algoritmos, las redes sociales, tienen lógica algorítmica, lógica de mercado, de marketing, de viralización, no tienen una lógica democrática, no tienen una lógica de saber si este contenido promueve o no la desinformación.

 

Por lo tanto, una persona que trabajará en el periodismo o la comunicación en sentido amplio, tiene que recuperar, en primer lugar, la credibilidad, la curaduría de medios, rescatar la verdad; en segundo lugar, “ver la calidad de democracias que tenemos hoy por hoy en América Latina y hacernos la pregunta de fondo por qué cada vez más nuestros países tienden hacia los populismos, hacia los discursos de odio, hacia la polarización y dónde están esos grises, dónde están las interpretaciones más profundas”.

 

Radiografía del periodista latinoamericano

 

Como refuerzo a los planteamientos, considero oportuno traer a cuenta la publicación del libro Los mundos del periodismo: Seguridad, autonomía profesional y resiliencia entre los periodistas en América Latina (2026) por el Centro Knight para el Periodismo en las Américas, Universidad de Texas en Austin, en colaboración con la Universidad de Miami y la Universidad de Texas en Austin.

 

El estudio abarca consultas con periodistas de México, América Central –El Salvador incluido- y América del Sur y, entre otras conclusiones, expone: la precariedad extendida en la región, los periodistas ocupan varios trabajos para sobrevivir; la autonomía existe, pero está bajo presión y muchas veces se encuentra limitada por el miedo, la falta de acceso a la información, y las amenazas políticas o criminales.

 

Se agregan: los discursos de odio y ataques están aumentando, incluso en países que antes eran considerados seguros; los periodistas que trabajan lejos de las ciudades son los más vulnerables, y son quienes enfrentan aislamiento y control estatal o criminal; los medios digitales, alternativos e independientes están creciendo, y a menudo sirven como espacios de mayor libertad, pero con una remuneración baja; y, a pesar de todo, los periodistas demuestran resiliencia y un fuerte compromiso con roles democráticos.

 

El profesor Armando Gutiérrez Ortega, de la Universidad Autónoma de Baja California, México, e investigador del proyecto, señaló en un webinar posterior que su sorpresa “fue descubrir la forma en que poco a poco algunos movimientos populistas en América Latina, en general en todo el planeta, se han ido consolidando, han ido construyendo el entorno propicio para poder ejercer el poder público”.

 

“Creo que es algo que ha sido coincidente, las técnicas para poder controlar esta forma de ‘gestión del silencio’, que es como yo le digo acá en México. No es relevante si el gobierno tiene un corte de izquierda o derecha (…) pareciera como si tuvieran un manual, un Handbook, para poder operar”, añadió.

 

Por su parte, la profesora y periodista Adriana Amado, de la Universidad Camilo José Cela, Argentina, comentó en la misma sesión que “cuando los presidentes no dan conferencias o las dan de manera muy estructurada, el periodista no tiene posibilidad de participar, entonces termina siendo comentarista de lo que se publica en el Twitter presidencial y quizás tenga libertad de comentar como quiera el Twitter presidencial, pero no tomamos conciencia que no tiene libertad de información, porque no ha podido acceder a preguntar y a obtener información que le hubiera permitido generar una conclusión más ajustada a lo que consideramos periodismo profesional”.

 

Y frente a la utilización de recursos mediáticos tradicionales como digitales, por ejemplo, YouTube, por parte de muchos periodistas, Amado se pronunció porque desde las universidades hay que ampliar la mirada al fenómeno y “romper esa lógica que son los medios el único espacio de desarrollo periodístico y empezar a pensar quizás en profesionales de la información”.

 

Sea desde el periodismo tradicional, el alternativo y comunitario, o el de construcción de ciudadanía, es un hecho la importancia del periodista para la sociedad y su lucha por la democracia y la justicia social. 

viernes, noviembre 14, 2025

Jon Lee Anderson: La lucha frente a la desnaturalización del periodismo y la política

Por Guillermo Mejía

El Periodismo con mayúscula debe dar una dura batalla contra el común denominador de noticias falsas, parcialización de la realidad y el infoentretenimiento que inunda el ecosistema comunicativo, gobernado cada vez más por las redes sociales y estrategias de marketing político, situación que arrastra a muchas propuestas periodísticas para sobrevivir.

 

Es el llamado de atención que hizo el reconocido periodista estadounidense Jon Lee Anderson, quien ha cubierto cantidad de guerras civiles en el mundo, incluida la de El Salvador en la década de los años 80, ha escrito una variedad de libros que reseñan su experiencia y sigue activo en la revista semanal The New Yorker.

 

Anderson afirmó al diario argentino La Nación que “Estamos rascando el barril de lo que fue el periodismo hasta hace décadas, pero también se están produciendo posibilidades nuevas. Lo que pasa es que no vemos todavía la luz al final del túnel. Está cambiando la estructura del periodismo, quizás inclusive su moral y ética, y ni hablar del comportamiento de los usuarios, que ya no son públicos sino consumidores”.

 

“La pregunta fundamental es si seremos proveedores de contenido, términos netamente capitalistas, o si seguimos intentando hacer lo que hacemos como un servicio público. Los periodistas que intentamos plasmar una realidad sincera somos los baluartes de las democracias. Pero todo está en jaque ahorita”, agregó.

 

Señaló que “Lo más apremiante es el adueñamiento de lo que ahora se llama la plaza pública por los ‘Tecno Bros’ (en alusión a los magnates de X, Facebook y Google, entre otras plataformas digitales). Twitter, o ahora X, es la plaza pública para una gran mayoría del público. Esto ha desplazado al periodismo tradicional de los periódicos, la radio y la televisión”.

 

Luego sentenció: “Ante las embestidas contra la democracia por parte de Donald Trump y sus emuladores, y por parte de los que se han adueñado de esta plaza pública, nos damos cuenta de que, más allá del cliché, somos una piedra en el camino al autoritarismo y, por ende, baluartes de la democracia. Tenemos que pelear duro para que no nos desborde y nos inunde el tsunami de fake news, de parcialización de la realidad y el infoentretenimiento”.

 

Desde la experiencia de su propio país, Estados Unidos, Jon Lee Anderson dijo sentirse “en vilo con mi país a partir del fenómeno Trump como nunca antes lo he estado. No descarto la posibilidad de ir a Estados Unidos y cubrirlo como un corresponsal extranjero”.

 

“Lo que me tiene en vilo es un proceso dinámico de degeneración social y política a partir de Trump que está desbaratando la institucionalidad democrática, el tejido social, los sentimientos cívicos, y polarizando a la población. Él ha sacado las costras de los prejuicios y enemistades que estaban soterradas, y ha dado oxígeno al racismo y la violencia”, afirmó.

 

En ese sentido, Anderson advirtió: “Por eso he dicho que no puedo descartar una posible nueva guerra civil en Estados Unidos, porque hace 150 años ese país tuvo una guerra civil violentísima. Y la consagración de Barack Obama como Presidente, que pensamos que era la cúspide, resultó el detonante, lo que activó a Trump y reanimó los fantasmas soterrados del país”.

 

Ante la pregunta del medio argentino, ¿Trump es un líder o es un síntoma que evidencia mucho que ya estaba ahí?, el agudo periodista norteamericano respondió:

 

“Trump reúne ciertas cualidades. Es una figura grotesca. Muchos líderes de culto de secta son así: son absurdos y aparecen ridículos, como Hitler o Abimael Guzmán. Mírale la cara a los que ponen las gorras MAGA (por Make America Great Again) en sus mitines y te das cuenta de que están embobados e hipnotizados. Sea por oportunismo mezquino o pecuniario o porque Trump les ofrece una manera de ‘sacar el clavo’ o porque están embobados, o una mezcla de todo lo anterior. Trump es un fenómeno; si se le aparta del escenario, el culto se diluye por sí mismo”.

En la conversación con el diario La Nación, hay dos preguntas claves acerca de su postura sobre los periodistas y el periodismo:

 

¿Qué le dirías a un muchacho o muchacha que da sus primeros pasos en el oficio?

Que tengan muy presente qué quieren, más allá de la carrera o de ganar plata: ¿para qué están en el periodismo? Hay que entender el porqué. El oficio conlleva cierto glamour y ofrece aparentemente cierta libertad de acción, por lo que es muy fácil confundirse. Hay muchachos y muchachas que me dicen que quieren ser corresponsales de guerra. Y mi respuesta es: “¿Estás seguro? ¿Sabés cómo es una guerra, todo lo que implica?”. Es importante pensar si lo que buscan es ser más relacionistas públicos o comunicadores sociales que periodistas. El periodismo atrae a ciertas personas que en otras épocas habrían sido misioneros, jesuitas, mercenarios, espías, diplomáticos.

 

¿Qué es el periodismo?

Es el canal, el fenómeno comunicacional que nos hemos creado los seres humanos para comunicarnos, más allá del diálogo personal oral. Es el contar cuentos, el narrar nuestra historia y buscar su independencia de pensamiento. Durante la Ilustración nos libramos de lo que era el ejercicio compartido de poder temporal y espiritual, política y religión juntas. El periodismo es lo único que corre aparte entre el poder y la muchedumbre. Por eso es una faja de transmisión tan importante y valiosa, que cuestiona los lugares comunes y desmitifica la mitología a veces nefasta. Está en constante evolución, no tiene el porvenir asegurado, pero también emociona. Porque con el periodismo te puedes sentir parte de un accionar humano y humanista.

 

El desplazamiento de medios y periodistas

 

Las reflexiones de Jon Lee Anderson caen en momentos en que investigadores en periodismo y comunicaciones han advertido que los creadores de contenido e influencers de noticias que operan en redes sociales y de video se han convertido en fuente importante de información.

 

El Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo publicó recientemente que estos nuevos actores del sistema a menudo eclipsan a los medios en términos de atención en ciertas plataformas y, por ejemplo, en Estados Unidos alrededor de una quinta parte de los adultos (21%) y más de un tercio de los menores de 30 años (37%) se “informan” por esa vía.

 

Tanto así que “la mayoría sostiene que la manera en que presentan las noticias les ayuda a comprender mejor la actualidad y los asuntos cívicos”, aunque es importante también aclarar que no se puede colocar en el mismo saco a todos los creadores de contenido e influencers o demonizarlos, ya que hay honrosas excepciones.

 

Sin embargo, hay que advertir que “Los creadores también tienen un impacto político cada vez mayor”, según el Instituto Reuters, que recuerda que “En la recta final de su victoria electoral de 2024, Donald Trump buscó el apoyo de creadores de YouTube y podcasteros populares como Joe Rogan y Nelk Boys. El reciente asesinato del activista Charlie Kirk, y la cobertura informativa, nos subraya el papel crucial que estas personalidades desempeñan en la opinión pública y en los relatos políticos”.

 

“Otros que han tomado nota de estas tendencias son políticos como Emmanuel Macron (Francia), Anthony Albanese (Australia), Claudia Sheinbaum (México), y Keir Starmer (Reino Unido), que incorporaron influencers a sus estrategias mediáticas y han priorizado entrevistas con famosos de YouTube y TikTok, e incluso los invitan a ruedas de prensa gubernamentales. En cambio, allí donde la libertad de prensa se halla amenazada o donde se restringe el debate en los medios tradicionales, hemos visto a creadores e influencers proporcionando una muy necesaria fuente de miradas críticas o alternativas”, reza el informe.

 

Ante el crecimiento del fenómeno y los riesgos que supone para el Periodismo con mayúscula y la sociedad, es necesario impulsar la alfabetización mediática de la ciudadanía que suele encantarse con estos nuevos productos del mercado, a la vez que desarrollar programas para que los creadores e influencers al menos se capaciten sobre la fundamentación ética de la información y la comunicación. Los periodistas a su función social y desde una visión crítica.

lunes, septiembre 15, 2025

La Oración a la bandera y el “blanqueamiento cultural” de la sociedad

Por Guillermo Mejía

La Oración a la bandera salvadoreña es un símbolo patrio que surgió en el marco del plan oficial de las últimas décadas del siglo XIX y principios del Siglo XX, bajo la concepción modernista de la sociedad, donde cobró impulso el desarrollo de la caficultura en desmedro de la posesión indígena de la tierra y se instituyó el mestizaje en el imaginario colectivo.

 

La pieza, presente en toda celebración cívica como, por ejemplo, la conmemoración de 204 años de la Independencia de Centroamérica, el 15 de septiembre, fue concebida por el intelectual salvadoreño David J. Guzmán, en 1916, y decretada como símbolo patrio por la Asamblea Legislativa, en 2001.

 

Si bien es importante profundizar sobre ese proyecto modernista de corte liberal en su conjunto y que significó el traslado de los valores europeos sobre el desarrollo de la sociedad, por parte de las élites económicas e intelectuales salvadoreñas, en esta ocasión el énfasis cae sobre todo en el esfuerzo por imponer el mestizaje como símbolo del ser salvadoreño.

 

En ese sentido, nos recuerdan el historiador José Heriberto Erquicia y la antropóloga Marielba Herrera que “El proyecto de nación de los gobernantes salvadoreños de finales del siglo XIX y comienzos del XX era el de homogenizar las diversidades étnicas de todos los pobladores de la incipiente nación y volverlos ciudadanos de un Estado-nacional, mediante la idea de ‘dejar de ser indígena, negro o mulato’, por ser ‘moderno’, ‘educado’, ‘escolarizado’ y ‘civilizado’. La visión fundamental era que para modernizarse y ‘avanzar’ había que dejar de ser indio, negro y mulato, y pasar a ser mestizo.”

 

De esa forma, de acuerdo con el planteamiento de estos intelectuales, el proyecto decimonónico celebraba el mestizaje como un discurso del nacionalismo salvadoreño, que iba de la mano de prácticas de invisibilización y negación de las comunidades no mestizas. El mestizaje plantea una ideología de “homogenización étnica” o de “mezcla racial”; excluye a los que se consideran no mezclados y adopta el “blanqueamiento cultural” como la manera de volverse más urbano, cristiano, civilizado, menos rural, indígena y negro.

 

Precisamente, uno de los referentes intelectuales de esa empresa fue David J. Guzmán, creador de la Oración a la bandera salvadoreña, que fue político, médico, escritor, entre otros, y el primer director del Museo Nacional de El Salvador, en 1883, antecedente del Museo Nacional de Antropología, que lleva su nombre, en 1945. Él fue ferviente admirador de los valores liberales europeos que asumió como propios en su formación académica que incluye su doctorado en Medicina, en París, Francia.

 

Para el caso, David J. Guzmán fue uno de los principales escritores que participó en la elaboración del Libro Azul de El Salvador (1916), el mismo año que escribió la Oración a la bandera salvadoreña, cuyo compilador y editor fue L.A. Ward, publicado por la Latin American Publicity Bureau e impreso en la Imprenta Nacional de El Salvador.

 

Para muestra del pensamiento dominante racista, discriminativo, excluyente en cuanto a lo que llamaron razas y costumbres de la nación salvadoreña presento a continuación algunos fragmentos del referido libro, en el que Guzmán fue el principal recolector y productor de los contenidos:

 

En cuanto a los indígenas: “El semblante de nuestros indios es angular, serio, taciturno, sin simetría en la forma. Tienen un color bronceado obscuro; talla baja y cuerpo muy sólido, pelo liso y negro, barba escasa o ninguna. Las mujeres son más pequeñas; su tipo original no es interesante y cuando son viejas extraordinariamente feo. Así es que, salvo en las regiones mexicanas donde los conquistadores afirman haber encontrado bellezas, lo que es aquí no deben haber sido cautivados los corazones de los dominadores.

 

“Los indios son pertinaces en su empeño de no mezclarse con el elemento blanco; se resisten a comunicar a los extranjeros y nacionales noticias sobre sus descendientes, sobre su lengua, usos y costumbres.

 

“Aún se ven en las ciudades más pobladas y dotadas ya del movimiento del progreso, en los suburbios, indios que viven en miserables ranchos de paja exhibiendo sus antiguas costumbres.” (Págs. 46-47)

 

Más adelante, se advierte que “Solo el espíritu realmente liberal y humanitario de nuestras instituciones, puede sacar a nuestro indígena de la apatía, instruirle en la fé republicana y en la moral cristiana, e incorporarlo así en el torrente del moderno progreso.” (Pág. 49)

 

Sobre los mestizos de español e india: “Esta casta estuvo bastante deprimida durante la dominación española y por lo general no se les permitía el ejercicio de ningún cargo público de importancia. Las leyes y las costumbres de entonces los tenían relegados en una situación que los hacía casi odiosos y réprobos a la sociedad.

 

“A pesar de esta depresión de la raza mixta, el número de mestizos ha crecido considerablemente, formando una clase de hombres, en general, inteligentes y trabajadores, aunque por su ignorancia han sido con frecuencia un elemento de trastorno para la República, cuando sus cabecillas se han inspirado en innobles propósitos de dominación y granjerías.

 

“Los ladinos o mestizos son de una constitución fuerte y sana; activos, inteligentes, de perseverancia notable en todo lo que emprenden. Son los que ejercen las artes mecánicas, las industrias liberales y los oficios domésticos. Su color trigueño oscuro que caracteriza, su piel comienza a desaparecer en las sucesivas alianzas con los blancos de la segunda a la tercera generación, como sucede también con la mezcla del blanco con el negro cuya tez obscura desaparece a la quinta generación. Los mestizos son los hombres de resistencia a todas las intemperies de nuestro clima cálido, los que ejercen las artes y los oficios, los mejores soldados de la República. Ilustrados, son los mejores y desinteresados patriotas, y un elemento útil al progreso del país.

 

“Las mujeres ladinas son bien conformadas, de talla fina y flexible, con un modo elegante y lleno de gracia al andar; su donaire y gentileza ha sido admirada por los visitantes extranjeros. Su piel es trigueña y pálida, pero todo el semblante lo animan unos ojos, mezcla de la pasión española y del ensueño indígena.

 

“Los mestizos forman la clase que más fraterniza con los elementos blancos de nuestra sociedad, cuando estos que forman el núcleo civilizado del país, se inspira en los nobles propósitos del engrandecimiento de la patria.” (Págs. 49-50)

 

En referencia a los que denominan zambos señalan: “La última mezcla que de las razas que habitan nuestro suelo resulta, es la de los Zambos. El Zambo es el producto de indio con negra. Son de una rara fealdad sobre todo cuando llegan a viejos. En cuanto a sus facultades intelectuales sacan el término medio de ambas razas. Los que llegan a instruirse son hombres a veces muy superiores y han figurado en nuestra sociedad de manera culminante. Desgraciadamente la mayoría de zambos de baja condición, sin elementos de instrucción y moralidad forman un nivel intelectual muy bajo, y presentan el prototipo de la abyección y de la miseria, y por tanto, entre ellos pululan los malvados y fascinerosos. Esta clase es muy escasa en El Salvador; y ya sea que han venido de otras partes o que algunos han nacido en el país, no pueden computarse como formando una clase.

 

“El Zambo tiene la tez casi obscura; los cabellos encrispados; los labios espesos; la cara redonda y de gruesos perfiles; el cuerpo suele ser de baja talla y mal formado. En 1853 apenas si formaba el 2 por 1,000 de nuestra población, cuando los indios eran 150 por 1,000; blancos y criollos 55 por 1,000; mestizos 400 por 1,000; negros 3 por 1,000.” (Págs. 51-52)

 

Más adelante, dejan por sentado que “Los progresos que el país va realizando son poderoso elemento de fusión de las razas que actualmente pueblan la República. El elemento dirigente de la sociedad es el blanco o criollo, el cual tiende con medidas de previsión y altruismo a igualar todas las clases, dictando leyes como la Constitución de 1871 y la del 86 que hacen desaparecer las desigualdades de raza y tienden a elevar a la raza desheredada a nivel de ciudadanos de una República liberal y progresista.” (Pág. 52)

 

Para el historiador Erquicia y la antropóloga Herrera, “el mestizaje formó parte fundamental de la ideología nacionalista, que permitió a los intelectuales de la década de 1920 desempeñar un papel importante en la formación de la nación, inventando y creando símbolos antiimperialistas, además de imágenes simbólicas de la nación mestiza, que permitió la inclusión de grupos subalternos (campesinos, proletarios y pequeños comerciantes), en detrimento de un racismo que eliminó las categorías étnicas, invisibilizando a las comunidades no mestizas.”

 

Y prueba de ello es que, según los intelectuales citados, hacia 1930, cuando se realizó el Censo Nacional de Población, todavía aparecía la categoría Raza (etnia); sin embargo, a partir de dicho censo, el Estado salvadoreño no volvería jamás a contar a su población por categoría étnica, asumiendo –errónea y deliberadamente- que todos eran salvadoreños, mestizos, sin diferencias de razas. (Hay que agregar que, en los censos de población y vivienda desde el 2007, se incluyeron ante requerimientos internacionales)

 

Como detalle adicional, el historiador Pedro Escalante Arce aseguró en una ocasión que dado ese mestizaje impuesto ha perdurado un porcentaje de la población salvadoreña que lleva sangre mulata en sus venas, pero “en la casi totalidad de esos casos sin tener en absoluto conocimiento del ancestro, al cual comentaristas e historiadores y el sentimiento popular sumieron en el olvido y callaron el mensaje”.

 

Con respecto a la actualidad, Erquicia y Herrera lamentan que en la sociedad aún se continúan reproduciendo los discursos de negación, racismo, discriminación racial, xenofobia y otras formas conexas de exclusión que van contra la población étnico-cultural diversa, y se ha vuelto difícil tratar de cambiar esas representaciones y acciones que se encuentran en el imaginario colectivo salvadoreño.

 

Ante ello, afirman, “el Estado, junto con sus instituciones, la academia y otros agentes son los llamados y los responsables de velar porque cambie esta situación. En fin, se pretende que con el aporte de los estudios socioculturales se contribuya al conocimiento, entendimiento y valoración étnico-cultural de la sociedad salvadoreña, y con ello se promuevan políticas que conlleven al desarrollo humano en términos de equidad, solidaridad y respeto de dicha diversidad”.

 

A continuación, la Oración a la bandera salvadoreña:

 

“Oración a la bandera salvadoreña”

 

-David J. Guzmán-

 

Dios te salve, Patria Sagrada,

en tu seno hemos nacido y amado;

eres el aire que respiramos,
la tierra que nos sustenta,
la familia que amamos,
la libertad que nos defiende,
la religión que nos consuela.

Tú tienes nuestros hogares queridos,
fértiles campiñas,
ríos majestuosos,
soberbios volcanes,
apacibles lagos,
cielos de púrpura y oro.

En tus campos ondulan doradas espigas,
en tus talleres vibran los motores,
chisporrotean los yunques,
surgen las bellezas del arte.

Patria,
en tu lengua armoniosa
pedimos a la Providencia que te ampare,
que abra nuestra alma al resplandor del cielo,
grabe en ella dulce afecto al Maestro y a la Escuela
y nos infunda tu santo amor.

Patria,
tu historia,
blasón de héroes y mártires,
reseña virtudes y anhelos;
tú reverencias el Acta que consagró la soberanía nacional
y marcas la senda florida
en que la Justicia y la Libertad nos llevan hacia Dios.

¡Bandera de la Patria,
símbolo sagrado de El Salvador,
te saludan reverentes las nuevas generaciones!

Para ti el sol vivificante de nuestras glorias,
los himnos del patriotismo,
los laureles de los héroes.
Para ti el respeto de los pueblos
y la corona de amor
que hoy ceñimos a tus inmortales sienes.

jueves, agosto 28, 2025

La polarización política y su cosecha de odio


Por Guillermo Mejía

El espacio público está cargado de expresiones destructivas dentro de un ambiente de polarización política, que hace posible una cosecha de odio que florece en las diversas formas de información y comunicación por canales tradicionales, pero en especial a través de las redes sociales en la esfera digital.

 

Lo anterior se desprende de las valoraciones del escritor, académico y analista político mexicano Isidro H. Cisneros en su ensayo “Anatomía del discurso de odio: cuando el lenguaje construye al enemigo”, publicado recientemente en la revista digital Este País –Tendencias y Opiniones, editada en México.

 

“La polarización política contemporánea es uno de los fenómenos más preocupantes y visibles en el escenario global actual. No se trata simplemente de un desacuerdo entre visiones políticas, sino de una fragmentación profunda del tejido social, donde los adversarios se transforman en enemigos, la negociación se vuelve traición y el espacio público se llena de afectos extremos como el odio, el desprecio, el miedo y el resentimiento”, afirma el autor.

 

En ese sentido, las sociedades se dividen en bloques opuestos, ideológicamente irreconciliables, donde cada grupo está convencido de que el otro representa una amenaza para su existencia, de acuerdo con Cisneros. “La polarización se distingue porque crea identidades tribales: ‘nosotros, los buenos’ contra ‘ellos, los corruptos y traidores’”, precisa.

 

“La desigualdad social es también causa de polarización porque las brechas económicas y culturales intensifican el resentimiento. Además, la polarización se inserta en la actual crisis de representación política caracterizada por una desconfianza generalizada hacia partidos, medios de comunicación e instituciones”, agrega el especialista.

 

Así, la política se convierte en un campo de batalla simbólico entre “los de abajo” y “los de arriba”, entre “los muchos” y “los pocos”.

 

Según Cisneros, la polarización y el odio se siembran desde el poder como una estrategia para dividir al universo político entre amigos y enemigos, entre quienes monopolizan el poder y los que anhelan conquistarlo. Los discursos de odio y la estigmatización representan una construcción lingüística que ofrece identidad política a los seguidores del poder.

 

“De esa forma, el discurso político se convierte en una nueva religión en la que el pueblo se adora a sí mismo, mientras el líder guía, formaliza y manipula ese culto. El odio y el resentimiento político representan el cemento de esa relación y, al mismo tiempo, dan vida a la imagen de las personas y grupos a los que se desea marginar”, señala.

 

“El odio proyecta un deseo de hostilidad y desprecio que cuestiona la imagen para después cancelar la existencia material del sujeto. Es un sentimiento negativo de rencor que conduce a la demolición de la imagen social del adversario”, añade.

 

Señala que el trabajo del odio va desde el deseo de destrucción hasta la destrucción física concreta. Pretende desaparecer la existencia material y la imagen del sujeto, lo que, por usar una terminología antigua, sería su destrucción espiritual y la demolición de su imagen social.

 

“El odio es bidireccional: va del deseo a la acción, y viceversa. Se dirige a los otros, los distintos, los extraños, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación cultural, ideológica o política. En consecuencia, se produce una relación de desconfianza, miedo y rechazo contra los que no pertenecen al grupo”, afirma Cisneros.

 

Sin embargo, “no se odia a quien se considera inferior, porque, si estorba, se le margina. Se odia a quien es capaz de oponerse críticamente al orden establecido, y por ello el odio refleja más bien debilidad. El odio refuerza jerarquías y estigmas, manteniendo el status quo de quienes ya tienen privilegios. Consecuentemente, el trabajo del odio es producir división, deshumanizar y habilitar formas de violencia social y política”, advierte.

 

Con relación al odio y la libertad de expresión recuerda el especialista que quienes defienden ese derecho muestran su disposición de protegerla incluso cuando causa daño y ofende nuestros valores más profundos, mientras quienes defienden la regulación y reglamentación de la misma argumentan que el lenguaje de odio causa graves daños a individuos y grupos, atentando contra la dignidad como seres humanos y como ciudadanos.

 

“Además, las plataformas digitales pueden convertirse en vehículos para la difusión de discursos de odio mediante algoritmos generativos. Cuando la inteligencia artificial se alimenta de datos sesgados o polarizados, puede replicar y amplificar al infinito los estereotipos, prejuicios y discursos discriminatorios. Al automatizar la generación de contenido, la inteligencia artificial generativa puede producir discursos de odio incluso sin intervención humana directa”, apunta.

 

Empero, el ejercicio de la libertad implica deberes y responsabilidades, lo cual conlleva restricciones para proteger a las personas. Por ejemplo, en la legislación internacional sobre derechos humanos se prohíbe la apología al odio de cualquier tipo, o sea por razones políticas, sexo, género o religión, entre otras.

 

Señala Cisneros que “El discurso de odio no siempre es explícito y puede estar disfrazado de humor, ironía o doble sentido. La pregunta es: ¿cómo proteger a las personas vulnerables sin censurar el debate público legítimo? La respuesta está en las buenas prácticas de la transparencia, en la participación de comunidades lingüísticas locales y en la educación digital para que los usuarios entiendan los límites del discurso aceptable”.

 

En esa dirección, recuerda que en una sociedad democrática todos deberían sentirse seguros de que su estatus como miembros iguales está asegurado y que el discurso de odio corrompe el ambiente público de respeto, haciendo que algunas personas se sientan inseguras o rechazadas por la sociedad.

 

“No olvidemos que las palabras son portadoras de la historia del racismo, de la violencia y de la discriminación. El discurso de odio proyecta la crueldad de cierto lenguaje, y ante una persona que denuncia existen muchas otras que no pueden hacerlo. Son personas que permanecen invisibles y sometidas a violencia verbal de la cual son víctimas”, afirma el autor.

 

En el ensayo mencionado se establece que el discurso de odio es una estrategia de poder que divide, polariza y moviliza a unos grupos contra otros. Se refiere a las expresiones que intimidan, oprimen o incitan a la violencia contra personas o grupos con base en sexo, género, raza, religión, nacionalidad o cualquier característica grupal.

 

“No conoce fronteras de tiempo ni espacio. Desde el nazismo hasta el Ku Klux Klan, desde la guerra en Ucrania hasta el genocidio en Palestina, las expresiones de odio se utilizan para acosar, perseguir o justificar privaciones de los derechos humanos y, en el extremo, para racionalizar el asesinato”, dice Cisneros.

 

Al hacer recepción de infinidad de discursos a través de canales tradicionales o digitales, en especial las redes sociales, nos encontramos a cada instante con el odio engendrado que tiene productores organizados y que cuentan con financiamientos de todo tipo, así como sus reproductores por algún interés en particular, incluso como tontos útiles.

 

Sería valioso que a partir de la formación y toma de consciencia se asuma el reto de no caer en la trampa del odio engendrado en medio de la polarización política y que, por el contrario, se haga recepción crítica de esos discursos de ocasión y se evite su reproducción en cualquier canal de información o comunicación, en especial las redes sociales.

jueves, julio 31, 2025

En el Día del Periodista, la guía de Javier Darío Restrepo


Por Guillermo Mejía

Al periodismo con mayúsculas siempre le ha tocado navegar en la tormenta, pues incomoda, desata la ira del poder y pone una alta cuota de sacrificio, asesinato, exilio, destierro, desempleo, bola negra, situaciones anómalas que se han tornado comunes alrededor del mundo y el marco de la paradójica sociedad de la información y del conocimiento.

 

Al buen periodista le toca batallar también en el mar de la desinformación donde su trabajo queda relegado ante la presencia de productos que destilan propaganda y publicidad, desarrollados por sujetos impostores que responden a intereses mezquinos, potenciados por las redes sociales.

 

De igual forma se encuentra el “periodismo” complaciente, faldero, publirrelacionista, que baila al son de poderes fácticos, y es recompensado con prebendas y tajadas del pastel propagandístico y publicitario. Son amanuenses que copian los dictados de la variedad de patrocinadores.

 

En esas circunstancias, resulta satisfactorio encontrar la obra Javier Darío Restrepo, el faro de la ética: Guía para ser un buen periodista (2025), bajo la autoría de 14 periodistas, investigadores y académicos de México y Colombia coordinados por el periodista y maestro José Luis Jáquez Balderrama, de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

 

“Las aportaciones de Don Javier en lo académico, periodístico, familiar y a su patria, que van incluidas en este libro, son una verdadera guía para ser un buen periodista. Lo necesita México, Colombia y las democracias que peligran”, escribe en la presentación de la obra Jáquez Balderrama.

 

La vida de Javier Darío Restrepo (1932-2019), nacido en Colombia, se divide en cuatro etapas: el sacerdote jesuita, el reportero, el defensor del lector y el maestro. Un detalle es que en los albores de la guerra civil salvadoreña hizo coberturas para la televisión de su país, luego realizó visitas periódicas en su papel de mentor de Ética Periodística.

 

Nos cuentan los autores que, de sus 87 años de vida, el maestro dedicó cerca de 50 años al periodismo. Escribió 28 libros sobre periodismo, ética, novelas y ensayos. Fue reportero de televisión durante 27 años, columnista de periódicos, director de revista, defensor del lector y maestro de la Fundación Nuevo Periodismo. Recibió numerosos reconocimientos.

 

“Todos sabemos que el periodismo estriba en contar lo que pasa. Pero no es una mera relatoría de sucesos, es la búsqueda de significados. Darle sentido a lo que ocurre es propiciar que la gente se articule en propósitos comunes. Es construir ciudadanía. Con gran lucidez, Javier Darío entendía que nuestra existencia como periodistas sólo se explica en función del servicio que damos a los demás”, prologa el periodista y académico mexicano Gerardo Albarrán de Alba.

 

El periodista y académico colombiano Hernán David Restrepo Cardona recuerda en la obra que antes de morir, el maestro Restrepo escribió de su puño y letra: “He llegado a pensar que a la ética no le pasa lo que a otras disciplinas de la mente que cambian con los tiempos y las tecnologías. La ética no cambia, es la misma. Sólo que con distintas aplicaciones que permiten cosecharla mejor”.

 

La obra Javier Darío Restrepo, el faro de la ética: Guía para ser un buen periodista se compone de tres partes que, considerando lo expuesto por Jáquez Balderrama, se pueden resumir así:

 

-En la primera se describe la trascendencia del escritor para el periodismo global en los capítulos “El legado de Javier Darío Restrepo en la ética periodística” –elaborado por el periodista colombiano Hernán Restrepo, quien fungió como gestor de contenidos de la Red Ética de la Fundación Gabo entre los años 2011 y 2022- y “El faro de la ética del periodismo en Iberoamérica”. Se incluyen además un sucinto recuento de la vida y obra de Javier Darío Restrepo, así como un análisis de su “Decálogo del buen periodista”, epítome del fundamento deontológico construido por Javier Darío a lo largo de más de medio siglo de ejercicio periodístico.

 

-En la segunda parte se aporta material producto de charlas personales, entrevistas periodísticas, conferencias, sus talleres y seminarios desarrollados en la ciudad de Chihuahua. En estos materiales destacan valiosos conceptos del periodista. Decía Restrepo: “Tenemos un aire de libertad, pero contaminado con el temor”. Lamentaba profundamente la situación en su país a causa de la guerrilla y del narcotráfico. Comentaba: “Colombia se dividió en torno a un tema que debería unirla: la paz”. Fue un crítico severo del “periodismo oficial”, al que calificaba como “periodismo de rebaño”.

 

-En la tercera parte del libro se incluyen colaboraciones elaboradas fuera de Chihuahua, que dan testimonio del pensamiento y el legado de Javier Darío. Acá se encuentran materiales como su ponencia “Un defensor en tiempo de crisis”; un análisis del hombre, el periodista y el clérigo a cargo de la teóloga y escritora Isabel Corpas de Posada, titulado “Testimonio de primavera eclesial”; la transcripción de la última entrevista en vida de Javier Darío, el 4 de octubre del 2019, en la presentación de su último libro, La constelación ética; y el material “Mi papá a través de los papeles”, escrito por su hija Gloria Inés Restrepo Castañeda.

 

El 31 de julio se celebra en El Salvador el Día del Periodista y es una excelente oportunidad para leer la obra Javier Darío Restrepo, el faro de la ética: Guía para ser un buen periodista a fin de hacer reflexión sobre los retos del periodista en la actualidad y la importancia de mantener una postura ética en el trabajo periodístico para ser considerado profesional.

 

Aviso:

A continuación, el link de la web mexicana Palabra Propia del periodista y académico José Luis Jáquez Balderrama, de la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde pueden leer la obra o bajarla en archivo PDF: https://palabrapropia.com/javier-dario-restrepo-el-faro-de-la-etica/