jueves, febrero 19, 2026

La vigencia del periodista en medio de las adversidades

Por Guillermo Mejía

Sin el periodismo honesto, responsable, social y políticamente comprometido con los ciudadanos, aunque nos parezca utópico, la sociedad en general quedaría presa de los intereses particulares de mercaderes y políticos sin escrúpulos, aunque -hay que asumirlo- esa perspectiva lucha contra una cantidad de adversidades.

 

En la actualidad, y por diversas razones, sobrevivencia, seguridad o ante el apantallamiento de las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial, cursar estudios universitarios estrictamente sobre periodismo ha ido a la baja alrededor del mundo, lo que ha obligado al cierre de las carreras o a mutar hacia estudios de comunicación social con énfasis en lo digital.

 

El director del Consejo Latinoamericano de Acreditación de la Educación en Periodismo (CLAEP), Juan David Bernal, advirtió en el podcast “Periodismo en riesgo” de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que cerca del 70 por ciento de los programas exclusivamente de periodismo en América Latina, que existían hace 20 o 25 años, ya no existen más, porque se han decantado por carreras generalistas con abordaje comunicativo.

 

Hay que considerar que la “inserción laboral (del estudiante) va a ser más compleja y si vamos un poco sobre las causas subyacentes, pues tenemos que ver también cómo se han precarizado los medios, cómo se han cerrado muchos medios o cómo se han reducido esas grandes redacciones que antes conocíamos y que hoy son cada vez más limitadas”, dijo.

 

El CLAEP, creado por la SIP y que tiene alrededor de 40 universidades que enseñan periodismo y comunicación social acreditadas en América Latina y sigue con su esfuerzo académico, tampoco deja de lado la imagen negativa que se desprende de la profesión periodística en muchos casos y la negativa de muchos jóvenes a seguir esos estudios.

 

Según Bernal, por experiencias negativas, de unos 15 o 10 años para atrás, muchos de los periodistas “se han posicionado en el imaginario colectivo como gente que está al servicio del poder” o “que son corruptos o, en otros casos dramáticos, pues la violencia toma la vida de periodistas”, a la vez “con muchos periodistas exiliados, incluso en países que tradicionalmente no exiliaban periodistas”.

 

“Y eso, sin duda, también hace pensar al chico (estudiante) y a su familia… una decisión (sobre) una carrera universitaria normalmente suele ser un ejercicio de decisión colectivo, consensuado al interior de las familias, y (se) preguntan primero en qué vas a trabajar, segundo, pero cuidado porque están matando muchos periodistas y tercero, pero si los periodistas no hacen bien su labor (…)”, agregó Bernal.

 

De acuerdo con él, “a veces se bromea y se dice ‘no es que el periodismo ya tiene un nivel de vocación casi como el de los sacerdotes’, o sea es como gente que definitivamente ya siente un llamado muy profundo para hacerlo”, pero también está la lógica peligrosa de gente para la que lo importante es la plataforma digital sin una perspectiva de defensa de las libertades.

 

En esa perspectiva, muchos jóvenes lo que anhelan es ser creadores de contenido. “(…) Desde describir qué hago desde que me levanto hasta que me acuesto, sin que haya un rigor periodístico, sin que se esté difundiendo algo, se esté dando a conocer una noticia”. Al grado que en otros países ya hay programas de estudio para este tipo de demandas del mercado.

 

Ante las nuevas tecnologías y la presencia de la Inteligencia Artificial, Bernal señaló que vienen trabajando en tratar de anclar esos avances “a lo que no cambia y lo que no cambia es justamente los valores esenciales del periodismo. Su valor es la democracia, la necesidad de hacer contrapeso al poder, la necesidad de hacer un trabajo riguroso. Eso en ningún marco de transformación tecnológica cambia”.

 

Ahora bien, según Bernal, hay que partir que tanto las plataformas digitales, los algoritmos, las redes sociales, tienen lógica algorítmica, lógica de mercado, de marketing, de viralización, no tienen una lógica democrática, no tienen una lógica de saber si este contenido promueve o no la desinformación.

 

Por lo tanto, una persona que trabajará en el periodismo o la comunicación en sentido amplio, tiene que recuperar, en primer lugar, la credibilidad, la curaduría de medios, rescatar la verdad; en segundo lugar, “ver la calidad de democracias que tenemos hoy por hoy en América Latina y hacernos la pregunta de fondo por qué cada vez más nuestros países tienden hacia los populismos, hacia los discursos de odio, hacia la polarización y dónde están esos grises, dónde están las interpretaciones más profundas”.

 

Radiografía del periodista latinoamericano

 

Como refuerzo a los planteamientos, considero oportuno traer a cuenta la publicación del libro Los mundos del periodismo: Seguridad, autonomía profesional y resiliencia entre los periodistas en América Latina (2026) por el Centro Knight para el Periodismo en las Américas, Universidad de Texas en Austin, en colaboración con la Universidad de Miami y la Universidad de Texas en Austin.

 

El estudio abarca consultas con periodistas de México, América Central –El Salvador incluido- y América del Sur y, entre otras conclusiones, expone: la precariedad extendida en la región, los periodistas ocupan varios trabajos para sobrevivir; la autonomía existe, pero está bajo presión y muchas veces se encuentra limitada por el miedo, la falta de acceso a la información, y las amenazas políticas o criminales.

 

Se agregan: los discursos de odio y ataques están aumentando, incluso en países que antes eran considerados seguros; los periodistas que trabajan lejos de las ciudades son los más vulnerables, y son quienes enfrentan aislamiento y control estatal o criminal; los medios digitales, alternativos e independientes están creciendo, y a menudo sirven como espacios de mayor libertad, pero con una remuneración baja; y, a pesar de todo, los periodistas demuestran resiliencia y un fuerte compromiso con roles democráticos.

 

El profesor Armando Gutiérrez Ortega, de la Universidad Autónoma de Baja California, México, e investigador del proyecto, señaló en un webinar posterior que su sorpresa “fue descubrir la forma en que poco a poco algunos movimientos populistas en América Latina, en general en todo el planeta, se han ido consolidando, han ido construyendo el entorno propicio para poder ejercer el poder público”.

 

“Creo que es algo que ha sido coincidente, las técnicas para poder controlar esta forma de ‘gestión del silencio’, que es como yo le digo acá en México. No es relevante si el gobierno tiene un corte de izquierda o derecha (…) pareciera como si tuvieran un manual, un Handbook, para poder operar”, añadió.

 

Por su parte, la profesora y periodista Adriana Amado, de la Universidad Camilo José Cela, Argentina, comentó en la misma sesión que “cuando los presidentes no dan conferencias o las dan de manera muy estructurada, el periodista no tiene posibilidad de participar, entonces termina siendo comentarista de lo que se publica en el Twitter presidencial y quizás tenga libertad de comentar como quiera el Twitter presidencial, pero no tomamos conciencia que no tiene libertad de información, porque no ha podido acceder a preguntar y a obtener información que le hubiera permitido generar una conclusión más ajustada a lo que consideramos periodismo profesional”.

 

Y frente a la utilización de recursos mediáticos tradicionales como digitales, por ejemplo, YouTube, por parte de muchos periodistas, Amado se pronunció porque desde las universidades hay que ampliar la mirada al fenómeno y “romper esa lógica que son los medios el único espacio de desarrollo periodístico y empezar a pensar quizás en profesionales de la información”.

 

Sea desde el periodismo tradicional, el alternativo y comunitario, o el de construcción de ciudadanía, es un hecho la importancia del periodista para la sociedad y su lucha por la democracia y la justicia social. 

viernes, noviembre 14, 2025

Jon Lee Anderson: La lucha frente a la desnaturalización del periodismo y la política

Por Guillermo Mejía

El Periodismo con mayúscula debe dar una dura batalla contra el común denominador de noticias falsas, parcialización de la realidad y el infoentretenimiento que inunda el ecosistema comunicativo, gobernado cada vez más por las redes sociales y estrategias de marketing político, situación que arrastra a muchas propuestas periodísticas para sobrevivir.

 

Es el llamado de atención que hizo el reconocido periodista estadounidense Jon Lee Anderson, quien ha cubierto cantidad de guerras civiles en el mundo, incluida la de El Salvador en la década de los años 80, ha escrito una variedad de libros que reseñan su experiencia y sigue activo en la revista semanal The New Yorker.

 

Anderson afirmó al diario argentino La Nación que “Estamos rascando el barril de lo que fue el periodismo hasta hace décadas, pero también se están produciendo posibilidades nuevas. Lo que pasa es que no vemos todavía la luz al final del túnel. Está cambiando la estructura del periodismo, quizás inclusive su moral y ética, y ni hablar del comportamiento de los usuarios, que ya no son públicos sino consumidores”.

 

“La pregunta fundamental es si seremos proveedores de contenido, términos netamente capitalistas, o si seguimos intentando hacer lo que hacemos como un servicio público. Los periodistas que intentamos plasmar una realidad sincera somos los baluartes de las democracias. Pero todo está en jaque ahorita”, agregó.

 

Señaló que “Lo más apremiante es el adueñamiento de lo que ahora se llama la plaza pública por los ‘Tecno Bros’ (en alusión a los magnates de X, Facebook y Google, entre otras plataformas digitales). Twitter, o ahora X, es la plaza pública para una gran mayoría del público. Esto ha desplazado al periodismo tradicional de los periódicos, la radio y la televisión”.

 

Luego sentenció: “Ante las embestidas contra la democracia por parte de Donald Trump y sus emuladores, y por parte de los que se han adueñado de esta plaza pública, nos damos cuenta de que, más allá del cliché, somos una piedra en el camino al autoritarismo y, por ende, baluartes de la democracia. Tenemos que pelear duro para que no nos desborde y nos inunde el tsunami de fake news, de parcialización de la realidad y el infoentretenimiento”.

 

Desde la experiencia de su propio país, Estados Unidos, Jon Lee Anderson dijo sentirse “en vilo con mi país a partir del fenómeno Trump como nunca antes lo he estado. No descarto la posibilidad de ir a Estados Unidos y cubrirlo como un corresponsal extranjero”.

 

“Lo que me tiene en vilo es un proceso dinámico de degeneración social y política a partir de Trump que está desbaratando la institucionalidad democrática, el tejido social, los sentimientos cívicos, y polarizando a la población. Él ha sacado las costras de los prejuicios y enemistades que estaban soterradas, y ha dado oxígeno al racismo y la violencia”, afirmó.

 

En ese sentido, Anderson advirtió: “Por eso he dicho que no puedo descartar una posible nueva guerra civil en Estados Unidos, porque hace 150 años ese país tuvo una guerra civil violentísima. Y la consagración de Barack Obama como Presidente, que pensamos que era la cúspide, resultó el detonante, lo que activó a Trump y reanimó los fantasmas soterrados del país”.

 

Ante la pregunta del medio argentino, ¿Trump es un líder o es un síntoma que evidencia mucho que ya estaba ahí?, el agudo periodista norteamericano respondió:

 

“Trump reúne ciertas cualidades. Es una figura grotesca. Muchos líderes de culto de secta son así: son absurdos y aparecen ridículos, como Hitler o Abimael Guzmán. Mírale la cara a los que ponen las gorras MAGA (por Make America Great Again) en sus mitines y te das cuenta de que están embobados e hipnotizados. Sea por oportunismo mezquino o pecuniario o porque Trump les ofrece una manera de ‘sacar el clavo’ o porque están embobados, o una mezcla de todo lo anterior. Trump es un fenómeno; si se le aparta del escenario, el culto se diluye por sí mismo”.

En la conversación con el diario La Nación, hay dos preguntas claves acerca de su postura sobre los periodistas y el periodismo:

 

¿Qué le dirías a un muchacho o muchacha que da sus primeros pasos en el oficio?

Que tengan muy presente qué quieren, más allá de la carrera o de ganar plata: ¿para qué están en el periodismo? Hay que entender el porqué. El oficio conlleva cierto glamour y ofrece aparentemente cierta libertad de acción, por lo que es muy fácil confundirse. Hay muchachos y muchachas que me dicen que quieren ser corresponsales de guerra. Y mi respuesta es: “¿Estás seguro? ¿Sabés cómo es una guerra, todo lo que implica?”. Es importante pensar si lo que buscan es ser más relacionistas públicos o comunicadores sociales que periodistas. El periodismo atrae a ciertas personas que en otras épocas habrían sido misioneros, jesuitas, mercenarios, espías, diplomáticos.

 

¿Qué es el periodismo?

Es el canal, el fenómeno comunicacional que nos hemos creado los seres humanos para comunicarnos, más allá del diálogo personal oral. Es el contar cuentos, el narrar nuestra historia y buscar su independencia de pensamiento. Durante la Ilustración nos libramos de lo que era el ejercicio compartido de poder temporal y espiritual, política y religión juntas. El periodismo es lo único que corre aparte entre el poder y la muchedumbre. Por eso es una faja de transmisión tan importante y valiosa, que cuestiona los lugares comunes y desmitifica la mitología a veces nefasta. Está en constante evolución, no tiene el porvenir asegurado, pero también emociona. Porque con el periodismo te puedes sentir parte de un accionar humano y humanista.

 

El desplazamiento de medios y periodistas

 

Las reflexiones de Jon Lee Anderson caen en momentos en que investigadores en periodismo y comunicaciones han advertido que los creadores de contenido e influencers de noticias que operan en redes sociales y de video se han convertido en fuente importante de información.

 

El Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo publicó recientemente que estos nuevos actores del sistema a menudo eclipsan a los medios en términos de atención en ciertas plataformas y, por ejemplo, en Estados Unidos alrededor de una quinta parte de los adultos (21%) y más de un tercio de los menores de 30 años (37%) se “informan” por esa vía.

 

Tanto así que “la mayoría sostiene que la manera en que presentan las noticias les ayuda a comprender mejor la actualidad y los asuntos cívicos”, aunque es importante también aclarar que no se puede colocar en el mismo saco a todos los creadores de contenido e influencers o demonizarlos, ya que hay honrosas excepciones.

 

Sin embargo, hay que advertir que “Los creadores también tienen un impacto político cada vez mayor”, según el Instituto Reuters, que recuerda que “En la recta final de su victoria electoral de 2024, Donald Trump buscó el apoyo de creadores de YouTube y podcasteros populares como Joe Rogan y Nelk Boys. El reciente asesinato del activista Charlie Kirk, y la cobertura informativa, nos subraya el papel crucial que estas personalidades desempeñan en la opinión pública y en los relatos políticos”.

 

“Otros que han tomado nota de estas tendencias son políticos como Emmanuel Macron (Francia), Anthony Albanese (Australia), Claudia Sheinbaum (México), y Keir Starmer (Reino Unido), que incorporaron influencers a sus estrategias mediáticas y han priorizado entrevistas con famosos de YouTube y TikTok, e incluso los invitan a ruedas de prensa gubernamentales. En cambio, allí donde la libertad de prensa se halla amenazada o donde se restringe el debate en los medios tradicionales, hemos visto a creadores e influencers proporcionando una muy necesaria fuente de miradas críticas o alternativas”, reza el informe.

 

Ante el crecimiento del fenómeno y los riesgos que supone para el Periodismo con mayúscula y la sociedad, es necesario impulsar la alfabetización mediática de la ciudadanía que suele encantarse con estos nuevos productos del mercado, a la vez que desarrollar programas para que los creadores e influencers al menos se capaciten sobre la fundamentación ética de la información y la comunicación. Los periodistas a su función social y desde una visión crítica.

lunes, septiembre 15, 2025

La Oración a la bandera y el “blanqueamiento cultural” de la sociedad

Por Guillermo Mejía

La Oración a la bandera salvadoreña es un símbolo patrio que surgió en el marco del plan oficial de las últimas décadas del siglo XIX y principios del Siglo XX, bajo la concepción modernista de la sociedad, donde cobró impulso el desarrollo de la caficultura en desmedro de la posesión indígena de la tierra y se instituyó el mestizaje en el imaginario colectivo.

 

La pieza, presente en toda celebración cívica como, por ejemplo, la conmemoración de 204 años de la Independencia de Centroamérica, el 15 de septiembre, fue concebida por el intelectual salvadoreño David J. Guzmán, en 1916, y decretada como símbolo patrio por la Asamblea Legislativa, en 2001.

 

Si bien es importante profundizar sobre ese proyecto modernista de corte liberal en su conjunto y que significó el traslado de los valores europeos sobre el desarrollo de la sociedad, por parte de las élites económicas e intelectuales salvadoreñas, en esta ocasión el énfasis cae sobre todo en el esfuerzo por imponer el mestizaje como símbolo del ser salvadoreño.

 

En ese sentido, nos recuerdan el historiador José Heriberto Erquicia y la antropóloga Marielba Herrera que “El proyecto de nación de los gobernantes salvadoreños de finales del siglo XIX y comienzos del XX era el de homogenizar las diversidades étnicas de todos los pobladores de la incipiente nación y volverlos ciudadanos de un Estado-nacional, mediante la idea de ‘dejar de ser indígena, negro o mulato’, por ser ‘moderno’, ‘educado’, ‘escolarizado’ y ‘civilizado’. La visión fundamental era que para modernizarse y ‘avanzar’ había que dejar de ser indio, negro y mulato, y pasar a ser mestizo.”

 

De esa forma, de acuerdo con el planteamiento de estos intelectuales, el proyecto decimonónico celebraba el mestizaje como un discurso del nacionalismo salvadoreño, que iba de la mano de prácticas de invisibilización y negación de las comunidades no mestizas. El mestizaje plantea una ideología de “homogenización étnica” o de “mezcla racial”; excluye a los que se consideran no mezclados y adopta el “blanqueamiento cultural” como la manera de volverse más urbano, cristiano, civilizado, menos rural, indígena y negro.

 

Precisamente, uno de los referentes intelectuales de esa empresa fue David J. Guzmán, creador de la Oración a la bandera salvadoreña, que fue político, médico, escritor, entre otros, y el primer director del Museo Nacional de El Salvador, en 1883, antecedente del Museo Nacional de Antropología, que lleva su nombre, en 1945. Él fue ferviente admirador de los valores liberales europeos que asumió como propios en su formación académica que incluye su doctorado en Medicina, en París, Francia.

 

Para el caso, David J. Guzmán fue uno de los principales escritores que participó en la elaboración del Libro Azul de El Salvador (1916), el mismo año que escribió la Oración a la bandera salvadoreña, cuyo compilador y editor fue L.A. Ward, publicado por la Latin American Publicity Bureau e impreso en la Imprenta Nacional de El Salvador.

 

Para muestra del pensamiento dominante racista, discriminativo, excluyente en cuanto a lo que llamaron razas y costumbres de la nación salvadoreña presento a continuación algunos fragmentos del referido libro, en el que Guzmán fue el principal recolector y productor de los contenidos:

 

En cuanto a los indígenas: “El semblante de nuestros indios es angular, serio, taciturno, sin simetría en la forma. Tienen un color bronceado obscuro; talla baja y cuerpo muy sólido, pelo liso y negro, barba escasa o ninguna. Las mujeres son más pequeñas; su tipo original no es interesante y cuando son viejas extraordinariamente feo. Así es que, salvo en las regiones mexicanas donde los conquistadores afirman haber encontrado bellezas, lo que es aquí no deben haber sido cautivados los corazones de los dominadores.

 

“Los indios son pertinaces en su empeño de no mezclarse con el elemento blanco; se resisten a comunicar a los extranjeros y nacionales noticias sobre sus descendientes, sobre su lengua, usos y costumbres.

 

“Aún se ven en las ciudades más pobladas y dotadas ya del movimiento del progreso, en los suburbios, indios que viven en miserables ranchos de paja exhibiendo sus antiguas costumbres.” (Págs. 46-47)

 

Más adelante, se advierte que “Solo el espíritu realmente liberal y humanitario de nuestras instituciones, puede sacar a nuestro indígena de la apatía, instruirle en la fé republicana y en la moral cristiana, e incorporarlo así en el torrente del moderno progreso.” (Pág. 49)

 

Sobre los mestizos de español e india: “Esta casta estuvo bastante deprimida durante la dominación española y por lo general no se les permitía el ejercicio de ningún cargo público de importancia. Las leyes y las costumbres de entonces los tenían relegados en una situación que los hacía casi odiosos y réprobos a la sociedad.

 

“A pesar de esta depresión de la raza mixta, el número de mestizos ha crecido considerablemente, formando una clase de hombres, en general, inteligentes y trabajadores, aunque por su ignorancia han sido con frecuencia un elemento de trastorno para la República, cuando sus cabecillas se han inspirado en innobles propósitos de dominación y granjerías.

 

“Los ladinos o mestizos son de una constitución fuerte y sana; activos, inteligentes, de perseverancia notable en todo lo que emprenden. Son los que ejercen las artes mecánicas, las industrias liberales y los oficios domésticos. Su color trigueño oscuro que caracteriza, su piel comienza a desaparecer en las sucesivas alianzas con los blancos de la segunda a la tercera generación, como sucede también con la mezcla del blanco con el negro cuya tez obscura desaparece a la quinta generación. Los mestizos son los hombres de resistencia a todas las intemperies de nuestro clima cálido, los que ejercen las artes y los oficios, los mejores soldados de la República. Ilustrados, son los mejores y desinteresados patriotas, y un elemento útil al progreso del país.

 

“Las mujeres ladinas son bien conformadas, de talla fina y flexible, con un modo elegante y lleno de gracia al andar; su donaire y gentileza ha sido admirada por los visitantes extranjeros. Su piel es trigueña y pálida, pero todo el semblante lo animan unos ojos, mezcla de la pasión española y del ensueño indígena.

 

“Los mestizos forman la clase que más fraterniza con los elementos blancos de nuestra sociedad, cuando estos que forman el núcleo civilizado del país, se inspira en los nobles propósitos del engrandecimiento de la patria.” (Págs. 49-50)

 

En referencia a los que denominan zambos señalan: “La última mezcla que de las razas que habitan nuestro suelo resulta, es la de los Zambos. El Zambo es el producto de indio con negra. Son de una rara fealdad sobre todo cuando llegan a viejos. En cuanto a sus facultades intelectuales sacan el término medio de ambas razas. Los que llegan a instruirse son hombres a veces muy superiores y han figurado en nuestra sociedad de manera culminante. Desgraciadamente la mayoría de zambos de baja condición, sin elementos de instrucción y moralidad forman un nivel intelectual muy bajo, y presentan el prototipo de la abyección y de la miseria, y por tanto, entre ellos pululan los malvados y fascinerosos. Esta clase es muy escasa en El Salvador; y ya sea que han venido de otras partes o que algunos han nacido en el país, no pueden computarse como formando una clase.

 

“El Zambo tiene la tez casi obscura; los cabellos encrispados; los labios espesos; la cara redonda y de gruesos perfiles; el cuerpo suele ser de baja talla y mal formado. En 1853 apenas si formaba el 2 por 1,000 de nuestra población, cuando los indios eran 150 por 1,000; blancos y criollos 55 por 1,000; mestizos 400 por 1,000; negros 3 por 1,000.” (Págs. 51-52)

 

Más adelante, dejan por sentado que “Los progresos que el país va realizando son poderoso elemento de fusión de las razas que actualmente pueblan la República. El elemento dirigente de la sociedad es el blanco o criollo, el cual tiende con medidas de previsión y altruismo a igualar todas las clases, dictando leyes como la Constitución de 1871 y la del 86 que hacen desaparecer las desigualdades de raza y tienden a elevar a la raza desheredada a nivel de ciudadanos de una República liberal y progresista.” (Pág. 52)

 

Para el historiador Erquicia y la antropóloga Herrera, “el mestizaje formó parte fundamental de la ideología nacionalista, que permitió a los intelectuales de la década de 1920 desempeñar un papel importante en la formación de la nación, inventando y creando símbolos antiimperialistas, además de imágenes simbólicas de la nación mestiza, que permitió la inclusión de grupos subalternos (campesinos, proletarios y pequeños comerciantes), en detrimento de un racismo que eliminó las categorías étnicas, invisibilizando a las comunidades no mestizas.”

 

Y prueba de ello es que, según los intelectuales citados, hacia 1930, cuando se realizó el Censo Nacional de Población, todavía aparecía la categoría Raza (etnia); sin embargo, a partir de dicho censo, el Estado salvadoreño no volvería jamás a contar a su población por categoría étnica, asumiendo –errónea y deliberadamente- que todos eran salvadoreños, mestizos, sin diferencias de razas. (Hay que agregar que, en los censos de población y vivienda desde el 2007, se incluyeron ante requerimientos internacionales)

 

Como detalle adicional, el historiador Pedro Escalante Arce aseguró en una ocasión que dado ese mestizaje impuesto ha perdurado un porcentaje de la población salvadoreña que lleva sangre mulata en sus venas, pero “en la casi totalidad de esos casos sin tener en absoluto conocimiento del ancestro, al cual comentaristas e historiadores y el sentimiento popular sumieron en el olvido y callaron el mensaje”.

 

Con respecto a la actualidad, Erquicia y Herrera lamentan que en la sociedad aún se continúan reproduciendo los discursos de negación, racismo, discriminación racial, xenofobia y otras formas conexas de exclusión que van contra la población étnico-cultural diversa, y se ha vuelto difícil tratar de cambiar esas representaciones y acciones que se encuentran en el imaginario colectivo salvadoreño.

 

Ante ello, afirman, “el Estado, junto con sus instituciones, la academia y otros agentes son los llamados y los responsables de velar porque cambie esta situación. En fin, se pretende que con el aporte de los estudios socioculturales se contribuya al conocimiento, entendimiento y valoración étnico-cultural de la sociedad salvadoreña, y con ello se promuevan políticas que conlleven al desarrollo humano en términos de equidad, solidaridad y respeto de dicha diversidad”.

 

A continuación, la Oración a la bandera salvadoreña:

 

“Oración a la bandera salvadoreña”

 

-David J. Guzmán-

 

Dios te salve, Patria Sagrada,

en tu seno hemos nacido y amado;

eres el aire que respiramos,
la tierra que nos sustenta,
la familia que amamos,
la libertad que nos defiende,
la religión que nos consuela.

Tú tienes nuestros hogares queridos,
fértiles campiñas,
ríos majestuosos,
soberbios volcanes,
apacibles lagos,
cielos de púrpura y oro.

En tus campos ondulan doradas espigas,
en tus talleres vibran los motores,
chisporrotean los yunques,
surgen las bellezas del arte.

Patria,
en tu lengua armoniosa
pedimos a la Providencia que te ampare,
que abra nuestra alma al resplandor del cielo,
grabe en ella dulce afecto al Maestro y a la Escuela
y nos infunda tu santo amor.

Patria,
tu historia,
blasón de héroes y mártires,
reseña virtudes y anhelos;
tú reverencias el Acta que consagró la soberanía nacional
y marcas la senda florida
en que la Justicia y la Libertad nos llevan hacia Dios.

¡Bandera de la Patria,
símbolo sagrado de El Salvador,
te saludan reverentes las nuevas generaciones!

Para ti el sol vivificante de nuestras glorias,
los himnos del patriotismo,
los laureles de los héroes.
Para ti el respeto de los pueblos
y la corona de amor
que hoy ceñimos a tus inmortales sienes.

jueves, agosto 28, 2025

La polarización política y su cosecha de odio


Por Guillermo Mejía

El espacio público está cargado de expresiones destructivas dentro de un ambiente de polarización política, que hace posible una cosecha de odio que florece en las diversas formas de información y comunicación por canales tradicionales, pero en especial a través de las redes sociales en la esfera digital.

 

Lo anterior se desprende de las valoraciones del escritor, académico y analista político mexicano Isidro H. Cisneros en su ensayo “Anatomía del discurso de odio: cuando el lenguaje construye al enemigo”, publicado recientemente en la revista digital Este País –Tendencias y Opiniones, editada en México.

 

“La polarización política contemporánea es uno de los fenómenos más preocupantes y visibles en el escenario global actual. No se trata simplemente de un desacuerdo entre visiones políticas, sino de una fragmentación profunda del tejido social, donde los adversarios se transforman en enemigos, la negociación se vuelve traición y el espacio público se llena de afectos extremos como el odio, el desprecio, el miedo y el resentimiento”, afirma el autor.

 

En ese sentido, las sociedades se dividen en bloques opuestos, ideológicamente irreconciliables, donde cada grupo está convencido de que el otro representa una amenaza para su existencia, de acuerdo con Cisneros. “La polarización se distingue porque crea identidades tribales: ‘nosotros, los buenos’ contra ‘ellos, los corruptos y traidores’”, precisa.

 

“La desigualdad social es también causa de polarización porque las brechas económicas y culturales intensifican el resentimiento. Además, la polarización se inserta en la actual crisis de representación política caracterizada por una desconfianza generalizada hacia partidos, medios de comunicación e instituciones”, agrega el especialista.

 

Así, la política se convierte en un campo de batalla simbólico entre “los de abajo” y “los de arriba”, entre “los muchos” y “los pocos”.

 

Según Cisneros, la polarización y el odio se siembran desde el poder como una estrategia para dividir al universo político entre amigos y enemigos, entre quienes monopolizan el poder y los que anhelan conquistarlo. Los discursos de odio y la estigmatización representan una construcción lingüística que ofrece identidad política a los seguidores del poder.

 

“De esa forma, el discurso político se convierte en una nueva religión en la que el pueblo se adora a sí mismo, mientras el líder guía, formaliza y manipula ese culto. El odio y el resentimiento político representan el cemento de esa relación y, al mismo tiempo, dan vida a la imagen de las personas y grupos a los que se desea marginar”, señala.

 

“El odio proyecta un deseo de hostilidad y desprecio que cuestiona la imagen para después cancelar la existencia material del sujeto. Es un sentimiento negativo de rencor que conduce a la demolición de la imagen social del adversario”, añade.

 

Señala que el trabajo del odio va desde el deseo de destrucción hasta la destrucción física concreta. Pretende desaparecer la existencia material y la imagen del sujeto, lo que, por usar una terminología antigua, sería su destrucción espiritual y la demolición de su imagen social.

 

“El odio es bidireccional: va del deseo a la acción, y viceversa. Se dirige a los otros, los distintos, los extraños, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación cultural, ideológica o política. En consecuencia, se produce una relación de desconfianza, miedo y rechazo contra los que no pertenecen al grupo”, afirma Cisneros.

 

Sin embargo, “no se odia a quien se considera inferior, porque, si estorba, se le margina. Se odia a quien es capaz de oponerse críticamente al orden establecido, y por ello el odio refleja más bien debilidad. El odio refuerza jerarquías y estigmas, manteniendo el status quo de quienes ya tienen privilegios. Consecuentemente, el trabajo del odio es producir división, deshumanizar y habilitar formas de violencia social y política”, advierte.

 

Con relación al odio y la libertad de expresión recuerda el especialista que quienes defienden ese derecho muestran su disposición de protegerla incluso cuando causa daño y ofende nuestros valores más profundos, mientras quienes defienden la regulación y reglamentación de la misma argumentan que el lenguaje de odio causa graves daños a individuos y grupos, atentando contra la dignidad como seres humanos y como ciudadanos.

 

“Además, las plataformas digitales pueden convertirse en vehículos para la difusión de discursos de odio mediante algoritmos generativos. Cuando la inteligencia artificial se alimenta de datos sesgados o polarizados, puede replicar y amplificar al infinito los estereotipos, prejuicios y discursos discriminatorios. Al automatizar la generación de contenido, la inteligencia artificial generativa puede producir discursos de odio incluso sin intervención humana directa”, apunta.

 

Empero, el ejercicio de la libertad implica deberes y responsabilidades, lo cual conlleva restricciones para proteger a las personas. Por ejemplo, en la legislación internacional sobre derechos humanos se prohíbe la apología al odio de cualquier tipo, o sea por razones políticas, sexo, género o religión, entre otras.

 

Señala Cisneros que “El discurso de odio no siempre es explícito y puede estar disfrazado de humor, ironía o doble sentido. La pregunta es: ¿cómo proteger a las personas vulnerables sin censurar el debate público legítimo? La respuesta está en las buenas prácticas de la transparencia, en la participación de comunidades lingüísticas locales y en la educación digital para que los usuarios entiendan los límites del discurso aceptable”.

 

En esa dirección, recuerda que en una sociedad democrática todos deberían sentirse seguros de que su estatus como miembros iguales está asegurado y que el discurso de odio corrompe el ambiente público de respeto, haciendo que algunas personas se sientan inseguras o rechazadas por la sociedad.

 

“No olvidemos que las palabras son portadoras de la historia del racismo, de la violencia y de la discriminación. El discurso de odio proyecta la crueldad de cierto lenguaje, y ante una persona que denuncia existen muchas otras que no pueden hacerlo. Son personas que permanecen invisibles y sometidas a violencia verbal de la cual son víctimas”, afirma el autor.

 

En el ensayo mencionado se establece que el discurso de odio es una estrategia de poder que divide, polariza y moviliza a unos grupos contra otros. Se refiere a las expresiones que intimidan, oprimen o incitan a la violencia contra personas o grupos con base en sexo, género, raza, religión, nacionalidad o cualquier característica grupal.

 

“No conoce fronteras de tiempo ni espacio. Desde el nazismo hasta el Ku Klux Klan, desde la guerra en Ucrania hasta el genocidio en Palestina, las expresiones de odio se utilizan para acosar, perseguir o justificar privaciones de los derechos humanos y, en el extremo, para racionalizar el asesinato”, dice Cisneros.

 

Al hacer recepción de infinidad de discursos a través de canales tradicionales o digitales, en especial las redes sociales, nos encontramos a cada instante con el odio engendrado que tiene productores organizados y que cuentan con financiamientos de todo tipo, así como sus reproductores por algún interés en particular, incluso como tontos útiles.

 

Sería valioso que a partir de la formación y toma de consciencia se asuma el reto de no caer en la trampa del odio engendrado en medio de la polarización política y que, por el contrario, se haga recepción crítica de esos discursos de ocasión y se evite su reproducción en cualquier canal de información o comunicación, en especial las redes sociales.

jueves, julio 31, 2025

En el Día del Periodista, la guía de Javier Darío Restrepo


Por Guillermo Mejía

Al periodismo con mayúsculas siempre le ha tocado navegar en la tormenta, pues incomoda, desata la ira del poder y pone una alta cuota de sacrificio, asesinato, exilio, destierro, desempleo, bola negra, situaciones anómalas que se han tornado comunes alrededor del mundo y el marco de la paradójica sociedad de la información y del conocimiento.

 

Al buen periodista le toca batallar también en el mar de la desinformación donde su trabajo queda relegado ante la presencia de productos que destilan propaganda y publicidad, desarrollados por sujetos impostores que responden a intereses mezquinos, potenciados por las redes sociales.

 

De igual forma se encuentra el “periodismo” complaciente, faldero, publirrelacionista, que baila al son de poderes fácticos, y es recompensado con prebendas y tajadas del pastel propagandístico y publicitario. Son amanuenses que copian los dictados de la variedad de patrocinadores.

 

En esas circunstancias, resulta satisfactorio encontrar la obra Javier Darío Restrepo, el faro de la ética: Guía para ser un buen periodista (2025), bajo la autoría de 14 periodistas, investigadores y académicos de México y Colombia coordinados por el periodista y maestro José Luis Jáquez Balderrama, de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

 

“Las aportaciones de Don Javier en lo académico, periodístico, familiar y a su patria, que van incluidas en este libro, son una verdadera guía para ser un buen periodista. Lo necesita México, Colombia y las democracias que peligran”, escribe en la presentación de la obra Jáquez Balderrama.

 

La vida de Javier Darío Restrepo (1932-2019), nacido en Colombia, se divide en cuatro etapas: el sacerdote jesuita, el reportero, el defensor del lector y el maestro. Un detalle es que en los albores de la guerra civil salvadoreña hizo coberturas para la televisión de su país, luego realizó visitas periódicas en su papel de mentor de Ética Periodística.

 

Nos cuentan los autores que, de sus 87 años de vida, el maestro dedicó cerca de 50 años al periodismo. Escribió 28 libros sobre periodismo, ética, novelas y ensayos. Fue reportero de televisión durante 27 años, columnista de periódicos, director de revista, defensor del lector y maestro de la Fundación Nuevo Periodismo. Recibió numerosos reconocimientos.

 

“Todos sabemos que el periodismo estriba en contar lo que pasa. Pero no es una mera relatoría de sucesos, es la búsqueda de significados. Darle sentido a lo que ocurre es propiciar que la gente se articule en propósitos comunes. Es construir ciudadanía. Con gran lucidez, Javier Darío entendía que nuestra existencia como periodistas sólo se explica en función del servicio que damos a los demás”, prologa el periodista y académico mexicano Gerardo Albarrán de Alba.

 

El periodista y académico colombiano Hernán David Restrepo Cardona recuerda en la obra que antes de morir, el maestro Restrepo escribió de su puño y letra: “He llegado a pensar que a la ética no le pasa lo que a otras disciplinas de la mente que cambian con los tiempos y las tecnologías. La ética no cambia, es la misma. Sólo que con distintas aplicaciones que permiten cosecharla mejor”.

 

La obra Javier Darío Restrepo, el faro de la ética: Guía para ser un buen periodista se compone de tres partes que, considerando lo expuesto por Jáquez Balderrama, se pueden resumir así:

 

-En la primera se describe la trascendencia del escritor para el periodismo global en los capítulos “El legado de Javier Darío Restrepo en la ética periodística” –elaborado por el periodista colombiano Hernán Restrepo, quien fungió como gestor de contenidos de la Red Ética de la Fundación Gabo entre los años 2011 y 2022- y “El faro de la ética del periodismo en Iberoamérica”. Se incluyen además un sucinto recuento de la vida y obra de Javier Darío Restrepo, así como un análisis de su “Decálogo del buen periodista”, epítome del fundamento deontológico construido por Javier Darío a lo largo de más de medio siglo de ejercicio periodístico.

 

-En la segunda parte se aporta material producto de charlas personales, entrevistas periodísticas, conferencias, sus talleres y seminarios desarrollados en la ciudad de Chihuahua. En estos materiales destacan valiosos conceptos del periodista. Decía Restrepo: “Tenemos un aire de libertad, pero contaminado con el temor”. Lamentaba profundamente la situación en su país a causa de la guerrilla y del narcotráfico. Comentaba: “Colombia se dividió en torno a un tema que debería unirla: la paz”. Fue un crítico severo del “periodismo oficial”, al que calificaba como “periodismo de rebaño”.

 

-En la tercera parte del libro se incluyen colaboraciones elaboradas fuera de Chihuahua, que dan testimonio del pensamiento y el legado de Javier Darío. Acá se encuentran materiales como su ponencia “Un defensor en tiempo de crisis”; un análisis del hombre, el periodista y el clérigo a cargo de la teóloga y escritora Isabel Corpas de Posada, titulado “Testimonio de primavera eclesial”; la transcripción de la última entrevista en vida de Javier Darío, el 4 de octubre del 2019, en la presentación de su último libro, La constelación ética; y el material “Mi papá a través de los papeles”, escrito por su hija Gloria Inés Restrepo Castañeda.

 

El 31 de julio se celebra en El Salvador el Día del Periodista y es una excelente oportunidad para leer la obra Javier Darío Restrepo, el faro de la ética: Guía para ser un buen periodista a fin de hacer reflexión sobre los retos del periodista en la actualidad y la importancia de mantener una postura ética en el trabajo periodístico para ser considerado profesional.

 

Aviso:

A continuación, el link de la web mexicana Palabra Propia del periodista y académico José Luis Jáquez Balderrama, de la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde pueden leer la obra o bajarla en archivo PDF: https://palabrapropia.com/javier-dario-restrepo-el-faro-de-la-etica/  

miércoles, julio 16, 2025

La desinformación potenciada con Inteligencia Artificial (IA)

Por Guillermo Mejía

Las herramientas de la Inteligencia Artificial (IA) –cada vez más sofisticadas- son un invaluable recurso a nuestra disposición, con los retos que suponen; sin embargo, también han potenciado y refinado los mecanismos de desinformación existentes, ante los cuales la sociedad carece de defensas.

 

Las conclusiones se derivan del estudio de la Fundación Luca de Tena, de España, titulado “Los nuevos contornos de la desinformación – 2025”, cuya base es una investigación en el marco de la campaña electoral de las elecciones europeas del 9 de junio de 2024, para entender las técnicas de manipulación digital a través de redes sociales.

 

“La identificación de formatos se hizo a partir de la escucha social realizada desde ocho perfiles de redes sociales creados en Instagram, Facebook, X y TikTok a los que se dotó de una personalidad propia, con perfiles ideológicos o neutros y distintos campos de interés y experiencias de usuarios”, reza el informe.

 

El trabajo permitió constatar “la generalización de las recomendaciones polarizadoras por parte de las redes sociales, así como la emergencia y evolución de nuevos formatos de desinformación, a menudo alimentados con Inteligencia Artificial (IA) cada vez más sofisticados y extendidos”, añade.

 

La desinformación reinante en la sociedad actual ha sido preocupación constante a partir de su presencia en el sistema de medios de comunicación colectiva y, en el presente, desbordada con la experiencia de las redes sociales, pero el fenómeno se ha complejizado aún más con el desarrollo paulatino de las herramientas de la Inteligencia Artificial (IA).

 

Las principales conclusiones resumidas del estudio son las siguientes:

 

1.- Los falsos medios y las granjas de contenidos, una seria amenaza a la supervivencia de los medios de información

La inteligencia artificial ha llevado a la desinformación a otro nivel. Esta tecnología permite generar ilustraciones o pretendidas fotografías cuyo contenido apela directamente a las emociones de los usuarios al resultar conmovedoras, tiernas o simplemente chocantes. Se han detectado contenidos “señuelo”, que incluye un primer comentario que invita al usuario a ampliar la información en un enlace externo. Se trata de la puerta de acceso a un falso medio o granja de contenidos. En esta fase la inteligencia artificial alimenta todo el proceso, desde el diseño y la creación de una web como la de los contenidos, en su mayoría falsos artículos de prensa sobre personajes conocidos y celebridades. Estas publicaciones suelen abordar temas controvertidos o emocionalmente impactantes, lo que asegura así un alto nivel de visibilidad. Aprovechando esta exposición, los actores malintencionados insertan comentarios que contienen enlaces o referencias a sitios web que, aunque parecen ser fuentes legítimas, son en realidad portales diseñados para engañar al usuario.

 

Una característica destacada y especialmente preocupante de estos sitios es que frecuentemente contienen espacios publicitarios que generan ingresos económicos. Muchas veces las empresas reales pagan por estos anuncios a través de sistemas de publicidad programática sin conocer el contexto en el que aparecerán sus marcas. Esto no solo proporciona financiamiento a los falsos medios, sino que también les otorga una legitimidad aparente ante los ojos de los usuarios. Además, estas páginas pueden recopilar información personal de los visitantes, aumentando los riesgos para la privacidad y seguridad de los datos.

 

El auge de los falsos medios o granjas de contenidos no solo desinforma al público, sino que también socava el modelo económico de los medios de comunicación legítimos. Al capturar una porción significativa del tráfico digital y los ingresos publicitarios, estas granjas de contenido privan a los medios auténticos de recursos esenciales para mantener la calidad y el alcance de su labor informativa.

 

2.- La desinformación como fenómeno continuo y adaptativo

La desinformación ya no es un fenómeno puntual vinculado exclusivamente a momentos de alta actividad política, como las campañas electorales. Se ha transformado en un flujo continuo, con actores que operan fuera del radar institucional y que, gracias a la persistencia de las plataformas digitales, pueden mantener sus narrativas durante largos periodos. Esto supone un desafío mayor para las instituciones democráticas, que tradicionalmente han estructurado sus esfuerzos de control y verificación en torno a calendarios electorales.

 

La capacidad de estos actores para adaptar sus mensajes y técnicas a diferentes perfiles, utilizando IA para generar contenido personalizado y dirigido, incrementa la eficacia de sus campañas. Esto se observa claramente en la interacción de los perfiles que creamos, donde aquellos con intereses específicos o vulnerabilidades claras, como la preocupación por la inmigración o el medio ambiente, fueron objeto de mensajes desinformativos especialmente diseñados para resonar con esas preocupaciones.

 

3.- La inteligencia artificial y la sofisticación de los bulos

La inteligencia artificial tiene un papel cada vez más relevante en la generación de contenidos desinformativos. Este estudio ha documentado la proliferación de imágenes, vídeos y textos manipulados mediante IA, lo que no solo amplifica el alcance de la desinformación, sino que dificulta enormemente su detección y refutación. Los deepfakes y las suplantaciones de identidad digital se han convertido en herramientas habituales para los desinformadores, quienes ahora cuentan con tecnologías que les permiten recrear con gran realismo figuras públicas o fabricar hechos complemente falsos. La IA facilita la creación de lo que podríamos llamar “bulos-comodín”, narrativas falsas que se replican con ligeras variaciones en distintos contextos geográficos y temporales, aprovechado el desconocimiento o la confusión de los usuarios sobre temas complejos o polémicos.

 

4.- La polarización como estrategia y resultado

La polarización emerge en este estudio como una estrategia central en las campañas de desinformación, pero también como un resultado preocupante de estas prácticas. Los perfiles que analizamos recibieron de manera sistemática contenidos que exacerbaban divisiones sociales y políticas, presentando realidades simplificadas y antagonistas que buscan movilizar a los usuarios hacia posiciones extremas.

 

Una de las conclusiones más importantes de nuestro estudio es la aparente imposibilidad de mantener una postura moderada o apolítica en las redes sociales. A pesar de que los perfiles creados para esta investigación no expresaban en su mayoría preferencias ideológicas claras, el algoritmo de las plataformas insistió en exponerlos a contenidos polarizadores. Esta tendencia parece reflejar un sesgo estructural dentro de los sistemas de recomendación, diseñados para maximizar la interacción del usuario, lo que a menudo significa priorizar contenidos que generen fuertes reacciones emocionales, como la indignación o el miedo.

 

Lo que el estudio confirma es que esta dinámica de radicalización no discrimina; afecta por igual a usuarios ideológicamente indefinidos, arrastrándolos hacia narrativas extremistas a través de la personalización algorítmica. Esta inercia hacia los extremos plantea serias preguntas sobre el impacto de las redes sociales en la moderación del discurso público y la salud de las democracias contemporáneas.

 

5.- La segmentación y personalización de la desinformación

La segmentación de la desinformación es otro aspecto crítico que el estudio pone de relieve. Los perfiles fueron objeto de una personalización extrema en los contenidos desinformativos recibidos, que se ajustaban no solo a sus intereses manifiestos, sino también a sus vulnerabilidades latentes. Esto se hizo evidente en casos como el de David, el joven con interés en la inmigración, que recibió una avalancha de contenidos radicales y xenófobos, o el de Aitana, cuya preocupación por el medio ambiente la convirtió en blanco de bulos sobre políticas climáticas.

 

Esta personalización no solo incrementa la eficacia de las campañas de desinformación, sino que también plantea preguntas sobre la responsabilidad de las plataformas en la protección de sus usuarios. Las redes sociales, al priorizar la retención de usuarios sobre la calidad de la información, permiten que estos contenidos encuentren su camino hacia las personas más susceptibles de ser influenciadas.

 

6.- Desinformación transnacional y narrativas recurrentes

Este estudio subraya la dimensión transnacional de la desinformación, con narrativas que se replican en diferentes países y contextos, adaptándose ligeramente para encajar en los discursos locales. La cuestión migratoria es un claro ejemplo de esto, con bulos que cruzan fronteras y se adaptan a los miedos y prejuicios de cada sociedad. Estos “bulos-comodín” no solo se reproducen, sino que se refuerzan mutuamente, creando una sensación de verdad debido a su omnipresencia.

 

La recurrencia de estas narrativas plantea un desafío adicional para la verificación y educación mediática, ya que los usuarios se enfrentan a una repetición constante de las mismas mentiras, que terminan por normalizarse o aceptarse como posibles.

 

Un aspecto crucial dentro de la desinformación transnacional es el papel destacado que ha jugado Rusia en las estrategias globales de manipulación informativa contra Occidente. La maquinaria de desinformación rusa ha sido prolífica en la creación y difusión de narrativas que explotan las divisiones sociales y políticas en Occidente. A través de redes sociales como X (anteriormente Twitter) y Facebook, y con el respaldo de medios estatales como RT y Sputnik, se han amplificado temas sensibles como la inmigración, el nacionalismo, y la soberanía, con el objetivo de polarizar a las sociedades occidentales. Estas narrativas, cuidadosamente diseñadas, a menudo recurren a la fabricación de bulos o la manipulación de hechos, presentando a Rusia como un contrapeso moral y político a un Occidente corrupto y decadente.

 

7.- El auge de las estafas financieras en redes sociales: un problema generalizado

Uno de los aspectos más alarmantes que ha evidenciado el estudio es la proliferación de estafas financieras, particularmente aquellas relacionadas con criptomonedas, que ha inundado las redes sociales en los últimos años. Estas estafas no solo afectan a usuarios individuales, sino que también socavan la confianza en las plataformas digitales, las cuales parecen incapaces de controlar el flujo de contenido fraudulento que circula a través de sus sistemas.

 

Durante el análisis, observamos que varios de los perfiles de estudio, sin importar su demografía o intereses específicos, fueron repetidamente expuestos a este tipo de contenido. Las estafas con criptomonedas, en particular, han encontrado terreno fértil en redes como Facebook e Instagram, donde los estafadores se aprovechan de la falta de conocimientos técnicos de los usuarios y de la creciente popularidad de estas monedas digitales para engañarlos. A menudo, estas estafas se presentan bajo la apariencia de ofertas irresistibles, respaldadas por supuestas celebridades o figuras públicas, cuyas identidades han sido suplantadas mediante sofisticadas técnicas de manipulación digital.

 

El modus operandi de estas estafas es cada vez más sofisticado. Los estafadores emplean técnicas de ingeniería social para ganar la confianza de sus víctimas, prometiendo rendimientos exorbitantes y rápidos a cambio de pequeñas inversiones iniciales. Estos fraudes son facilitados por el diseño de las plataformas sociales, que permiten una fácil segmentación y personalización del contenido publicitario.

 

Resulta, pues, preocupante la escala desinformativa, que parece no tener fin, ahora potenciada con las herramientas de la Inteligencia Artificial (IA) sobre todo en la sociedad contemporánea que, en general, carece de alfabetismo mediático y digital, además que sobrevive bajo gobiernos que le apuestan a la desinformación en el ejercicio del poder.