jueves, septiembre 19, 2024

Ciudadanos bajo el régimen de la pseudocracia y la manipulación del algoritmo

Por Guillermo Mejía

La ciudadanía pervive en tiempos de la revolución digital, que les vende la ilusión de respirar en un ambiente de libertad y que sus voces son escuchadas, a pesar que todo responde a estrategias de lo que se denomina pseudocracia, en la que se da la manipulación vía los algoritmos y se produce la desmovilización social.

La pseudocracia viraliza la pseudoinformación que emite quien mejor miente, dinamiza una maquinaria que (re)produce –recrea y genera- una falsa realidad, adaptada a los prejuicios cognitivos y los sesgos emocionales de las audiencias, mientras los algoritmos sirven para organizar los contenidos en función de manejar a los usuarios.

De esa forma presenta el fenómeno el periodista y profesor universitario español Víctor Sampedro Blanco, que caracteriza a la comunicación contemporánea dentro de la pseudocracia como un conjunto de medios, sondeos, urnas y algoritmos que expresan una opinión pública estructurada, privatizada y despersonalizada.

“Reproduce la estructura social; es decir, expresa la posición que ocupamos en ella. Privatiza el debate y el conocimiento colectivo. Y fomenta procesos individuales de consumo y autopromoción. Se dirige a ‘perfiles’ que segmentan el público, una vez convertido en audiencia datificada”, agrega el especialista en comunicación política y opinión pública.

Al grado que la representación de la opinión pública resulta ubicua y cambiante para secuestrar nuestra atención, según Sampedro Blanco. De modo que, además de reflejar –siempre parcialmente- el cuerpo social, también en parte lo invisibiliza y lo paraliza ante la pantalla. Este es un proceso circular y tautológico: genera “opiniones públicas” contradictorias pero intercambiables. Y se mantiene aplicando una racionalidad y un populismo impostados.

Tal como lo observamos en nuestras sociedades, más allá de programas políticos e ideologías, las prácticas se sustentan en mucha pseudoinformación –como formato dominante- donde la comunicación se contagia de los rasgos de la publicidad y la propaganda que, como sabemos, son géneros que no atienden el rigor; por ende, no informan, sino que seducen.

“No reconocen y reflejan la realidad, la maquillan e inventan. No interpelan al receptor, lo encandilan dándole la razón. Confirman –y se aprovechan de- sus estereotipos, sesgos y prejuicios. No satisfacen intereses objetivos, sino que crean y modelan la demanda. No persiguen, en suma, el bien común, porque lo identifican con el consumo privado, el beneficio corporativo o la promoción simbólica de una ideología, unas siglas, un líder o un Estado”, advierte Sampedro Blanco.

En su libro Teorías de la comunicación y el poder: opinión pública y pseudocracia (Ediciones Akal, 2023), lamenta el autor que, en vez de ofrecer un lugar de encuentro, “el espacio digital se ha transformado en un entorno de competición, en muchas ocasiones antagonista. Las redes fomentan el narcisismo y el exhibicionismo consumista”.

“El mitin electoral (de meeting, ‘encontrarse’) ya había perdido su sentido original. Y, en lugar de revitalizar la democracia, las TIC digitales han creado redes de vigilancia y seguimiento cada vez más intrusivas. Están presentes en las calles, el trabajo, el hogar, los cuerpos y las mentes”, señala.

“En las pseudocracias, la (auto) promoción se ajusta automatizadamente a una audiencia microsegmentada. El microtargeting es la publicidad en tiempos de macrodatos, guardados en silos o bancos con información ingente sobre la población. En principio, no puede ser más democrática: escucha a todos sin distinciones y de ‘modo activo’. Pero ¿en qué consiste ese modo activo?”, se pregunta Sampedro Blanco.

Luego responde: “Es espiar la vida en todos sus planos para descubrir opciones de negocio. Se trata de asegurar impacto y beneficios en ciertos objetivos publicitarios, identificados según capacidades y vulnerabilidades”.

De acuerdo con el autor, en el espacio digital la conversación social se fractura junto con el tejido cívico, que está segmentado en nichos de mercado. Cada segmento poblacional e individuo, según resulte rentable, recibe mensajes personalizados y diferentes. Desconocemos lo que piensan otros segmentos y si pudiéramos integrarnos con ellos.

“Cada uno consume una realidad diferente, ajustada a una definición muy reducida del interés humano. El interés privado y el lucro a corto plazo se absolutizan. Así que lo novedoso, lo escandaloso y lo extremo se identifican con lo interesante. Esta definición tan limitada –individualista, mercantilizada y cortoplacista- equipara el ‘interés’ y lo ‘interesante’. De forma que desplaza el interés público y se desatiende del bien común”, señala.

Sampedro Blanco denuncia que los teléfonos móviles se han convertido en vectores de la pseudocracia. Una única pantalla interactiva proporciona acceso a toda una serie de acciones dispares: compras, música y vídeo en línea, comunicación interpersonal, “noticias”… Estos dispositivos consuman una confluencia (…) que lleva décadas en marcha: la fusión del comercio y la información, el entretenimiento y la sociabilidad, la autoafirmación personal y la vida cívica. Todo junto y revuelto en una única pantalla sensible al tacto. Ahí el usuario se debate entre estos ámbitos y practica todos sus registros al mismo tiempo para entretenerse y consumir, para controlar su identidad personal y el discurso público.

La privatización del vínculo social

En la misma dirección, es importante hacer referencia a las reflexiones del periodista y autor español Ángel Ferrero, columnista de medios escritos, sobre los efectos negativos que ha producido el “capitalismo de las plataformas”, ya que produce una estructura social basada en la serialización, que privatiza el vínculo social y separa a los individuos para convertirlos en masas, despojarlos de la atención, capturar sus datos y manipular su conducta.

Destaca Ferrero que “si durante la pandemia el acceso a internet permitió mantener las relaciones sociales, en el terreno personal, la educación, el trabajo y el ocio, disminuyendo el riesgo de enfermar. Hoy, por el contrario, la conexión virtual tiende a aislar las personas. En un capitalismo basado en la captura de la atención, siempre habrá una actividad online más urgente, divertida, entretenida e interesante, que el encuentro presencial con el otro, sin su inevitable negatividad y los costos que acarrea.”

“Compartir con extraños, una conquista de la civilización que implicó la invención de la civilidad –normas, valores y prácticas que hacen posible la interacción entre desconocidos sin ocasionar daño- es cada vez más difícil, especialmente entre las generaciones de ‘nativos digitales’. En los espacios que hacen necesaria la cercanía entre extraños, la tensión resultante no conduce a la interacción sino al refugio individual en el Smartphone, y no siempre para el intercambio virtual con otra persona”, agrega.

Según Ferrero, es tan preocupante lo que se vive en las sociedades, ya que el “capitalismo de las plataformas” ha acabado con las potencialidades democratizadoras que inicialmente se atribuyeron a internet, tanto en la comunicación como en el comercio. La comunicación horizontal y los intercambios entre “prosumidores”, tan esperanzadores, hoy se revelan como quimeras legitimadoras de un orden social basado en la apropiación privada de los datos.

“Los datos son creados por las acciones de las personas, que los conservan en sus mentes, con el fin de orientarse en la vida, antes de que les sean despojados –afirma Ferrero. Por consiguiente, el valor es creado previamente por quienes producen la información, aunque solo las plataformas disponen de los medios para captarla y procesarla a gran escala”.

Refiere el periodista y autor español que cada interacción entre “usuarios”, con independencia de si se trata del intercambio entre familiares, amigos, compradores y vendedores, o sujetos políticos, alimenta en forma de datos los negocios privados de un puñado de grandes empresas tecnológicas.

“Como ha demostrado ampliamente Shoshana Zuboff (La era del capitalismo de la vigilancia), la información que recopilan es usada para moldear la conducta y retroalimentar el sistema. Por lo tanto, el negocio real de las grandes plataformas es la privatización del vínculo social mismo”, añade.

En ese marco, los datos despojados, con o sin autorización de las personas se usan para reconstruir historias digitales individuales y colectivas a fin de programar y alimentar los algoritmos que, a su turno, permiten dirigir la publicidad, ejercer el control y manipular la conducta.

Es hora de que salgamos del ensueño digital y veamos el fenómeno desde una perspectiva crítica, lo que implica también echar una mirada hacia la experiencia con el ejercicio del poder y la forma de “hacer política” en nuestro entorno, las características que adquiere el papel nefasto de la pseudocracia tan en boga y las formas de manipulación algorítmica.

viernes, septiembre 06, 2024

Reseña: (Des)iguales y (des)conectados en América Latina*

Por Guillermo Mejía

Bajo la coordinación de la doctora Daniela Monje y la edición de la licenciada Alina Fernández y la doctora Ana Laura Hidalgo, especialistas y profesoras de instituciones universitarias argentinas, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) nos ofrece un acercamiento al fenómeno de la desigualdad y desconexión digital en América Latina.

Contiene las exposiciones de veintiséis profesionales de 10 países latinoamericanos, incluido El Salvador, sobre una gama de temáticas que van desde derecho a la conectividad, desigualdad, exclusión, concentración mediática hasta los esfuerzos indigenistas por el derecho a la comunicación desde la perspectiva alternativa.

 

Según los editores, el trabajo se estructura en torno al abordaje de diez casos nacionales de países de América Latina y El Caribe por parte de investigadores de Argentina, Brasil, Chile, Cuba, Colombia, Ecuador, El Salvador y Uruguay coordinados por Clacso, a los que se suman las experiencias de investigadores y activistas de México y Perú.

 

Son enfoques plurales, que no comparten una matriz única, por cuanto el trabajo persigue mostrar las experiencias en torno a la problemática de los latinoamericanos de ser desiguales y desconectados frente al derecho a los ciudadanos a acceder a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

 

Algo que no se soslaya en esa realidad es la aún vigente situación de pandemia por coronavirus en el planeta a partir de 2019.

 

“En la actualidad y atravesados por la situación de pandemia, la digitalización y la convergencia impactan de manera decisiva en el crecimiento y la concentración de las industrias culturales y creativas. Cinco de las diez mayores empresas del mundo están vinculadas a la comunicación y la cultura en internet y han desplazado de los primeros puestos a las empresas petroleras y a los bancos. Son miles de millones de personas a escala global las que utilizan los servicios de estas empresas”, señalan los editores.

 

“2020 no sólo fue el año de la pandemia, sino además el de mayor aceleración en los procesos de digitalización de toda la historia de la humanidad. La velocidad de incorporación de tecnologías en la vida cotidiana, particularmente aquellas vinculadas a la conectividad, se elevó exponencialmente respecto de promedios históricos de crecimiento previo”, añaden.

 

En ese sentido, se tiene registro a nivel planetario del aumento en el consumo de dispositivos, en especial teléfonos inteligentes, a la par de una considerable ampliación de la oferta de banda ancha como la vía más eficiente de conectividad y, sin dudas, hubo un aprendizaje social en el uso e incorporación a la vida cotidiana de las nuevas tecnologías. Una especie de alfabetización global por necesidad.

 

Empero, mientras cerca del 60% de la población mundial experimentó esta transformación, el 40% restante quedó en la periferia o directamente excluido. Las estadísticas de 2021 indican que de los 7.83 billones de habitantes, solo el 59.5%, es decir, 4.66 billones tienen conectividad a internet, 66.6% cuentan con teléfonos inteligentes y 53.6% utilizan una o varias redes sociales, según estimaciones citadas.

 

Tras las palabras preliminares y la introducción respectiva, el material de marras nos entrega los que denomina capítulos nacionales, los casos de los países incluidos en el estudio:

 

Argentina. Derecho a la conectividad, desigualdad y actores no lucrativos por Mariela Baladron, Diego de Charras, Ezequiel Rivero y Diego Rossi.

 

Brasil. Desiguais e desconectados: a exclusão Infocomunicacional no Brasil por Helena Martins, Ivonete da Silva Lopes e Manoel Dourado Bastos.

 

Chile. Entre el estallido y la pandemia: desigualdad infocomunicacional y agendas segmentadas por Elisabet Gerber y Luis Breull.

 

Colombia. La dinámica capitalista y monopólica de la comunicación en Colombia, como explicación de las brechas digitales por Olga Forero Contreras, Juan Diego Muñoz e Iván Jiménez Cárdenas.

 

Cuba ante los retos de una conectividad social inclusiva por Hilda Saladrigas Medina, Beatriz Pérez Alonso, Fidel Alejadro Rodríguez Derivet y Willy Pedroso Aguiar.

 

Ecuador. Dialéctica de la concentración mediática por Álvaro Terán y Angy Mora.

 

El Salvador. Perspectiva de las radios comunitarias indígenas en Centroamérica: entre desigualdades y re-xistencias por José Roberto Pérez.

 

México. Repensar la conectividad para tejer otra comunicación: pueblos indígenas y tecnologías en México por Carlos F. Baca Feldman, Daniela Parra Hinojosa y Erick Huerta Velázquez.

 

Perú. Infraestructura de telecomunicaciones y desigualdades estructurales de la comunicación en el Perú por Eduardo Villanueva Mansilla.

 

Uruguay ¿un giro pandémico en las políticas info-comunicacionales? por Gabriel Kaplún, Federico Beltramelli y Gustavo Buquet.

 

El análisis y las conclusiones están a cargo de los profesores e investigadores Daniela Monje, María Soledad Segura y César Bolaño.

 

En este último apartado destacan los académicos, entre otras ideas, las siguientes:

 

Un aspecto sustantivo vincula las desigualdades preexistentes (clase, género, generación, etnia y lugar geográfico) a la desigualdad info-comunicacional en acceso y asequibilidad y muestra en todos los casos analizados cómo se enfatiza la exclusión de individuos, grupos y comunidades durante la pandemia en la medida en que la mayor parte de las necesidades esenciales para la subsistencia durante el confinamiento han requerido algún tipo de conectividad. (p. 281)

 

Por otra parte, las enormes distancias entre el plexo normativo internacional referido a derechos a la libertad de expresión y al acceso a internet en tanto bien público se distancia de su efectiva incorporación y aplicación en normas específicas en el plano nacional. Durante 2020 se registran algunos casos aislados como el de Argentina, en lo relativo a la definición de las TIC como servicio público esencial, por ejemplo. Pero aún desde este suelo, y a pesar de planes específicos orientados a dotar de equipamiento, vías de conectividad y desarrollo de infraestructura a sectores vulnerables, los niveles de desconexión de la población no se han modificado sustantivamente para las poblaciones excluidas. (p. 281)

 

Otro aspecto se relaciona al modo de gestionar alternativas de conectividad desde la periferia, con modelos propios y fundados en posicionamientos políticos que articulan experiencias diversas que van desde las alternativas desarrolladas por el sector cooperativo y mutualista hasta las construidas en el marco redes comunitarias instaladas en sectores urbano-marginales y rurales, en el caso argentino, o a través de redes comunitarias indígenas desarrolladas de modo completamente autónomo, en el caso de México. (p. 281)

 

Entre las deudas y los pendientes se formula la cuestión de la conectividad en términos de asequibilidad. Allí resultan significativos algunos intentos por transparentar información que contribuya a la toma de decisiones, donde además de enunciar la definición de los precios justos y razonables en las tarifas TIC (Argentina) se proponen comparadores de precios de servicios (México y Perú). En el caso de comunidades indígenas, como las que se analizan en el caso de El Salvador, esta cuestión se vuelve crítica en la medida en que no se han desarrollado desde estas comunidades redes cooperativas o comunitarias alternativas y, al igual que en el caso mexicano, estas comunidades son las que porcentualmente se encuentran más excluidas y desconectadas. En El Salvador, la posibilidad de conexión que persiste con fuerza, incluso en pandemia, es la radio. En todos los casos analizados, la asequibilidad resulta un punto significativo en relación a la población vulnerable y no se registran políticas públicas de cuidado activas en la mayoría de los países. (pp. 282-283)

 

La experiencia de El Salvador y la región

 

 El capítulo nacional El Salvador. Perspectiva de las radios comunitarias indígenas en Centroamérica: entre desigualdades y re-existencias, fue elaborado por el doctor José Roberto Pérez, Docente del Departamento de Periodismo, Director del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencias y Humanidades (INICH) y miembro del Consejo de Investigaciones Científicas (CIC-UES).

Establece el autor a nuestra región como la más desigual de Latinoamérica y considera como muy probable que el problema se ha profundizado en medio de la pandemia, dado la falta de políticas de estado de Bienestar, débiles sistemas de salud, pocos esfuerzos en políticas redistributivas y la economía informal.

En ese marco, el modelo de comunicación de la región demuestra una concentración de medios en manos privadas con élites mediáticas nacionales en el caso de El Salvador; en alianzas transnacionales y nacionales en el caso de Nicaragua; en grupos mediáticos transnacionales que llevaron a reconocer como inconstitucional la sola propiedad en el caso de Guatemala y Costa Rica; con restricciones en la ejecución de la ley que apertura a los medios comunitarios en el caso de Honduras o frecuencias tipo B, sin fines de lucro, en el caso de Panamá.

Sin embargo, según Pérez, esto no significa que el tercer sector de la comunicación, medios ciudadanos o comunitarios no existan, ya que cada país tiene su incidencia y ha logrado construir un mapa de medios que confronta con la hegemonía de los medios corporativizados. Los datos en la región, a partir de fuentes oficiales, señalan la existencia y el desarrollo de radios que, aun siendo concesionarias privadas, implementan un modelo próximo al ciudadano y al territorio.

“En el estudio Mapa de Radios de América Latina y el Caribe (2020) los datos del registro de medios comunitarios indican que en El Salvador (2013) la cantidad de estas radios asciende a 23; en Honduras (2017), a 192; en Nicaragua, según las socias de AMARC, son 20; en Panamá (2020), se cuentan 44 radios”, señala el autor.

Propone el docente-investigador como alternativa al sistema dominante de medios pensar en un nuevo sistema de signos para la comunicación, que debe hacerse desde la “decolonización de los conocimientos y la justicia global”. En otras palabras, fuera del pensamiento dominante que significa marginación, atraso e injusticia estructural.

Nos presenta la experiencia del sector de las radios indígenas centroamericanas que se ha configurado en la Red Centroamericana de Radios Comunitarias Indígenas y que aglutina esfuerzos de proyectos de radio de Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. “Desde este nuevo campo de interacción, la comunicación puede institucionalizarse y unificar voluntades e intereses en la región mesoamericana global a través de una agenda pluricultural u otra cultura alterna a la dominante”, afirma Pérez.

Una reflexión final del autor:

Las comunidades indígenas están incomunicadas y desconectadas, con pocas políticas de inclusión desde sus perspectivas. De ahí que la emergencia de su modelo de comunicación nazca desde sus saberes y como una denuncia al mundo sobre la depredación. Son pocos las radios indígenas si se considera la cantidad de lenguas vivas que subsisten, aumenta si se consideran sus iniciativas. Hablamos de una proximidad de las mediaciones, pero también de una proximidad de los saberes que reconocen la diversidad cultural, la diversidad de saberes y la diversidad de racionalidades. (p. 196)

Mariela Balandrón … [et al.]; coordinación general de Daniela Monje; editado por Alina Fernández; Ana Laura Hidalgo. (Des)iguales y (des)conectados: políticas, actores y dilemas info-comunicacionales en América Latina, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Clacso, 2021, 296 pp. Libro digital, PDF Archivo Digital. ISBN 978-987-813-003-31

 

*Artículo publicado en la Revista Humanidades, V Época, enero-diciembre de 2023. Facultad de Ciencias y Humanidades, Universidad de El Salvador (UES).